Y llegó a mis manos Rayuela (cuento)

Por: Alejandra Inclán

Ha llegado a mis manos, lo tengo por fin. Mi primera reacción es acariciarlo, contemplarlo, abrirlo. Ya es mío. Me llegó por encargo de la que yo llamo “La Providencia”, que nada tiene que ver con el dios del catolicismo. Fui católica  por bautismo, por confirmación, por comunión, en sí, porque mi mamá así lo quiso. Pero crecí y comprendí. Dudé y descubrí. Ahora mi nueva certeza del creador es diferente. Todo lo realiza por causalidad, por bendita causalidad.

Y una de esas grandes causalidades llegó a mis manos por conducto de Elvia. Ella fue la primera en levantar la mano cuando abiertamente solicité el libro de Rayuela, de Julio Cortázar. Lo buscó afanosamente. No lo encontraba. Hacia unos días yo lo había visto en la librería más conocida de mi ciudad. Pero ya no estaba. Se había agotado.

Podría decir que entristecí, pero no. Creo que no. Mi situación económica no estaba muy firme entonces y tampoco podía darme el lujo de emprender la búsqueda y comprarlo. Así que decidí esperar. Tengo maestría en ello. Muchas cosas que he deseado me terminan llegando con los años. A veces parece que llegan demasiado tarde. Otras, demasiado temprano. Hoy simplemente me doy cuenta que llegan en el momento justo. Aunque con mis emociones confusas no lo perciba a primera vista.

Pero vaya que estaba desesperada por leer a Cortázar. No había nada en especial. Ni siquiera había leído su biografía. La verdad es que había un sólo motivo. Un motivo que tardó mucho en gestarse. Por meses diría yo. Cuando en aquella ocasión me llegó la voz de Ricardo. Su hermosa y profunda voz. Dedicándome el capítulo 7 de Rayuela:

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano…

Claro que me emocioné cuando lo escuché. Sin embargo, andaba metida en tantas otras cosas, que no pasó por mi mente adquirir el libro. Pasaron los meses. Nuestra relación ficticia se enfrió, fue en ese momento cuando por fin pensé en Cortázar y su Rayuela.

Nos distanciamos. Ricardo un gran tanto, yo otro. Cada quién puso de su parte. Mas no imagine que alguien más, pondría también de la suya. Cómo saberlo si nos separaba una enorme distancia.

De repente no supe si pensaba más en Ricardo o en Cortázar. Fue cuando solicité a mis amigos que me dieran como regalo a Rayuela.

Cuando Elvia dijo que me lo daría, solté un poco a éste autor. Me olvidé y esperé. Pero con todos mis dotes de espera  no lo pude soportar. Pensaba y soñaba con Cortázar. Al grado de ir a la librería a acariciar sus libros. Los que habían ahí: Bestiario y sus recopilaciones de cuentos completos. De Rayuela ni sus luces.

Y así, siempre que no podía contenerme iba a observar los libros. Imaginándome su contenido. Su carga poética o trágica. Lo fantástico y lo creíble. Sus relatos conduciéndome a albores que aún no conocía de la literatura. Al descubrimiento de nuevas formas de escritura.

En uno de esos días cuando ya estaba en casa dispuesta a dormir, tuve un último pensamiento antes de cerrar los ojos. Tener Bestiario entre mis manos. Así soñé. Fue una especie de sueño violento, grisáceo, extraño. Vi un mundo en blanco y negro y me fue fantástico. Vi muchas situaciones dispersas que no pude comprender. Me daban miedo y fascinación a la vez. No podía entenderlo, sin embargo estaba ahí. Desnuda y sin inhibiciones viendo las imágenes. Esto no se asemejaba al cine, pues las escenas ante mis ojos me envolvían. Cuando estaba tomando conciencia de que estaba en un sueño, vi un nombre que salía de dentro mí, que se esparcía y a la vez estaba en todas partes. Acechándome. Acercándose. La palabra era: “Bestiario”.

Desperté. Un poco agitada y aturdida por volver a ver todo a colores. Ya entraba la luz del día por mi ventana. El insoportable calor lo volví a sentir en mi piel. No pensé en nada por unos segundos. Entonces resolví que tenía que comprar Bestiario. Era el momento.

Fui al trabajo con desgana. Sólo quería que llegara la hora de la comida, e ir a la librería. La espera no fue demasiada, con todo lo que tenía que resolver voló el tiempo. Salí inmediatamente para cumplir mi objetivo. Había hecho cuentas. Si me iba caminando al trabajo de día –de noche siempre lo hacía–, ahorraría en una semana 48 pesos. El libro costaba 120 pesos. Con dos semanas de caminar al trabajo durante el día, levantándome más temprano, soportando el sol de la mañana y eliminando un par de gustitos comestibles, me nivelaría. En esa semana sobreviviría con los 18 huevos que tenía. O era comer bien, o el libro.

Llegué a la librería “El búho de la media noche”. Entre y obviando lo demás fui directo por Bestiario. Era el último que quedaba. Como si me esperará. Hacía tres días había tres ejemplares. El que estaba ahí frente a mis ojos, solitario y escondido, era mío. Ya era mío. Pagué el precio. Salí a toda prisa de ahí y me senté en la primera banca cómoda y con sombra de un parque cercano.

Le quité la envoltura. Quería leerlo ya. Comencé y leí uno de sus cuentos: “Casa tomada”. Vaya sorpresa la mía, cuando al leerlo volvieron las imágenes de mi sueño. Pero ahora llegaban de una forma más coherente. Cuando terminé el relato descubrí que lo que soñé eran imágenes de los cuentos de Cortázar. Era increíble, mas no me sorprendía mucho. Con los años he aprendido a aceptar la percepción que poseo, aunque no sea capaz de usarla conscientemente.

Mi ansiedad había desaparecido. Quería seguir leyendo. Sin embargo podía hacerlo con más serenidad. Había tiempo. Cada día a la hora de la comida saldría al parque a leer uno de  los ocho cuentos que contenía el libro.

Cuando llegué al tercer cuento tuve necesidad de hablarle a Ricardo. Quería contarle que había iniciado a leer uno de los libros del autor de Rayuela. Marqué a su teléfono. Nadie contestó. “Bueno –me dije–, ya le hablaré más tarde o mañana”.

Esperé al siguiente día. En la mañana y en el trabajo le marqué. Esta vez sí contestó:

–Hola, ¿cómo has estado? ¿Qué ha sido de ti?

Me respondió con un tono  neutro, no con la euforia que en otras ocasiones tuvo conmigo. De pronto todo vino a mi cabeza. Lo supe. Mi intuición se incrementó al escucharlo y logré saberlo. Ricardo ya andaba con otra persona. No eran celos ni nada parecido. Nunca he sido celosa. Sólo lo sabía. Todo esto llegó de golpe a mi mente y corazón. Me serené y le respondí:

–Estoy bien. Ya sabes, trabajando mucho, leyendo libros, asistiendo al club de lectura los viernes. En fin.

–Qué bueno Alejandra. Qué más me dices.

–Pues ando muy soñolienta últimamente. Es por el desvelo. Leo mucho y escribo en las noches.

–¡Pensé que era por el novio! –me dijo queriendo llevar la conversación a la confesión que él tenía que decirme.

–No Ricardo, yo no tengo novio. La última persona con la que tuve un beso fuiste tú. De eso ya unos meses. Nada parecido ha surgido.

–Uf, eso no es bueno.

–Qué hacerle. Te sigo esperando…

Él suspiró. Estuvo en silencio unos instantes y con todo el tacto y caballerosidad que siempre le han caracterizado, pero de forma directa y sin rodeos, me dijo:

–Estoy en una relación Alejandra.

–Sí. Ya sé – le dije con un dejo de tristeza contenida.

–¿Cómo supiste?

–Soy bruja –le dije tratando de sonreír.

–Bueno, pues así está la cosa ahora. Seguimos siendo amigos, creo que nunca pasamos de serlo. La distancia no ayudó.

–Sí, yo tampoco ayudé mucho. Lo siento.

–No digas eso. Creo que yo también permanecí algo distante muchas veces.

–No hablemos de eso. Con toda la sinceridad puesta en mi corazón, deseo que te vaya bien con ella.

–Gracias Alejandra, eres muy linda, siempre lo has sido.

–Te tengo mucho cariño y siempre desearé lo mejor para ti.

–Gracias. Es mutuo.

–Quería decirte que hace unos días compré un libro de Cortázar.

–Ah sí, ¿cuál? ¿Rayuela?

–No. Se llama Bestiario, es de cuentos.

–Ah, ok.

–Rayuela sigue en espera.

–Bueno…

–Te dejo Ricardo. Cosas del trabajo.

–Ok, cuídate y muchos éxitos.

–Gracias, igual. Un abrazo.

–Adiós.

Colgué el auricular. Quería llorar, mis lágrimas estaban a flor de piel. Quería dejarlas salir. Me contuve. No era el tiempo. No era el lugar. Tenía que aguantar. Llegar a casa y ahí hacerlo sin las miradas de los demás. Así es como me gusta dejar caer mi llanto, en soledad, aunque no siempre lo logre.

Si bien ya se acercaba la hora de la salida, el vigilante de la puerta del trabajo me comunicó por teléfono que Elvia me esperaba abajo. ¿Elvia? ¿Por qué vendría a buscarme? No imaginaba. Pero debí hacerlo. Mi mente estaba dispersa. Terminé algo que no me llevó más de dos minutos y bajé. Ahí estaba Elvia, fuera de su coche con un libro en mano. Apenas vi el color de la portada y supe que libro era. Me acerqué pretendiendo no verme muy emocionada. Cuando me emociono actúo como niña de cinco años, por ello muchas veces me controlo. Estando frente a ella no pude disimular mi enorme sonrisa y ella tampoco disimulo la suya, alargó sus brazos con el libro en sus manos y me lo entregó diciendo:

–Santa llega tarde, pero llega. Aquí está tu libro.

– ¡Gracias Elvia! Ha llegado en el mejor momento. No tienes idea. Soy muy feliz. Gracias.

Ella sonreía como si se tratara de una travesura. Como si supiera que la demora tenía un significado. Y vaya significado. El mismo día que me entero de que el hombre que me dedico el capítulo 7 de Rayuela está saliendo con otra persona, me llega el libro. Causalidad, bendita causalidad.

Abracé a Elvia. Nuevamente le di las gracias. Faltaba una hora de trabajo, así que me despedí. Subí de nuevo feliz con el libro abrazado como si fuera un bebé. Lo presumí a mis compañeros, que sin un sólo asomo de entusiasmo, apenas y lo miraron. Que hacerle. A ellos sólo les gusta leer revistas de chismes.

En casa, de noche, intenté llorar. No cayó ni una lagrima. Ninguna. La mezcla entre la tristeza por haber perdido a Ricardo, y la felicidad de que haya llegado a mí tan ansiado libro, neutralizó cualquier sentir mío. Estaba sola. No quería hacer otra cosa que estar sola y dormir.

Al día siguiente desperté pensando en Ricardo. Lo imaginaba. Quería expulsar su rostro que se posaba ficticiamente en mis ojos. No quería que me observara. Sentir que me miraba me arrancaría lágrimas. No quería  que viera mis lágrimas. Ni así como fantasma.

A la hora de la comida me dirigí a un café. Necesitaba la intimidad que en el parque no podría encontrar. Busqué una mesa de lo más escondida y ahí saqué mi libretita y empecé a esbozar un poema, un intenso poema:

 

No verás mis lágrimas

 

Me entero por la bendita causalidad.

Lo sé. Ahora lo sé.

Mis posibilidades

contigo sean desvanecido.

Tú te has ido.

Tal vez nunca estuviste realmente.

Tal vez mi necesidad y mi esquizofrenia

me hicieron crearte.

¿Por qué te has ido?

¿Por qué no te deje cerca?

¿Por qué?…

Te extrañaba y te dejé ir.

Pensé: ya regresará,

y estaré lista de verdad.

Pero no regresaste,

no te vi, no te escuché,

y simplemente te esfumaste.

Y ayer el presentimiento

me llevó a buscarte,

y lo supe…

Estás rodeado de otros brazos.

Ya no eres mío.

Nunca fuiste mío.

Te perdí desde que te conocí,

desde el abandono que tuve a los miedos,

y fantasmas que habitan en mí.

Lo siento tanto…

Te extrañaré cuando lea a Cortázar.

Cuando sus versos me encuentren

y  traspasen mi alma.

Cuando recuerde como tus dedos dibujaron mi boca,

mi dulce boca.

Lloraré, seguro que lloraré.

Pero no verás mis lágrimas.

No sabrás de ellas.

Como tampoco sabrás nada de estás palabras.

Nada…

No tienes culpa tú,

toda la culpa la tengo yo.

Por cobardía.

Espero un día ya no quererte.

Sin embargo la nostalgia

se quedará prendida a mi alma

Estoy de duelo.

Mas no verás mis lágrimas rodar.

Que Dios me de fuerzas para cerrar los ojos,

deshacer todo y recomenzar;

con tu recuerdo guardado como inspiración.

Infinita inspiración.

Adiós…

Terminé en lágrimas. La mesera se apresuró a preguntarme si podía ayudarme. Le negué con la cabeza.

Quisiera decir que con éste poema acabo esta historia. No fue así. Y qué bueno que no fue así. Porque  a éste poema ahora le sigue éste relato y el estudio de la vida y obra de Julio Cortázar. Aún hay mucho por leer y mucho por escribir.

Sueño con ser escritora. Que Cortázar me lea desde donde esté, y que Ricardo nunca vea algo escrito por mí. Que brincando en un pie tenga la precisión y la voluntad, de atravesar el camino que me llevará al 10 de la rayuela. Al cielo. Al triunfo de ese juego, en el que veo  trazado el destino de mi carrera literaria.

Ricardo me dio el empujón. Lo demás ya es cosa mía. Sigo leyendo Rayuela…

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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Gracias a Dios, el Universo y las Constelaciones que Ricardo ya no está…ahora te puedo leer y disfrutar de las magias de tus líneas. Lo mejor siempre está por llegar. Un abrazo fraterno.

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    1. Muchas gracias. Sí, pinche Ricardo.

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      1. No se que significa pero supongo que es algo positivo

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