No pasó nada (“La Palabra Que Vale” [cuento])

Por: Alejandra Inclán

 

–… El niño se murió

–¿Qué? ¡¿En serio?!

–Sí, se murió.

Mario colgó el teléfono sin dejar que le dieran más detalles. Estaba turbado. Había seguido de cerca la noticia. Hacia una semana que un niño de 3 años había caído del segundo piso del registro civil de su ciudad, gracias al descuido de su madre y al mal estado del barandal.

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No sólo Mario, sino muchos otros periodistas habían dado seguimiento de la nota, aun cuando no estaban encomendados a ella. Isaura, la reportera comisionada al caso en el periódico “La Palabra Que Vale”, había hecho una entrevista al doctor a cargo del niño, él le había dicho esa misma mañana que ya estaba fuera de peligro. Mario veía la incongruencia con lo que acaba de escuchar, y determinó que: o el médico mintió o era tan malo que hizo un mal diagnóstico. Fue al pensar esto cuando por fin le dijo a su compañera más cercana:

–Se murió el niño.

–¡¿Queeeeeeeeé?! –exclamó Graciela sorprendida.

–Me acaba de confirmar Rosalba.

–Pero si yo fui con Isaura a tomar fotografías al hospital, y escuché cuando el doctor le dijo que ya estaba fuera de peligro.

–Pues si… O se equivocó el doctor o no quiso decir la verdadera situación.

–Voy a decirle a Isaura.

Graciela dejó el cubículo donde estaba con Mario y fue a la sala de redacción, donde Isaura y otros compañeros escribían sus notas.

–Isaura, ¡qué el niño se murió! –dijo Graciela casi gritando.

–¿Qué? De dónde sacaste eso –dijo Isaura mientras los demás detenían sus labores para poner atención a la noticia.

–Mario me dijo que Rosalba se lo contó. Acaba de colgar el teléfono con ella.

–¡Ay Dios! No es posible. Y ella de dónde supo.

–Eso si no sé, pero lo más seguro, que uno de los compañeros de otros medios le haya dicho.

–Voy a hablar al centro médico, a ver si me pasan con el doctor Díaz, y él que me explique.

Isaura marcó rápidamente al hospital. Una secretaria le contestó y le informó que el doctor no estaba disponible en esos momentos. Entonces Isaura le cuestionó a ella sobre la posible muerte del niño. La secretaria le dijo que no tenía informes nuevos sobre ello, que el último fue que estaba fuera de peligro. Isaura colgó pensativa.periodista

–El doctor no está disponible, y la secretaria dice que sigue teniendo el mismo informe de la mañana.

–Entonces qué harás –le dijo Graciela.

–Le marcaré a Rosalba, que ella me diga dónde escuchó la información.

La marcación fue inútil, se iba a buzón de voz la llamada.

–Me manda a buzón, le voy a hablar a una compañera de la radio, a ver si ella sabe algo.

periodicoLe marcó a Linda, a la cual informó enseguida sobre la noticia. Esta no sabía nada. Quedó de pasarle datos si se enteraba de algo nuevo. Linda vio la oportunidad. Ella trabaja en radio, la “inmediatez” de éste no se compara con la de un periódico. Si había declaraciones, tenía que obtenerlas antes que otras radiodifusoras, mucho antes que la televisión. No lo pensó mucho, telefoneó a la oficial del registro civil, tenía su número celular, así que no pararía por intermediarios. La oficial contestó y  al mismo tiempo, Linda activó su grabadora para registrar la conversación.

–Licenciada Ariadna, le habla Linda, la reportera de “Radio V chica”.

–Hola Linda, dime –dijo la oficial con un tono de prisa.

–Nos han informado que el niño que cayó del registro civil hace una semana, a causa del mal estado del barandal del edificio, acaba de morir, ¿qué nos dice a ello? ¿Está preparada para las responsabilidades que caerán sobre usted, por tener en mal estado las instalaciones? Supongo que serán ahora más fuertes debido a la muerte del infante.

La licenciada Ariadna se quedó helada. No supo que decir. En la mañana el padre del niño le habló para decirle que estaba fuera de peligro, que sólo había que esperar que terminaran de soldar sus huesos rotos y que le agradecía el que ella haya pagado un hospital particular, para que fuera bien atendido. El señor Lagunés le pidió disculpas por las ofensas que le dijo, que no se las retiraba del todo, porque sabía que en parte tenía la culpa, pero que comprendía que su esposa fue muy descuidada y que el niño  es muy inquieto. Estaba feliz de que no hubiera secuelas.

La oficial del registro civil colgó. Apagó el celular y dejó a la reportera sin declaración alguna. No sabía qué hacer, apenas parecía que iba a conservar su puesto, y con esto, toda esperanza estaba destruida. Quería llorar. Huir.  Hacía meses que había tenido el presupuesto suficiente para arreglar ese barandal, y la decidía y las mil ocupaciones le habían hecho posponer. Pensó hablarle a un abogado amigo suyo, para ver que se podía hacer a su favor ante la eminente demanda. Sin embargo, su conciencia fue más fuerte. Tenía que hablar con el padre del niño, pedirle perdón. En el celular conservaba el registro de la llamada que éste le hizo en la mañana. Dudó, tal vez la reportera estuviera insistiendo. Se arriesgó, prendió el celular y buscó rápidamente la llamada. Cuando la localizó marcó y esperó. Cada pitido le taladraba el oído y el alma. Tenía miedo. Le sudaban las manos. Una lágrima negra le escurría. Apenas unos segundos y la angustia le hacía casi desmayar. El pitido cesó y supo que alguien ya estaba al otro lado de la línea.

–Bueno, diga…

–Señor… Señor Lagunés. Soy la licenciada Ariadna, la oficial del registro civil –dijo con un gran temblor en la voz.

–Sí, dígame.

–Señor perdóneme, ya me enteré, ya me enteré. Siento mucho la muerte de su hijo, le juro que yo me encargaré de todos los gastos funerarios, sé que con ello no compenso nada, no imagino su dolor, por favor perdóneme.

–¡¿Queeeeeeeé?! ¿Qué dice? Pero si en el hospital me dijeron que ya estaba fuera de peligro, a usted le hablé en la mañana para informarle, ¡¿qué pasó?!

–Bueno, yo…

El hombre  comenzó a llorar y se enfureció. Colgó. Azotó el celular y salió sin decir nada en su trabajo. Sus compañeros de entristecieron al verle lágrimas. Nadie se arriesgó a preguntarle. Todos imaginaban con certeza la causa de su reacción y a la vez con asombro, pues él mismo les había dicho que su pequeño ya estaba fuera de peligro.

El señor Lagunés tomó su moto y a exceso de velocidad llegó al hospital. Por suerte no tuvo incidentes en el camino, además de que era una distancia relativamente corta. Miró a la recepcionista y trató de no gritarle, pero no pudo. Lo hizo, exigiéndole que le dijera dónde estaba el doctor Díaz. Ella asustada no respondió y no lo tuvo que hacer, pues el doctor apareció por el pasillo.

–Señor Lagunés, estábamos intentado localizarle, en su celular no contestaba y en su trabajo nos dijeron que salió sin decir a dónde iba. Tengo que comunicarle algo muy importante para usted, su hi…

El doctor no acabo de decir la frase. El señor Lagunés se le fue encima. Lo tiró al suelo y empezó ahorcarlo mientras le gritaba: <<¡Usted me juró que estaba fuera de peligro, usted me lo juró!>> El escándalo alertó al demás personal, la recepcionista marcó desesperada a la policía. Dos enfermeros y un médico intentaban apartar al señor Lagunés del doctor Díaz, el cual dejó de ofrecer resistencia ante la falta de aire. En ese instante el señor Lagunés bajó un poco la guardia y un enfermero aprovechó para darle un golpe en la cabeza, con el cual se desmayó.

***

Isaura seguía pensando que hacer. Estaba por salir al hospital, cuando vio entrar a Rosalba, que junto con su amigo Héctor venían a las grandes carcajadas.

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–Rosalba, que bueno que llegas, te marqué a tu celular y me mandaba buzón, estaba a punto de irme al hospital a preguntar qué pasó con el niño, quién te dijo que se murió.

Rosalba y Héctor se miraron y les cambió el semblante. Rosalba se apresuró a decirle:

–Isaura, ¡¿quién te dijo eso?!

–Pues Graciela vino a decirme que tú estabas hablando con Mario, y que le comentaste. Anda, dime que compañero te lo informó, para hablarle y que me de datos. En el hospital no me pasaron al doctor porque estaba ocupado.

–Ay Isaura, es qué… Yo le dije eso a Mario porque en toda la semana sacaba a plática lo del niño y ya me tenía harta, y hace rato que me habló por teléfono, además de lo que tenía que decirme, me mencionó lo del niño, que ya había salido de peligro y me enojé que volviera a hacer alusión de él por tercera vez en el día, entonces le inventé que me acababa de decir otro compañero que se había muerto. Pero yo se lo dije como broma. Hasta me reí cuando se lo reafirmé por última vez.

–Pero yo colgué antes de escuchar tu risa Rosalba –dijo Mario, que sigiloso llegó detrás de ella–. Ese tipo de bromas no se hacen, y menos en una redacción de periódico.

Rosalba se asustó cuando escuchó a Mario. Mas no le duró mucho, estaba firme en que sólo era una broma insignificante.

–¡Ay Mario! La broma te la hice a ti, no a la redacción.

–Sí, pero trabajo en un periódico y estoy en un periódico, ni modo de quedarme callado y no compartir la nota con los demás. Suerte que somos un periódico y la información sale hasta mañana, si fuéramos una radio y hubiéramos dado ese reporte, en qué problemón nos hubiéramos metido.

–Sí Rosalba –dijo Isaura–. Yo hablé al hospital, y hasta le hablé a Linda de “Radio V chica”, para ver si ella sabía algo.

–¡Todo eso hicieron por una broma! No manchen. Se pasaron, ¡cómo se lo fueron a creer!

–Trabajamos en un medio de comunicación Rosalba –dijo Mario–, aquí no estamos para ese tipo de bromas, como reporteros debemos tener seriedad. Si te tenía harta con lo del niño, pudiste decirme otra cosa y no esa mentira.

–Bueno, ya, lo siento –dijo Rosalba–. Salimos hasta mañana, aún no se imprime nada, así que no se perdió nada –remató con cinismo.

***

Cuando el señor Lagunés despertó, estaba esposado y custodiado por dos agentes. El doctor Olivares, que junto con dos enfermeros intentó detenerlo, le dijo:

–Señor Lagunés, que bueno que ha despertado. Seré breve, pues tienen que llevárselo a la agencia del ministerio público. El doctor Díaz, que atendió a su hijo, intentaba decirle que acababa de determinar darlo de alta en una semana más, porque su recuperación ha sido sobresaliente. Por sus palabras cuando intento ahorcar a mi colega, entiendo que alguien le dijo que su hijo había muerto. No es así. Aquí está su mujer para corroborar lo que le digo.

ho´soHasta ese momento el señor Lagunés no había reparado en su esposa, se sentía muy mareado por el golpe, la angustia y la confusión.

–¿Por qué lo hiciste amor? Nuestro hijo está muy bien –le dijo su esposa con lágrimas en los ojos.

–Yo… No sé… No quería… No sé –bajó su mirada consternado.

–El doctor Díaz está siendo atendido en estos momentos –intervino el doctor Olivares–, le lastimo la tráquea y por poco se muere, aún no está fuera de peligro. Debido a esto usted ira con los policías, por intento de asesinato. En caso de que muera el doctor le pesaran cargos más fuertes. Pueden llevárselo –dijo a los policías.

***

Mientras eso ocurría, en el periódico “La Palabra Que Vale”,  los compañeros seguían reclamando a Rosalba, quien enojada con todos gritó:

–¡Ay ya, supérenlo! Al fin y al cabo, ¡¡¡no pasó nada!!!

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