Adicción (cuento)

Tengo un problema con los libros. Lo acepto. Es adicción. Termino uno y necesito leer otro. Antes me era imposible leer más de uno a la vez. Hoy no. Tomo uno, leo algunos capítulos, descanso y leo otro, y así voy intercalando. Hasta cuatro  títulos llego a leer al mismo tiempo.

Busco libros en todos lados: librerías, bazares, internet. A veces ellos me encuentran a mí. Se topan conmigo y me hablan, me piden que los lea, que los toque, que descubra sus secretos.

Así me pasó la última vez cuando fui a la librería “El búho de la media noche”. Buscaba Fausto, de Goethe. Empecé a escrutar por todos los rincones. Primero en el área de clásicos. Nada. Acudí con uno de los muchachos que ahí laboran para que me hiciera el favor de checar su existencia en la tienda. Agotado. Para ese momento se me habían atravesado varios libros que me sedujeron. Pensé en irme. No pude. Consulté mentalmente mi presupuesto. 300 pesos. De los libros que más me atrajeron había uno que valía 369 pesos: Cuentos completos de Mario Benedetti. Adoro a Benedetti, su poesía, sus novelas. La Tregua tocó mi alma y me arrancó lágrimas. Viví a los personajes, a él y a ella: Ahora lo sé. No te quiero por tu cara, ni por tus años, ni por tus palabras, ni por tus intenciones. Te quiero porque estás hecho de buena madera.

Suspiré mientras acariciaba el libro de 369 pesos. Nunca había leído ningún cuento de Benedetti, pero tenía la seguridad de que me gustarían.

Debajo de ese libro estaba otro, cuya portada se apoderó de mí. Ya lo había visto en algún lado de internet. Música para perros, de Alejandro Páez Valera. No había leído antes a ese autor. No me atrajo tanto la reseña leída en la contraportada, como la imagen de la portada: un niño de la calle tocando una flauta imaginaria. Su cabello lucia de un negro intenso y su piel de un color rojo muy trágico. Una imagen muy contrastada, manipulada para dar ese dramatismo. Soy fotógrafa, y alguna vez hice foto similar, también de un niño de la calle, con los mismos toques y el mismo tratamiento. Sólo que este niño lo retraté en la esquina de un crucero. Esa similitud fue lo que me impactó.

Tenía que llevar ese libro. Lo veía y miraba el de Benedetti. Música para perros, 228 pesos. Me alcanzaba y sobraba, pero me dolía dejar a Mario. Por experiencia sé que hay libros que aparecen  y se agotan sin dejar rastro. Luego pasan años para que vuelvan a salir. Así me pasó hace  un tiempo con el libro de El Hobbit. Lo encontré y me debatí el comprarle o no. Lo dejé en su lugar y seguí viendo. Nunca pensé que alguien más lo tomaría en esos instantes. Cuando decidí llevármelo no estaba. Pasaron 6 meses para volver a encontrarlo, y su nueva reedición se debió al estreno de la película, sino creo que hubiera pasado mucho más tiempo para volver a verle. No me volvería a suceder eso, no con los cuentos de Mario y con Música para perros. Los conserve  en mis manos mientras seguía observando.

Cuando me estaba alejando  de donde encontré estos libros, advertí que en la parte de abajo del exhibidor, estaba La edad de la punzada, de Xavier Velasco, autor de Diablo guardián. Esta novela me llegó por error en un intercambio de regalos. Yo había comentado que quería Ángeles y demonios de Dan Brown. Quien me tenía que regalar se le quedó en la mente  algo de “demonios”, y como no recordaba el titulo exacto que mencioné, al ver el libro de Diablo guardián, lo asoció por el nombre, pensando que igual me gustaría, cuando no tienen nada que ver uno con el otro. Uno es literatura industrial y el otro LITERATURA, así con mayúsculas. Cuando vi el libro envuelto supe que no era el que esperaba. El tamaño y grosor eran muy diferentes. Le quité la envoltura, y de primera impresión  me decepcioné. Cuando lo leí supe que no era lo que esperaba, era algo mucho mejor.

Dudé. Pero no di muchas vueltas para cargar también con La edad de la punzada. El estilo de Xavier Velasco es único, subversivo, directo, anarquista. ¡Me encanta!

Tres opciones y una decisión. ¿Qué hacer? La respuesta me llegó mientras paseaba con los tres libros entre mis brazos. Un letrero se me atravesó: 12 y 18 meses sin intereses en libros. Tenía tarjeta de crédito. Bastante endeudada por cierto, sin embargo podía esforzarme a pagar un poco más de lo que tenía estipulado cada mes. Seguí caminando. Meditando si dar el “tarjetazo” o no.

Volvía a ver el letrero. Busqué la letra pequeña: 500 pesos de compra mínima para doce meses sin intereses y 1000 pesos para 18 meses sin intereses. Saqué cuentas de los costos de los tres libros: 369+228+249=846. Podía hacer la compra  a 12 meses sin intereses y sólo pagaría al mes  70 pesos con 5 centavos.

Seguí viendo. Revisando otros libros. Creo que fue  un error. Encontré Mujeres de ojos grandes, de Ángeles Mastreta. Había leído un cuento de ese libro, de una mujer preocupada porque le era infiel  a su marido, para luego darse cuenta  que él también era infiel. Una nueva tentación se sumó. 128 pesos. Sí iba a hacer el gasto con tarjeta, valía la pena llegar a los mil pesos, para que la compra fuera a 18 meses sin intereses. Sumé mi anterior total con el costo de este libro: 847+128=974. Vaya, no llegaba a los mil pesos. <<¿Y ahora qué?>>, pensé.

Entonces lo vi. Sí, lo sé, el pelo en la sopa. Para los puristas de la literatura estaba cometiendo el peor de los pecados.  Los estaba traicionando. Me acordé del moderador del club de lectura al que asisto, el que a veces más que hablarnos de autores de la literatura clásica, se la pasa criticando y hablando mal de Paulo Coelho, esto sin haberlo leído nunca; ¿cómo se puede criticar lo que no se ha leído? Inútil preguntarle. Yo sí lo leí en su momento, hace mucho, me gustó y ya lo superé; cumplió su función para conmigo, hoy busco otra literatura. Tengo autoridad para criticar a Coelho, pero me la guardo, muchos conocidos lo admiran.

Tomé “el pelo en la sopa”, leí su contraportada. Nuevamente rememoré al moderador del club y resonó en mi mente una de sus sentencias clásicas: <<¡Qué Dios te perdone Verónika!>> Y reí como loca ante ella. Los que miraban deben haber creído que el libro que estaba viendo era de chistes, por mi risa. Decidí comprarlo. Me gusta el tema zombie, me emociona, soy fan de The walking dead, de la serie y el comic; también de la película Zombiland. Esas visiones apocalípticas muy  a la gringa me han atrapado. Vi la película basada en el libro que tenía entre manos. Tiene su toque particular, y aunque en primera instancia te recuerda  a la película de Exterminio, el argumento te hace despegarte de esa asociación conforme avanza el filme. Mismo tema, diferente tratamiento. Guerra mundial Z. Tenía que leerlo. 226 pesos. Con ello sumaba un total de 1200 pesos de libros. 66 pesos con 70 centavos a pagar cada mes. Mi economía podía soportarlo.

Corrí a la caja. No quería ver ningún otro libro. Tenía que huir de ahí. Entregué los libros al cajero y mi tarjeta. ¡Compra exitosa! Salí de la librería evitando seguir viendo, casi tapándome los ojos y fui directo a casa.

Comencé leyendo algunos cuentos de Benedetti, luego La edad de la punzada. Miré mis nuevos libros. Luego la torre de todos los que tenía pendientes. No quise contarles. Aún faltaban dos más que venían en camino. Uno infantil: El misterio del bosque encantando, de María de Jesús. Tía de mi mejor amigo, que me prometió conseguirme un ejemplar días antes de que fuera visitarla. También, atrapado en la mensajería estaba la novela corta de Eunice Mier, Intacto, que toca el tema de una afectación congénita muy rara, que se manifiesta con insensibilidad al dolor corporal, pero no al del alma. Supe de este libro al leer un mensaje de ella en la red social Twitter.

Sólo iba por un libro: Fausto, de Goethe. Salí con 5 libros. De 300 pesos destinados a ello, gaste 1200 pesos. Creo que sí tengo un problema con los libros. Adicción a ellos. ¿Qué tan mala es esta adicción? No sé. Solo sé que es hora de cerrar esta historia y ponerme a leer. Este cuento está terminado. Mañana escribiré otra vez.

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