Tormenta (Al mal tiempo, buena cara [cuento])

Domingo, 3 de la tarde. Desde la mañana había acompañado a mi hermana a sus múltiples mandados, entre un sol y una fina lluvia. Estábamos en el punto final  de su recorrido. En el supermercado. De ahí iríamos a casa para acomodar todas sus compras para que partiera al pueblo.

Nos tomamos una hora en ese lugar. Las cajas estaban insoportablemente llenas. Meter cosas al carrito  de compras fue tarea de 20 minutos. La espera para pagar: 40 minutos.

Terminamos. Afuera llovía. Ahí estábamos esperando que aminorara. Eran las 4:10 pm. Mi hermana impaciente salió y caminó bajo una lluvia muy fuerte. Ya nos habíamos mojado desde la mañana. Un poco más no importaba. Pero esta ocasión no era una simple llovizna.

Cuatro cuadras nos separaban de la casa. 10 minutos cuando mucho era el trayecto. Sin embargo lo hicimos en 20, al vernos atrapadas en un agua implacable que no aminoraba por nada.

Quedamos varadas bajo el techo exterior de un negocio. Reí. Desde niña no me había divertido tanto con la lluvia. Al mal tiempo buena cara. Incluso me tomé una foto con el celular, muy sonriente. También le tomé una mi hermana, que igual sonreía.

La lluvia no daba tregua. Así que decidimos avanzar. Mi hermana olvidó que tenía algo más que comprar en una bodega de calzado. Por suerte sólo estaba a unos metros de mi casa, así que no desviamos el camino.

Llegamos enfrente del negocio. No había forma de pasar, sólo a través del agua que cubría gran parte de las orillas de la calle. Saqué de nuevo mi celular y empecé a tomar video de esta aventura. Jenny preocupada me dijo que lo guardara, que se descompondría. No hice caso.

Ella fue la primera en cruzar. La seguí mientras la grababa. Nuestros pies mojados terminaron de ensoparse. Entramos a la tienda. ¡Oh, Dios mío! El lugar era un mar de goteras. Tuvimos que movernos rápido para encontrar los zapatos faltantes e irnos a casa.

La búsqueda no duró mucho. Corrimos a las cajas, pagamos y  salimos hacia mi humilde morada. Llegamos al pasillo común de todas las viviendas  que hay ahí, que en sus primeros 10 metros esta techado. A su término, doce pequeñas casas viejas, más bien cuartos, 6 de cada lado. El mío, el número 3.

Respiramos cuando entramos. Jenny acomodó sus cosas. Se bañó y se cambió la blusa empapada, por una que compró en nuestras andanzas del día. Sólo quedaba encontrar un taxi. Volvimos a salir. Los escasos 5 metros hacia la parte techada del patio fue suficiente para que nos volviéramos a mojar. La lluvia azotaba junto con el aire y nos duchó apenas salimos. Se sentía frío. El aire congelaba y hacia que fuéramos acariciadas en todo momento por  la humedad del agua. Eran 5:30 pm cuando salimos a buscar un taxi. En un negocio cercano un viejito se protegía en un toldo publicitario. Esperaba de pie, con su bastón en mano. Mi hermana se lamentaba por él.

Desde el umbral de la vecindad a la calle, esperamos que  un taxi nos viera. Fueron contados los que vislumbramos: siete, cinco ocupados. Los que pasaron desocupados ni siquiera nos hicieron caso.

Tenía mucho frío. Yo aún no me cambiaba de ropa y el aire me calaba más a mí. Le dije a Jenny que mejor regresáramos a la casa, que se quedara a dormir esa noche. No quería. Al día siguiente tenía que presentarse a su trabajo. «Te vas temprano», le argumenté. No quiso. Y sus razones tenían lógica, nada aseguraba que en la madrugada estuviera igual, peor o sin lluvia. Esperamos un poco más.

Creíamos que la lluvia nos daría un respiro. No fue así. La calle gradualmente se iba inundando más y ningún vehículo pasaba.

Eran 6:15 pm cuando Jenny me dijo: «Volvamos a tu casa». Comenzó a caminar. Antes de seguirla me asomé a la calle. El viejito seguía esperando…

***

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Efrén sale de su trabajo a las 5:00 pm, sólo que tuvo que esperar hasta las 5:30 pm a que llegara “El Gordo”, para no dejar sola el área de electrónica en el periódico “La Palabra Que Vale”.

Cuando este entró al departamento, Efrén le reclamó el que llegara tan tarde, preguntándole el motivo. Él le dijo:

─Mírame y sabrás.

Hasta ese momento Efrén no había reparado en que Víctor, “El Gordo”, había llegado escurriendo agua por todos lados.

─¡No mames güey! ¿Está muy fuerte el agua? ─dijo Efrén

─Te recomiendo esperar un poco. Si quieres ve a asomarte para que veas lo que te espera si te vas ahora.

Efrén fue a ver el panorama y se espantó de la fuerza de los vientos y la lluvia. «¡Pinche gordo!, hasta mucho que llegó», pensó Efrén. Decidió quedarse ahí en la entrada a platicar con los guardias, esperando a que disminuyera la lluvia. Le dieron las 6:10 pm. Sonó su celular. Era su mamá.

─¡Hijo! No demores mucho. Estoy sola. Bibi, salió al cine y no ha regresado y el agua se está metiendo a la casa, y yo sin poder hacer nada. ¡Regrésate ya! ─le dijo su mamá a Efrén, llorando del susto.

La mamá de Efrén estaba en cama. Tenía 15 días de haber sido operada, debido a un accidente donde se quebró una pierna de manera muy grave. Tenía que permanecer inmovilizada, y sólo podía realizar movimientos mínimos. Bibi, hermana de Efrén, salió ese día por insistencia de ella, argumentándole que necesitaba distraerse. Doña Rosario había comido e ido al baño; podía esperar a Efrén viendo la televisión. Bibi partió a las 3:00 pm al cine. La señora sólo tenía que esperar un par de horas a que su hijo estuviera ahí, al fin al cabo su trabajo estaba cerca de la casa. No imaginó que esa llovizna que había visto desde la mañana se convertiría en una tormenta. Cuando le dieron las 5:30 pm y vio agua en el piso, comenzó a angustiarse. A las 6:05 pm le marcó a Bibi. No contestaba y Efrén no llegaba. El agua seguía entrando y ella sola. Apagó la tele. El contacto de electricidad se ubicaba muy abajo y temía que el agua le llegara y causara un corto. Volvió a tomar el celular y le marcó a Efrén.

Efrén le dijo que ya iba. Que no se asustara. Sin vacilar decidió caminar bajo esa lluvia intensa. Su casa estaba a 15 cuadras en línea recta. Normalmente ese recorrido lo hacía en 20 minutos. Esa vez sería más tiempo.

La calle estaba inundada. El agua casi le llegaba a las rodillas. No podía avanzar. Una cuadra significó un gran esfuerzo. Buscó una alternativa. Desde la esquina vio la calle paralela. Lucía más alta. Nunca había reparado en ello. El agua ahí debía ser menos profunda. Así que no lo pensó mucho y se dirigió a ella.

Sintió una presencia. Volteó y los vio. Eran dos perros criollos que lo estaban siguiendo nadando en el agua. No supo que pensar. No tenía idea si querían morderlo o tenerlo de guía hacia un lugar “seguro”. Después de unos segundos Efrén les dijo: «Pues bueno, síganme».

Efrén caminaba por en medio de la calle, porque ahí estaba más baja el agua. Una chica iba hacia él, en sentido contrario. Cuando estuvieron cerca, ella le advirtió que más adelante había una alcantarilla abierta, que se veía enseguida porque su sombrilla se le voló y al caer se quedó ahí trabada, que tuviera cuidado. Efrén le dio las gracias y volteó a ver a los perros: «Ya oyeron, no se vayan a ir por la alcantarilla, váyanse detrás de mí».

Le extrañó ver a esa chica que caminaba con aire despreocupado, en ese desierto húmedo y azotado por un aire inclemente. Luego de unos pasos percibió la alcantarilla señalada. Parte de su sombrilla revirada se veía entre el agua. La evadió y volteó para ver a la chica. Había desaparecido. Ella no podía haber avanzado tan rápido. Decidió no cuestionar más el suceso y seguir avanzando. Su mamá le esperaba.

Estaba a una cuadra de su casa, cuando apareció un camión de la marina, el cual fue recogiendo gente que se había quedado atrapada en distintos puntos de la ciudad. Iban acercándolos a sus casas lo más posible. La tormenta tomó desprevenidos a todos en esa ciudad y una gran parte fue sorprendida lejos de sus hogares.

Bajó una mujer dando las gracias a los marinos. Vio a Efrén. Sé acercó y le dijo:

─Joven, por favor acompáñeme a mi coche, está aquí cerca. Quiero ver cómo está. Salí buscando un mecánico y la lluvia me atrapó.

─Sí señora, cómo no ─dijo Efrén, quien siempre ha sido un joven muy servicial y que inspira confianza.

Avanzaron una cuadra. Para Efrén era un retroceso. La lluvia y el viento no disminuían. Era imprudente caminar así sólo para ver cómo estaba un coche, sin embargo lo hicieron. El carro estaba bien. El agua cubría parte de sus ruedas, pero nada de cuidado. La señora abrió la cajuela, saco un par de bolsas y le pidió a Efrén que como último favor la acompañara a su casa. Volvieron a caminar en dirección a donde se encontraron. En la esquina vivía la señora, Efrén unas casas más adelante dando la vuelta, casi en la siguiente esquina.

─Mire nomás. Somos vecinos y no lo sabíamos─ dijo Efrén y se despidió.

Hasta ese momento recordó a los perros. Los buscó por todos lados. Desaparecieron. «¡Bueno y estos güeyes!» No pensó más y terminó de llegar a su casa.

Efectivamente, el agua se había metido en gran cantidad. Su mamá estaba en la cama llorando.

─¡Ay hijo, por fin viniste! Estoy muy asustada, tu hermana no contesta y mira esta agua.

─No se preocupe. Voy a sacar el agua y luego le hablamos a la Bibi.

Efrén comenzó a sacar el agua. Llegó 7:10 pm. A las 7:30 la lluvia empezó a aminorar, lo que le permitió sacar más rápidamente el agua y poder ir tranquilamente abrazar a su mamá, y tratar de comunicarse con su hermana. «Que día tan raro. Primero unos perros, luego una chica fantasma, y para finalizar una vecina que nunca había visto. Todo esto bajo una tormenta», caviló.

***

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Eran las 6:30 pm. Marqué a un servicio de radio taxi para que vinieran por mi hermana. «No tenemos servicio por el momento», dijeron.

─Tendrás que quedarte Jenny ─le dije.

Marcó a mis papás para avisarles que muy probablemente se quedaría. Aún tenía esperanzas que la lluvia cesara.

Todo apuntaba a relajarnos y ver una película, cuando vi hacia el patio: se estaba inundando. No era algo muy alarmante aún, así que esperaría que la lluvia terminara para sacar esa agua acumulada. Me equivoqué, no podía esperar. Una gran cantidad de agua estaba entrando por mi puerta principal. Me preocupé en serio. Miré por la ventana, el patio común de la vecindad estaba inundado. El aire seguía azotando. Me asomé de nuevo al patio de mi morada. Las cubetas flotaban literalmente, así como mi bote de basura. A pesar de estar semitechado mi patio, la fuerza del viento aventaba grandes cantidades de agua. Por suerte mis puertas tienen un “murito”, de la altura de un ladrillo, esto porque en tiempos de lluvias el agua se solía meter antes de ponerles. Pero si las condiciones seguían igual, de nada serviría. Vi mi celular, eran 7:00 pm.

Vi la tarjea. El agua hacía un tímido remolino sobre ella. Fluía, mas no con la rapidez necesaria.

─Jenny, ayúdame. Toma una cubeta, llénala y tiremos el agua al patio de la vecindad.

Me auxilió inmediatamente. Después de dos cubetas vi lo inútil del asunto. El patio de afuera también estaba inundado y el agua entraba por mi puerta. Tomé una nueva decisión: sacar el agua de la vecindad, mientras Jenny sacaba la de mi patio. Agarré mi escurridor y salí. Comencé por destapar las tarjeas repartidas a lo largo del patio. Eran 5. Tres de ellas estaban tapadas. Cuando les quité su taponamiento el agua empezó a irse por ellas.

Luego comencé a jalar el agua hacia la calle. Alba, mi vecina, me escuchó y salió a ayudarme. Llegaron unos vecinos que venían de viaje, los cuales no sé cómo le hicieron para llegar, porque en la calle el agua daba casi a las rodillas. También se solidarizaron y nos ayudaron. De las doce casas sólo tres estábamos cooperando en esa labor.

El patio comenzó a quedar sin agua, al menos sin la cantidad que albergó minutos atrás. Esto gracias a nuestro esfuerzo y a que a las 7:30 pm dejó de llover.

Mi hermana había terminado de vaciar mi patio. Yo seguía sacando más agua, por si volvía la lluvia con la misma fuerza.

El aire se calmó. Eran las 7:50 pm. Salí a ver la calle. Era un lago en su totalidad. Miré hacia el toldo donde se había estado protegiendo el viejito, que habíamos visto desde las 5:30 pm. Ahí seguía. De pie. Tal como lo había visto, cuando aún había luz solar pasando entre las nubes. Volteó. Me vio. Sonrió, y comenzó a caminar.

***

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El agua se detuvo. Alfredo miraba lo desolado del paisaje. La tormenta le tomó de sorpresa en un centro comercial. Igual que muchos tuvo que esperar horas para poder salir.

Todos estaban desorientados. El supermercado se vació. Sólo los empleados permanecieron ahí. Alfredo vio su reloj. Eran 7:40 pm. Las calles eran ríos. No se atrevía a cruzarlas. Ni un coche se divisaba, menos un camión de pasajeros.

Notó a lo lejos una parada de camiones. Varias personas habían empezado a dirigirse a ella. Inconscientemente, Alfredo sabía que en ella no pasaba su camión. Que su parada se encontraba un poco más distante. Pero estaba como en trance. No razonaba. Sólo quería llegar a casa.

Se metió al agua y empezó a avanzar. Tenía miedo de que el camión apareciera y lo dejara. Tardó 20 minutos en llegar a la caseta de espera. Normalmente hubieran sido 5 minutos. La calzada iba quedándose sin agua, esta fluía por las alcantarillas. Cerca de 20 personas se habían reunido en ese punto. Se miraban con desconfianza, con miedo.

9:00 pm y no parecía ni taxi ni camión. 9:17 pm, las luces de un vehículo se observaron. Parecían acercarse. Corrió una agitación general. Si era taxi todos lo querrían. Tal vez iría ocupado, o los ignoraría al ver a tantos.

No era taxi, era un camión. A muchos se les iluminó el rostro. Iba lleno. Nadie se quejó. Nadie preguntó que ruta era. Alfredo y los demás abordaron instintivamente y se dejaron llevar.

Luego de más de una hora de recorrido, Alfredo se dio cuenta que no tenía idea, de adonde lo había llevado el camión. Pidió la bajada.  Sus pies no volvieron a mojarse. El suelo, aunque húmedo, no estaba cubierto de agua. Comenzó a hacerse consciente de nuevo. Tuvo que hacer uso, con mucho esfuerzo, de una mente fría para determinar dónde estaba. Ni siquiera se le ocurrió preguntar a alguno de los otros pasajeros antes de bajar. Dio un giro de 180° y pudo ver un edificio conocido, el del Instituto Federal Electoral. Estaba en la colonia El Coyol. Su casa se encontraba aún muy lejos. Pensó caminar. Desistió enseguida. No tenía idea de qué camino tomar. Se sentó en la banqueta al borde de la desesperación. Su reloj marcaba las 10:37 pm. Rezó por un taxi. Siete minutos tardó en aparecer uno. Los siete minutos más angustiantes de los que tuviera recuerdo. Se levantó y lo detuvo. El taxista le hizo una señal con sus luces, y Alfredo supo que había sido visto y sería atendido. Después de varias horas volvió a sonreír…

Alfredo miró por la ventanilla. El taxista venía acompañado. Ese no era el problema, sino las caras de estos. No le inspiraban confianza. Se imaginó siendo asaltado por ellos. La calle estaba solitaria, así que no tenían restricciones para poder hacerlo. Trató de disimular sus temores y preguntó si podrían llevarlo y que costo tendría a la colonia Lázaro Cárdenas. El taxista le contestó:

─Mmmm. Así que vas a la Lázaro Cárdenas. Por allá no se inunda mucho, así que haciendo algunos rodeos llegaremos sin problemas. Mmmmm. Como no hay más taxis a la vista, te voy a cobrar lo que yo quiera, ¿estás de acuerdo? ─dijo el taxista.

A Alfredo le dio una risa nerviosa. No sabía qué pensar. Si regateaba el taxista podría enojarse y dejarlo. Si aceptaba sin trabas, podría pensar que andaba sobrado de dinero y exagerar el costo, o asaltarlo como tanto temía. Trató de no vacilar más y objetó:

─Pues… Depende. Dígame cuánto sería y yo le digo si me alcanza.

─Ya relájate, no me voy a mandar mucho. Dame 70 pesos.

─Bueno, creo que sí me alcanza ─dijo Alfredo. Con disimulo miró el número de la unidad, la 223. Lo memorizó y abordó.

En condiciones normales hubieran sido 40 pesos. Le pagó de inmediato con el único billete que le quedaba, uno de 100 pesos, y le dio la dirección exacta.

El trayecto le resultó interminable. No veía el fin. Cuando distinguió calles conocidas y cercanas a su casa, respiró con alivio. Faltaba una cuadra para llegar. No aguantó la ansiedad y le gritó al taxista: «¡Aquí bajo!»

El taxista se detuvo y Alfredo bajó corriendo hacia su casa. Sacó sus llaves, entró y comenzó a llorar y reír al mismo tiempo. Se sentía seguro. Eran 11:16 pm. El cansancio le cayó en todo su cuerpo y buscó su cama. Se acostó y dijo «¡Gracias Dios!» Y entre risas nerviosas se durmió.

***

Eran las 8:00 pm cuando decidí bañarme y quitarme de encima toda el agua de la lluvia. Estaba por entrar al baño, que está en el patio de la casa, que por suerte ya no estaba inundado. Apenas abrí la puerta y las vi refugiadas y prendidas a las paredes. Mi hermana y yo estuvimos tan distraídas con la lluvia, que nunca vimos a ninguna correr hacia ahí.

─¡Jenny, ven a ver esto! ─le grité a mi hermana.

─¿Qué cosa?

─Ve.

─¡Ay, Dios mío! De dónde salieron tantas.

─Ni yo sé, pásame el insecticida, hay que matarlas.

Y empecé a rociarlas. Angustiadas empezaron a moverse a todas direcciones. Jenny y yo tuvimos que dar de saltos, para que no se treparan por nuestras piernas. No las conté. Pero puedo asegurar que eran cerca de 40 o 50. De todos tamaños. Cuando comprobé su muerte o que ya estaban imposibilitadas para moverse, las reuní para deshacerme luego de sus cadáveres. Tenía suficiente por un día, ya quería descansar. «¡Pinches cucarachas!»

Después de cenar nos conectamos a internet por medio de nuestros celulares. Me acordé de Efrén. Él salía del trabajo a las 5:00 pm, nuestros días libres son diferentes a pesar de estar en la misma empresa. «Conociéndolo debe haberse quedado en el periódico hasta que terminó la lluvia», me dije. Le mandé un mensaje por WhatsApp. Eran las 9:30 pm. Me narró su odisea personal. Que todo estaba bien, que el único pendiente fuerte que tuvieron él y su mamá, fue que no sabían nada de su hermana, pero que ya había regresado. Bibi, luego de salir del cine, consiguió un aventón hasta la terminal de autobuses de la ciudad, y de ahí tuvo que caminar 13 cuadras inundadas.

Le mandé sonrisas a Efrén. Él también lo hacía. «Qué caray, ¡al mal tiempo, buena cara!», le escribí.

Seguí navegando por la red y me encontré con imágenes increíbles. Fotos del centro de la ciudad completamente inundado. Hasta el señor Obispo salía en una de ellas, con el agua dándole más arriba de las rodillas. Sonreía. Muchos sonreían en esas fotos. Yo también sonreía en la foto que me tomó mi hermana, cuando estaba terminando de sacar el agua del patio, ¡qué facha tenía! Pero que divertida me di al final. La tormenta me sacó de mi rutina habitual. En cierta forma lo disfruté. Creo que está mal que piense así, porque hubo personas con pérdidas materiales. No obstante, me sentí bien cuando todo acabó.

***

Al día siguiente en el periódico sólo se hablaba de la tormenta. Muchos se quedaron ahí y trabajaron hasta la madrugada para meter todos los reportes policiacos posibles. No vi a Efrén, era su día libre. Yo me concentré en la edición del noticiero en video para la página web. Sólo metimos lo de los daños materiales. No llevábamos sección policiaca y yo no revisé el periódico. No me gustaba ver sangre. Fue en la noche que me enteré…

 Vi a Alfredo en el club de lectura al que asistimos. Le platiqué mi experiencia y la de Efrén. Quería carcajearme. Pero la cara de Alfredo me intimidó. Parecía que se le había ido el alma. No lo noté de primera impresión. Me platicó cómo vivió él la tormenta y de su mochila sacó la sección policiaca del periódico. Yo queriendo evitarla en el trabajo y él me la ponía enfrente. Leí: “Éste es el saldo de la tormenta”, decía el titular en letras rojo sangre. Seguí leyendo y temblé ante las terribles “coincidencias”: una chica desaparecida por las calles que transitó Efrén, presumiblemente tragada por una alcantarilla, pues su sombrilla estaba ahí metida revirada. Sólo encontraron a sus dos perros. El taxi 223 que chocó llevando un pasajero, en pleno apogeo de la tormenta, en la colonia El Coyol, ninguno sobrevivió. Y un viejito que frente a mi calle murió ahogado, intentando caminar por ella. Quedé pasmada.

Afuera de donde estábamos había buen tiempo. Pero en el espacio breve entre Alfredo y yo, se extendía uno muy malo, y ninguno de los dos pudimos volver a decir: al mal tiempo, buena cara.

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