Cómplice (cuento)

Por: Alejandra Inclán

Pensé en una historia diferente cuando te tuve por primera vez entre mis brazos. Era una historia más positiva. Al menos eso creí. No lo sé.

Me sentí atraída por ti cuando te vi. Todos los demás se me desvanecieron. Aún aquellos que se asemejaban mucho a ti. Tenías ese toque que me hizo identificarme. Saber que ibas a ser mío. Que te había escogido. Aunque… tal vez tú me escogiste a mí.

Y aquí estás conmigo. Inspirándome. Indicándome las palabras precisas. Ellas surgen y yo te las digo. Las sientes y las aceptas sin reserva, sin rebelarte, sin frustrarte.

Creo que te empiezo a querer, que es mucho lo que te voy a querer. Me detengo en mi monólogo y te abrazo. Eres cómplice de este sueño loco, del sueño que descubrí hace años en mi corta edad: escribir.

Amo escribir y ahora lo sabes, lo vives conmigo, lo abrigas… Te agradezco por ello.

Fueron muchos los poemas que me iniciaron. Pocas las reflexiones. Nulos los cuentos. Y un par de novelas inconclusas.

Es difícil decir algo cuando no hay nada que decir. Pero más difícil cuando hay mucho y no sabes la manera de expresarlo, no conoces la técnica, el género, el estilo…

Creo honestamente, que aún no lo sé. Mas tengo una mejor idea del arte de escribir, la cual no tuve años atrás. Cursos y personas sabias me han ayudado, también los amigos que me han leído, y mis más grandes guías: los libros. Me auxilian cuando mi imaginación no alcanza para pintar con las palabras adecuadas las historias que ya viven, que esperan y ruegan por tener un cuerpo donde habitar, un lector que les pueda descifrar, disfrutar, tocar…

Disculpa si te parezco melosa. Necesitaba hablar de esto con alguien, pues tambalea mi fe. Sí, mi fe tambalea. Quiero escribir, quiero vivir de esto. No te confundas. No busco fama, popularidad o entrar al restringido círculo de escritores. Escribir es un acto solitario, así que no hay tal círculo. Escribir es algo tangible e intangible a la vez. Es un proceso donde plasmas en el ordenador o en el papel tus ideas, tus historias. Todo aquello que sea digno de ser contado. Eso y mucho más. Me es difícil definir. Definir es limitar, pero te lo digo para que me comprendas.

Un escritor es feliz al realizar eso que parece un simple acto. Y en ese “simple” acto se vive y se construye una nueva realidad. O se reconstruye la realidad. Es viajar a otros mundos, otras vidas, otros anhelos… Y yo quiero vivir siempre haciéndolo, por eso quiero vivir de esto, de escribir. Quiero ser escritora, quiero contar historias.

Ante mi deseo se interpone la necesidad de comer, de pagar la renta, de vestirme y calzarme. Hay que trabajar en lo que te de lo suficiente para cubrir tus necesidades. Así que por el momento sigo en un trabajo “normal”. A veces me gusta. Sin embargo, no me llena lo suficiente. No como lo hace el escribir. Escribiendo me siento plena.

Sí, lo sé. Todo es poco a poco. Roma no se levantó en un día. Por eso uso mi poco tiempo libre en leer y escribir. Me desvelo. Leo en los camiones. Voy al café en mi hora de comida, y aprovecho hora y media para leer o escribir. La media hora que me queda la uso para comer en mi trabajo, de manera muy rápida y apurada. La comida yo me la preparo. Antes comía en la calle. Soy muy floja para cocinar, pero he tenido que hacerlo, pues me hace ahorrar dinero y con ello me alcanza para comprar por lo menos un libro al mes.

Ahora escribo cuentos. Anteriormente los ignoré. Yo quería escribir una novela. No me salió. No tenía la preparación. Dos intentos y abandoné las historias. Mejor seguí en la poesía. He perdido la cuenta de mis poemas, sólo sé que no todos los enseñaría, muchos de ellos hoy me dan pena. Algunos si tocan corazones, otros no tanto.

Necesitaba decir más, de una forma más directa, contar esos sucesos que cambiaron mi existencia. Fue revisando mis viejos trabajos de un taller de corrección de estilo, que tomé en la universidad, que descubrí tres cuentos que redacté en aquel entonces. A nueve años de ello los examiné y me sorprendí. No era tan mala. ¿Por qué no me di cuenta antes?

Estoy fascinada con los cuentos. Me encanta decir brevemente aquello que tengo que contar. Han surgido grandes historias. No todas buenas, lo acepto –aunque tampoco son malas–. Muchas de ellas surgieron de hechos reales y les moldeé, recreé la realidad. Son tantas las situaciones que piden y exigen ser contadas cuando funjo como testigo de ellas. Por ello busco la manera correcta de narrarlas.

Y aquí estoy en este café junto a ti. Te necesitaba cerca, decirte todo esto, contar contigo. Gracias por permanecer aquí hasta el fin de esta narración, la cual no tengo idea de cómo clasificar: carta, reflexión, cuento, ensayo. Tal vez sólo sea anhelo y deseos escritos. Tal vez no sea nada. Sólo sé que he gozado desde el fondo de mi corazón estos instantes.

Una hora ha transcurrido y me sorprendo de todo lo dicho. Ya eras especial cuando te vi. En este momento lo eres más. Llevas una parte muy importante de mí.

Disculpa la letra. Sé que escribo horroroso –en el sentido físico de la elaboración de letras–. Mis grafías son un verdadero rompecabezas. Mi letra siempre fue fea a pesar de los mil ejercicios de caligrafía, que los maestros se empeñaban en que hiciera. Fue en vano tanta tarea sobre ese asunto. En la secundaria tenía letra de hormiga. Extremadamente chiquita. Luego observé a un compañero escribir sólo con mayúsculas y me encantó. Lo imité y ve el resultado. Bueno, espero no te importe mucho.

En las primeras líneas te dije que te empezaba a querer. Eso terminó. Ya te quiero, te quiero mucho.

Gracias por ser mi cómplice. Por compartir este café conmigo, por permanecer atento a todo esto que digo, por escucharme, por inspirarme. Gracias por todo, mi hermoso cuaderno a rayas. Este es el comienzo. Aún hay mucho que contar. Recibe en el futuro mis palabras con la misma receptividad de hoy. Sigo escribiendo, no me detengo, ahí voy…

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