Oníricos (cuento)

Por: Alejandra Inclán

 

Mis ojos habituados a la penumbra vieron esa débil y gris luz entrar por la ventana. No era muy de mañana, la tristeza del día debía estar despuntando, acercándose a su mitad. Tal vez 10, tal vez 11. Qué importaba el reloj.

Mi cuerpo quería seguir ahí, descansando, con el fresco del aire que corría y me arrullaba y me conducía a taparme con mis sabanas.

La lluvia sonaba hermosa, aún cuando no la veía me imaginaba distinguiéndola desde el firmamento que mi patio deja entre ver. A lo lejos un árbol de mango meciéndose por los vientos, rociado a cada momento por el agua. Esa agua que siempre me ha hipnotizado cuando duermo y que no me deja ir temprano al trabajo en mis días laborales. Más cerca, una tímida vegetación crece en el techo de mi baño, el cual se encuentra en la parte de fuera. La humedad, lo viejo del material con que fue construido y la falta de mantenimiento, permitía que algunas raíces de plantas nacidas del moho, sobrevivieran aún en los tiempos más inclementes de calor. Podría parecer dejadez el no arrancarlas, impermeabilizar y pintar ese pequeño techo, pero no era así. Eso que para muchos es hierba, es mi jardín.

Mis ojos semiabiertos se acostumbran a la luz y así me vuelvo a dormir. Sueño. La noción de tiempo se pierde y me sumerjo al universo onírico disfrutando los símbolos que delante de mí aparecen.

El hambre me despierta. Quiero seguir en la cama. La lluvia continua y con desgana me levanto estirándome. ¿Cuánto he dormido? Qué importa. Busco algo para comer, encuentro fruta y la degusto. Salgo al patio y veo  lo que antes me imagine: la lluvia, el árbol, mi jardín… Me deleito de ello y busco la cama de nuevo. Duermo.

De nueva cuenta el hambre es la enemiga de mis alucinaciones oníricas y regreso a la realidad. Ya no hay nada para comer, creo. Reviso mi cartera. Los pesos suficientes para el sustento del día. Busco una ropa ligera, de color negro, que represente esa oscuridad en la que quiero seguir. Mi piel blanca y tersa contrasta con el negro. Salgo, me mojo, no llevo paraguas, me gusta mojarme algunas veces. Entro  a la tienda de doña Juanita. Un par de huevos, un refresco, queso, frijoles y tortillas. Eso para mí es buena nutrición.

Regreso a casa. Me siento segura. La claridad que hay fuera de mis cuatro paredes despeja mi mente y no es lo que deseo, quiero seguir entregada al culto del sueño. No es por flojera, es por todo aquello ahí veo. Sueños buenos o malos. No sé. Sólo sé que ahí hay grandes claves y enigmas que intento desvelar.

Preparo mi comida. Como mientras escucho las poesías de la película “El lado oscuro del corazón”. Termino y me vuelvo a meter a la cama. El sueño ha huido. Tomo un libro. Leo por un par de horas hasta que el sueño regresa. El libro cae y otra vez me veo en vuelta en esa niebla tan densa  y mágica que aparece cuando cierro mis ojos.

Sueño. Claro que sueño. Pero no se los contaré, ya luego… Estoy tan entregada a Morfeo que estás líneas se han ido escribiendo por intervalos, sólo para no olvidar que entre cada dormir y despertad hay un puente que no me permite ir del todo hacia un lado o hacia al otro. Todo lo percibo diferente. En este día todo es sueño.

La lluvia ha cesado y me da tristeza. Mi cuerpo ha dejado de sentir ese escalofrío que su humedad me brinda, y que tanto hace vibrar mis fibras.

En mi último despertar todo está a oscuras. El día se ha ido. Aún debe haber leche por algún lado y algo de cereal en esa caja vieja que por meses no he agarrado. Sí hay leche. El cereal milagrosamente no está invadido de hormigas y sigue estando en buen estado.

Luego de comer busco un libro. Mi mente ha descansado lo suficiente. También mi espíritu. No hay más sueños que perseguir. La realidad es y la acepto. Me entrego a los conocimientos, a las reflexiones y leo y leo.

Y regresa el sueño y la lluvia también. Apago las luces y con nostalgia me acuesto. Mi siguiente despertar será para ir al trabajo. A la cotidianeidad. A soportar a todos aquellos de los que me quise aislar.

Que lástima. Termina mi descanso. Termina mi domingo. Es lunes, ya he parado de soñar.

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