Me da miedo (poema)

Por: Alejandra Inclán

 

Me da miedo  te acostumbres a mi presencia,

a que deje de ser novedad

y me vuelva parte de tu rutina…

 

Es extraño,

apenas hemos cruzado palabras

y pienso que podría amarte tanto.

No por tu belleza,

sino por la grandeza que despides

cuando me dices algo.

 

Nos ha hecho falta el roce,

apenas y nos miramos por esa tímida y cruel ventana.

Hablas de ti y de tu vida

como si me conocieras desde hace décadas,

y apenas han sido un par de días, o tal vez dos semanas.

Disculpa, no llevo la cuenta,

no me gusta hacerlo,

así no regreso las páginas,

ni siento impotencia por el tan corto tiempo.

 

¿Recuerdas aquel beso?

No, cómo vas a recordarlo,

si apenas lo imaginé.

Ese beso es parte de los recuerdos,

que a veces construyo y me adueño,

invitándote a participar, aunque realmente no estás.

 

¿Recuerdas mi última curiosidad sobre ti?

Esa sí la tienes recordar,

porque te la dije,

te la escribí,

te la hice llegar

y con mi alma

y corazón te la remití.

 

Fue con ella que sentí miedo,

de que las próximas palabras que te dedicara

no te tocaran.

 

¿Sabes cómo construyo las cosas que te digo?

Las siento primero, luego las descodifico en mi mente,

para que esta le dé la orden a mi mano

de traducirlas a lenguaje puro y acariciante,

que busca encontrarse con tus ojos,

para que sean el puente que hará llegar mi mensaje

a tu pensamiento

y luego a las sensaciones de tu alma y cuerpo.

 

¿Crees que sea una atrevida por decirte esto?

No, no lo crees, poco sé de ti,

pero te fascina que te escriba.

Perdona mi soberbia,

no me sale con insana seguridad,

sino porque me sonrojas cuando un halago te hago llegar,

y tú me dices más.

 

Por eso suspiro y temo a que te acostumbres a mi presencia,

a que deje de ser novedad

y me convierta en algo peor que la rutina…

en el hastío que conduce al olvido.

 

¿Crees que estoy enamorada?

No me gusta esa palabra,

me da miedo, porque muchos se suelen engañar

y creen amar cuando sólo es una reacción química

la que está instalada en su cuerpo.

Perdona la frialdad de esta explicación,

los maestros de biología influyeron mucho en mí.

 

Sólo sé que me gusta conversar contigo

y vibro con tus  letras hechas voz,

con la libertad que manifiestas y que tanto te costó.

Con esa forma casi atrevida de insinuar que te gusto.

 

¿Sí te gusto, verdad?

No me lo digas,

guárdalo para cuando crucemos esa ventana

y salgamos de nuestro rito,

y por fin, fuera de ese espacio  me sonrías,

y yo tiemble para saber en verdad cuánto puedo quererte.

 

Me da miedo, pero creo que me atreveré a quererte.

Voy a quererte.

 

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