La otra (cuento)

Por: Alejandra Inclán

 

–Ella luce más que yo, ¿verdad? –me preguntó con un  dejo de tristeza. Yo con un nudo en la garganta, viéndole sus hermosos ojos hinchados por el cansancio, por luchar y aun así seguía sintiéndose ignorada.

–Entiendo tu dolor. No es que ella luzca más que tú, es que ella es el fin último de mi existencia y todas mis partes viven pensando y temblando por ella, porque tarde o temprano ha de besarnos y arrebatarnos de ti que eres nuestra estrella.

Un par de lágrimas brotaron, su carita como el de una niña haciendo pucheros quería sollozar y ser querida, ser apreciada y valorada. Sin embargo, la realidad es que he vivido en el pasado, he vivido en el futuro, y he perdido mi presente que es ella. Es tanto lo oscuro de mi porvenir, que sólo aquella otra era mi única certeza, mi única realidad determinante. No sabía cómo consolarla, no sabía cómo abrazarla, cómo amarla.

–Abrázame– me pidió suplicante. Lo hice sintiendo que mis miedos se extinguían, que por siempre conmigo estaría, para mí y todos los demás a quienes quería. No puedo negarlo, la amo.  Pero la otra aparecerá y nos tendremos que separar. ¡Lo siento tanto!

–Quisiera haber aprendido a disfrutarte más, a haberte amado como cuando era un niño pequeño y que tú y yo bailábamos al compás de los ritmos que el presente nos iba poniendo. Mas crecí y llegaron las preocupaciones, llegaron las culpas y mi corazón desapareció y se trasladó en el no tiempo, donde apenas fuiste un recuerdo.

–Si vuelves a verme espero me ames intensamente hasta el último momento, espero me ames ahora que ella se acerca y que no te dará tregua. Bésame y entrégame tus preciosos minutos para ganar tiempo. No quiero dejarte con ella. Quiero darte otra oportunidad, quiero que vuelvas a  sonreír, mas es tarde, ella llega y te tienes que ir.

Y la besé como nunca en mi vida, le disfruté, le acaricié y le entregué lo mejor que tenía en esos momentos: mi tiempo. En ese abrazo mutuo no queríamos separarnos, fue cuando me percaté que la otra nos estaba viendo, asechando, como burlándose. El contraste entre  las dos era grande: mi amada con su vestido blanco y ese olor tan cercano al del Edén, y la otra con un vestido negro y ese olor de dulce putrefacción.

La otra se acercó imprudente interrumpiéndonos, sin pudor, como arpía reclamando lo suyo. Yo… ya era suyo. Puso su mano en mi hombro y dijo:

–Has dicho mucho adiós. ¡Suéltala! Eres mío. Podría ser más piadosa, pero por todo lo que has vivido y como lo has vivido no mereces mi compasión, no la mereces a ella, no mereces sus lágrimas, suéltale ya y ven conmigo.

Lloré, y mientras lo hacía la otra nos separó, me tomó entre sus brazos y me besó. La Vida me decía adiós y en silencio guardó la esperanza de que en otra existencia la amara siempre en presente. La Muerte me deslumbró y con su beso olvidé quien soy.  ¡He muerto! He muerto hoy…

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