En mi pueblo no pasa nada (cuento)

Por: Alejandra Inclán

 

A Elvia, que en su

pueblo no pasa nada…

 

En mi pueblo no pasa nada, excepto  que se muere la gente.

He pasado años en exilio. Alejada de ese lugar. Buscando la modernidad. Huyendo de la superstición y las costumbres. Buscando progresar. Ser alguien y no terminar como los demás: casada y llena de “chamacos”. No, no nací para eso. Aunque mi madre le duela no ser abuela por mi parte. Debería resignarse, al fin al cabo, mis hermanos si le han dado nietos. ¡Ay, pero ellos no entienden! A sus ojos sigo siendo la quedada.

Andaba de viaje y pasar por ahí. Sí, fue una visita forzada. Pretexté que necesitaba descansar. La verdad es que tenía curiosidad. Poco había cambiado el lugar. Las calles igual de polvorientas, la gente igual de chismosa. Apenas tomé la calle principal y vieron las luces de mi coche, en todas las casas donde aparentemente debían estar descansando, la gente encendió sus luces para divisar al vehículo que estaba robando la quietud de la noche, que sólo se perturba ahí por las ánimas que aún no han encontrado su camino al más allá.

Llegué al frente de mi casa, mejor dicho, la casa de mi mamá. Era media noche. Tarde en bajar. Los perros que me seguían desde que entré al pueblo aún no dejaban de ladrar y estar detrás del coche. Vaya que eran estúpidos esos animales. Me alcanzaron y no sabían si morder o no los neumáticos. Tontos no son, sino lo hubieran hecho.

Apagué todas las luces. Se apagaron los ladridos. Busqué en mi bolsa las llaves. Sí, aún conservaba las llaves de aquel lugar. Bajé. La luz del patio estaba prendida, así que no me tuve que esforzar por encontrar el orificio del candado del portón. Pero hubo una contrariedad. No era el mismo candado. Contemplé treparme y pasar así al patio, como lo hiciera en mi infancia. Desistí, a mis 33 años ya no estaba para ello. Iba a comenzar con mis gritos cuando mi mamá abrió la puerta de la casa. <<¿Quién es?>>. <<Yo mamá>>, le contesté.

–¡No era mentira! ¡Aquí estás! –me dijo.

–Ábreme, anda –le pedí y corrió al portón con las llaves en la mano, como si me hubiera estado esperando.

Se podría decir que me hubiera gustado que me diera un abrazo y un beso, pero ni entre mujeres se acostumbran esas cosas en el pueblo. El contacto físico sólo es para los enamorados, y a lo mucho es tomarse de las manos y un beso de despedida, y supervisados por los adultos. No entendía como mis hermanos y yo habíamos llegado al mundo.

Dentro de la casa vi que todo seguía igual. Me imaginé que el baño también, así que contuve las ganas que traía, y decidí a esperar un poco más, para habituarme a estar nuevamente ahí y recordar las precariedades con que nací.

–Tu papá vino a decirme en sueños “¡ábrele el portón a tu hija!” Y me desperté. Por eso salí en seguida –me dijo mi mamá.

–No se le quita esa maña de hablar con los muertos mamá.

–Cómo me la voy a quitar si ellos solos se me aparecen.

–¡Ay ama! Mejor dígame que tiene de nuevo para platicarme.

Fue un error decirle eso. Pretendía descansar y mi madre me abrumó con las historias de todos los que se han ido, de todos los adultos que conocí, las personas de mi edad con las que conviví y los hijos de ellos de los cuales pocos conocí. Desde los 15 años me largué para trabajar y estudiar en la ciudad más cercana. Desde aquel entonces era la tercera vez que volvía a pisar esas tierras. Todas mis amigas desde los 12 y trece años se empezaron a  juntar y casar. Hacer eso nunca fue para mí.

A mi mamá siempre le ha encantado hablar de muertos. La última vez que me visitó en la ciudad junto con mis hermanos y sobrinos, me hizo lo mismo: darme la lista. Pero esta vez sí me abrumó. El pueblo cada día estaba más vacío por los muchos jóvenes que se van al norte a trabajar. Pocos eran los que quedaban. Y si les restaba el último inventario que mi mamá terminó de recitarme hasta las 4 de la madrugada, la cosa estaba crítica.

A punto estuve de interrumpirla cuando ella sola dijo: <<¡Tienes que dormir!>>

Sólo descansé hasta las 6 de la mañana. No quería llegar tarde a mi destino, me faltaban 5 horas más de camino.

Clásico, mi mamá ya estaba parada preparando el desayuno. Podría jurar que ni durmió. Aun así se veía fresca y sin sueño. En cambio yo me veía demacrada de la cara. Me bañé y luego comí. Antes de irme mi mamá me dio las mil recomendaciones y me preguntó si no iba a pasar a ver a mis hermanos. Le dije que no, que me daría tiempo de regreso para pasar con más tranquilidad. Me echó la bendición y contra su voluntad la abracé y le di un beso en la mejilla. No dijo más que: <<Adiós hija>>.

Quería acelerar y huir de ahí. No lo hice, me fui despacio, así como entré. Conozco mi pueblo y todos caminan en medio de las calles, las bicicletas abundan y no sabes cuándo un borracho trepado en ella te va a salir sin previo aviso.

Pensé en pasar a ver a una amiga de mi infancia. Jacinta. Ella nunca me escuchó, le gustaba mucho el pueblo y Julián. No paró hasta casarse con él. Ya  me iba a desviar hacia su casa cuando pasé por una casa de palma, y vi en el patio frente a ella a doña Sofía, barriendo las hojas del árbol de aguacate.

–¡Doña Sofía! –le dije sin bajarme del coche.

–¡Mande! –contestó sorprendida

–¿No se acuerda de mí?, la más aplicada de la doctrina –diciendo esto se acercó un poco y me miró con curiosidad. Segundos más tarde el rostro se le iluminó.

–¡Ah, mija, cómo no! Eras la única que distinguía a la Magdalena de María, los demás no daban una.

–¿Cómo ha estado? –al preguntarle me cuestioné el cómo era posible que siguiera viva, y se viera como a sus sesenta años, cuando me dio clases de catecismo. Debía tener como más de 80 años.

–Bien hija. Viniste al panteón.

–No doña Sofía, pasé a dormir a la casa de mi madre.

–Ah, ¿no te ha dicho?

–¿Decirme qué?

–Olvídalo hija, mejor vete pronto de aquí.

–¿Por qué doña Sofía?

–Porque aquí sólo quedan los perros y puros muertos.

–Sí… mi mamá me dio la lista.

–Pues entonces ni vayas al panteón, porque va a crecer. Tu madre hace un par de años que no la renueva.

–No le entiendo.

–Mejor anda y vete, que te acompañe el Señor.

Me puse en marcha sin decir adiós. Qué extraña estaba doña Sofía. La busqué por el espejo retrovisor. Se había metido a su casa. Aunque… si así había sido, fue muy rápido para alguien de su edad.

Decidí ya no ver a Jacinta. Tal vez se le había muerto otro crio al nacer como los dos últimos, según me contó mi mamá. Me había cansado de oír hablar de pura muerte.

Llegué a la salida. Pasé por la entrada al panteón. Éste estaba a 10 metros más hacia dentro, en un terreno plano y visible, cercado con alambre de púas. Vi las cruces que la noche no me permitió ver. La cantidad no me sorprendió tanto como el letrero al inicio del camino: <<Trate de no morirse, aquí no cabe ni uno más>>.

Me orillé tentada a acercarme. Me detuvo una cruz en el borde del camino, con una humilde placa que decía: <<Aquí murió la familia Cruz en 1999>>.  Mi familia es Cruz. Y en el pueblo sólo había dos familias Cruz. Era 2001, hacía dos años de eso y de la visita que me hicieron… Me quedé pensativa y reflexioné en lo extraño que fue no ver movimiento en el pueblo. Ahí todos madrugan y se ve a los hombres yendo a sus parcelas, o las señoras haciendo quehacer, los niños corriendo. En todo el recorrido únicamente vi a doña Sofía.  Quise regresarme para despejar las dudas que me estaban naciendo, que más que dudas eran una certeza. Me contuve y me dije: <<Mejor me voy, no quiero morir todavía>>. Y puse en marcha el coche sin mirar atrás.

Y no volví al pueblo en toda mi vida, que terminó justo cuando la carretera veía…

 

Cementerio_general_Patio_antiguo

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. J. Valente Soriano dice:

    Me gustó tú estilo, realismo con descripciones sencillas de gente de a pie, de las cuales suena muy natural la cotidianiedad.
    Una prosa bastante interesante y entretenida.

    Le gusta a 1 persona

    1. Gracias por leer y por tu comentario, me sirve para crecer como escritora.

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