Me quiero morir (cuento)

Por: Alejandra Inclán

 

Me quiero morir… Es la primera expresión que digo cuando me levanto y la última al acostarme. Y no, no es un deseo mío. Es el deseo de ella. El deseo desesperado que me transmitió aquel día de mi operación. Ese encuentro me cambió. Cada día que pasa estoy más marchita. Desolada. Angustiada. Con ansias reales de morir.

Operarme. Una simple y sencilla intervención quirúrgica, para poder volver a respirar con normalidad. Mi tabique estaba desviado, obstruido. Mi respiración forzada por la boca, ya me había causado múltiples infecciones en la garganta. La cantidad de antibióticos consumidos en el año estaban acabando con mi salud. Me quitaban las infecciones, mas mi estómago, mi hígado y mis riñones, ya no soportaban tantas medicinas.

Me arriesgué a solicitar los servicios del Instituto Mexicano del Seguro Social. Entre convencer al médico familiar y los trámites burocráticos para poder ser admitida por un especialista, pasaron cerca de dos meses. Había pasado años con el defecto en mi nariz, así que podía esperar lo menos. Sólo quedaba el pequeño gran detalle: que el otorrinolaringólogo me pusiera como candidata a cirugía.

Pasé por cuatro citas con el especialista antes de que me dijera que podía ser operada. Una por semana. Luego vinieron los rigurosos análisis, radiografías y pruebas de anestesia. Desde mi primera cita con mi médico familiar a la programación de la intervención, pasaron cinco meses.

En ese lapso muchas amistades estaban realmente asustadas por mí. En cambio yo estaba serena. ¿Por qué asustarme de una operación? No era a corazón abierto, ni nada tan arriesgado. Había peligros, pero ninguno de los que desquiciadamente me comentaron mis amigas. No, el verdadero peligro fue encontrarme con ella…

Supe de su existencia por una amiga, que la tuvo por vecina. Una pobre telefonista que estaba en coma, en el mismo hospital donde yo estaba acudiendo. Hace unos 10 años, aquella mujer que pasaba muchas horas con el auricular pegado a su oído, tuvo un daño en su tímpano por la exposición continua al sonido. El procedimiento que iba a ser practicado en ella que era muy sencillo. Ponerle una especie de injerto en la perforación que tenía. Sólo un par de horas. Algo de rutina medica… Y una mano que torpemente o por accidente, hizo penetrar el instrumental más allá de la zona de operación, tocando un nervio cerebral que la dejó en coma.

Viva y muerta a la vez. Sola. Con los ojos cerrados. Respirando por sí misma, pero sobreviviendo de sueros, medicinas y de los cuidados de su madre.

Es la única paciente de ese hospital del Seguro Social, que ha permanecido tanto tiempo, la cual han querido sacar, porque al estar dada de baja como trabajadora y no haber un patrón que pague al IMSS, abogan que ya no debe permanecer ahí. Sin embargo, su madre ha sabido defenderla, pues el error fue de ellos y legalmente deben hacerse cargo. El  médico nunca recibió castigo. Únicamente fue transferido. <<Al menos que paguen cuidándola y dándole sus medicinas, estando atentos, porque yo no puedo estar las 24 horas aquí. Aún tengo fe que se levante un día, tengo fe>>. Declaró la mamá de la telefonista al periódico “La Palabra Que Vale”, hace un par de años cuando el caso volvió a ser mediático, por la necedad de IMSS de librarse de ella.

Aún con esa historia yo carecía de miedo. Al no tener familia y vivir sola, tuve que recurrir a una amiga para que me acompañara el día que me programaron. Todo fue muy rápido. Pasamos, me dieron una bata, me vestí con ella y luego me vendaron los pies. Andaba en tenis y me los puse y posé con ese atuendo para una foto. Saray y yo reíamos. Ella estaba más nerviosa que yo.

Llegó una de las doctoras por mí, <<Es hora>>, le dije a Saray y caminamos rumbo al quirófano. Pasamos por donde estaban unos estudiantes de medicina que recibían instrucciones de un médico. Cuando los vi dije en voz alta a Saray: <<Mira, que importante soy que hasta tengo comité de bienvenida>>. Ni el doctor en jefe puedo aguantar la risa. Siempre fui graciosa y desinhibida para hacer chistes espontáneos.

No avanzamos mucho y una camilla me esperaba. Le indicaron a Saray que hasta ahí podía llegar y que en ese mismo lugar me vendría a buscar. Le dije que se fuera a comer unas picadas y que no se preocupara. Me subí a la camilla, me quité los tenis y levanté la mano diciéndole adiós a los estudiantes y ellos me respondieron con risas y entusiasmo. El camillero también reía, me dijo:

–A mira, una paciente con fans, eso es raro, bueno, es raro ver que alguien entra tan entusiasta al quirófano.

–Si es inevitable, para que sufrir, sólo es el tabique de la nariz, es algo sencillo.

–Sí,  es sencillo, pero toda operación lleva un riesgo –me contestó y recordé a la telefonista, mi sonrisa se disipó.

El camillero me colocó en zona de espera y se acercaron los anestesiólogos a hacerme mil preguntas. Respondí. También uno de los otorrinos se acercó y me preguntó un par de cosas. Luego de ello me dejaron unos minutos sola, con otros pacientes que también esperaban ser operados de diversas dolencias. El camillero se acercó.

–Oh, ¿qué pasó?, ¿ya no sonríe? –me dijo devolviéndome con ello la sonrisa a mis labios.

–Ah, es que pensaba.

–¿Qué pensaba?

–En que… si sigue aquí la telefonista que estaba en coma.

Por toda respuesta sólo hizo un movimiento de cabeza poniendo un semblante serio. Comprendí que no era algo que se pudiera hablar tan abiertamente en ese lugar.

–Por eso le dije que por muy sencilla toda operación tiene riesgos –me dijo en voz baja.

Asentí. En ese momento le dieron la orden de pasarme al quirófano. Me condujo diciéndome que estuviera tranquila. <<Lo estoy>>, le dije sin quitar mi sonrisa, una sonrisa que sería de la última que tendría en mucho tiempo.

Entramos. Me esperaba todo el equipo. Me dijeron como sería la aplicación de la anestesia, que la intervención seria de unas dos horas aproximadamente, que despertaría en la zona de recuperación, que no me olvidara respirar por la boca, porque mi nariz estaría taponeada. Di por entendido todo y empezaron ponerme la anestesia.

Mis ojos se hacían más y más pesados. Por un momento los cerré por un tiempo que consideré largo, y los abrí rápidamente ante las voces lejanas que escuchaba y acerté a decir: <<Todavía no termino de dormirme, aún no empiecen>>. Se dibujó una sonrisa a través del cubre bocas de uno de los doctores. Volví cerrar los ojos para despertar a un mundo del que mucho leí y que nunca creí experimentar. No intuí tropezar con el de esa manera, ni encontrarme con ella ahí.

Todo parecía real. Extrañamente real y abstracto a la vez. Sin duda estaba en un hospital. Lo que no sabía si en el mismo hospital donde me operaban. Veía lo que pasaba y nadie me veía. Traía la bata puesta y las piernas vendadas. ¿Qué hacía ahí? En qué lugar me había despertado. Toqué instintivamente mi nariz. Todo parecía, ¿normal? No, nada era normal. Al tocarme me sentí diferente, como si no fuera yo, como si no fuera un cuerpo, al menos no uno de carne y hueso. Me desdoblé astralmente…

Caminé unos pasos y vi un cuarto con la puerta semiabierta, me asomé y vi a una señora cuidando a una enferma. Algo me retuvo, miraba y miraba. La señora volteó. Parecía que me había visto. Hizo un gesto de extrañeza y volvía a ver a la persona en la cama. Me asusté un poco, mas nada comparado cuando escuché retumbar en mi cabeza una voz que me dijo: <<Me busca a mí>>.

Volteé sintiendo un viento helado recorrer mi ser. Estuve al borde de un colapso. De repente me fui por unos instantes. Oí unas voces que decían que mis pulsaciones se habían acelerado muy repentinamente. Escuché ajetreo en todo mí alrededor, mientras sólo veía negro. De repente volví a percibir luz y la vi a ella.

Le observé. Mi boca estaba abierta. Intenté decir algo. No pude. Me aquieté y después de un tiempo que no pude determinar, logré decir algo.

– ¿Quién eres tú?… ¿Tú eres ella? –dije señalando hacia la habitación detrás de mí.

Movió su cabeza afirmativamente. Sus ojos estaban fijos a los míos. Veía su tristeza. Su impotencia.

–¿Tú eres la telefonista?

Nuevamente movió su cabeza para decirme <<Sí>>. Sentí miedo y ganas de llorar.

–Háblame… si quieres yo le puedo dar un mensaje a tu mamá cuando despierte de mi operación.

No dijo nada.

–Di algo. No sé por cuánto tiempo siga anestesiada, no creo poder volver después para ayudarte.

Silencio.

–Siento mucho esto que te pasó. No es justo. En serio lo siento. Si pudiera hacer algo.

Entonces cimbró mi cabeza y le oí: <<¡Me quiero morir!>>. Fue como si penetrara en mi interior para hablarme. Los labios de su cuerpo astral ni siquiera se movían. Sus palabras eran como la vibración directa y demasiado cercana de un gong  Me volvió a costar reponerme, seguir la… ¿conversación?

–No puedo ayudarte con ello. No puedo ayudarte a morir. Nadie puede ayudarte sin verse afectado. La Eutanasia no es permitida. Ya sea que lo hiciera yo, tu mamá o alguien más, esa persona terminaría en prisión.

<<Yo estoy en una prisión, ¡me quiero morir!>>, dijo de la misma forma, zarandeando mi ser. Me senté en el suelo. Oírla de esa manera me afectaba el sentido del equilibrio. Mis tímpanos parecían que iban a reventar. Levanté la vista y vi lágrimas en sus ojos. <<¡Me quiero morir!>>, volvió a decir y no soporté más. Me terminé de derrumbar. Volví a ver negro. Antes de perderme en la inconsciencia total, escuché gritar a alguien detrás de la puerta de la habitación. Debía ser su mamá. Creo haber entendido que dijo a los gritos: <<¡Está llorando, está llorando!>>.

Me perdí. Abrí los ojos con un gran sobresalto. Intente respirar. Algo me obstruía. Una señora de blanco corrió hacia mí. Empecé a toser y a escupir sangre. La señora me decía: <<Cálmese, respire por la boca, cálmese>>. Regresé a la inconsciencia. No supe de mí. Cuando desperté abrí mis ojos y dije: <<Me quiero morir>>, y lloré.

Nadie me escuchó. Una enfermera se acercó. Supuse que era la misma que vi en mi sobresalto. <<Estará mejor, que gran susto nos pegó. Unos minutos más y la revisará el doctor y determinará si puede darle el alta>>.

Mis lágrimas salían de manera serena, pero tristes. El doctor me revisó de manera fría. Dio el alta y el camillero procedió a llevarme a donde abordé la camilla, previo a la operación. Me miraba y me dijo: <<Ya no la veo tan alegre como cuando llegó, anímese, todo salió bien>>. Sin fuerzas sólo musité: <<Me quiero morir>>. No entendió lo que dije y siguió con su sonrisa.

Saray me esperaba. Sonreía. Bajé con cuidado y la abracé. <<Todo salió bien, tranquila, me dijeron que tuviste como un ataque, pero todo está bien, no fue de gran cuidado>>. No quería soltarla. Tenía miedo. Iba a decirle algo y de mis labios salió esa maldita frase: <<Me quiero morir>>. <<Ay, tranquila, no digas eso, ya pasó todo, te quiero mucho>>.

Caminamos y me vestí en uno de los baños. Camino a la salida me contó que escuchó decir en los pasillos que una mujer que estaba en coma empezó a llorar, que luego de muchos años mostraba señal de estar viva.

Me estremecí y no le dije nada. Sólo quería llegar a la casa. Me mantuve en silencio. Con señas alegué que era por el dolor. Saray me creyó y ella me contó lo que hizo en la espera. Mas yo no oía. La veía en todo. Veía a la telefonista.

Por la noche sudé frío. Mi temperatura subió enormemente. Saray se debatía entre llamar una ambulancia o no. No podía dormir. Me dio una especie de hipo y no podía respirar. Quería vomitar y por toda palabra sólo podía decir: <<Me quiero morir>>.

Logré conciliar el sueño. Mi amiga pasó toda la noche en vela. Soñé con ella, con la telefonista y con gran sobresalto al despertar grité: <<¡Me quiero morir!>>

Mi recuperación fue lenta –si es que puedo decir que me recuperé–. Luego de dos semanas volví al trabajo. Ni el calor del día me cobijaba. Mi cuerpo se sentía quebrantado. Pesado. Incapacitado para moverse.

Vi doctores, me realicé análisis y nada. Supuestamente no tenía nada. Hasta que un día me desmayé en la calle y no supe de mí hasta que me vi en una sala de emergencias.

No volví a trabajar. Nunca más.

Después del día de mi operación perdí mi alegría. Mi sonrisa. Mis ánimos de vivir. No podía controlar el impulso de decir esas palabras: <<Me quiero morir>>. Era lo último que decía antes de dormir y lo primero al despertar. Y en sueños la veía. Ella, cada día lucía más repuesta y yo más debilitada. Deteriorada.

La telefonista estaba sanando. Al mes de nuestro encuentro abrió los ojos. Hoy a casi un año de ello puede hacer algunos movimientos. Lo supe por el periódico “La Palabra Que Vale”. Ella volvería a vivir y yo terminaría muriendo. Porque absorbí su deseo. Porque lo saco de ella y lo metió en mí. Porque durante 10 años ella deseaba morirse y no podía decirlo. Porque ahora la que quería  morir era otra. Yo soy esa otra. De alguna manera tomé su lugar y anidó en mí la desesperación funesta de sentirme muerta en vida. ¡Me quiero morir! Me voy morir.

1514502183629Mensaje para esposa cancer eliminado Facebook 1 portada

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