Vivir a mi lado (Cuento)

Por: Alejandra Inclán

 

Llego a mi casa. Corro a mi cuarto. Mi ropa toda mojada, mostrando lo empapado que está mi corazón por el llanto reprimido durante todo el día. La lluvia suena triste y me causa frío. Sólo eso me faltaba, que mi cuerpo lo experimentara, porque en mi alma está el crudo invierno instalado, haciéndome tiritar, extinguiendo mi última chispa de calor.

Me tiro a la cama y el llanto me gana. Las lágrimas resbalan y con impotencia me digo: «Otra vez, otra vez. Ya no quiero. No es justo. Ya no quiero seguir sufriendo por esto. La quiero…»

Me entrego al dolor. Soy muy sensible. Es algo que en noches como esta detesto. Aún no entiendo en qué momento la perdí. Cuando fue que la dejé escapar. Mi más grande tesoro, a quien tuve que renunciar por su bienestar. Pero no. No lo decidí yo. Fueron las circunstancias. Los designios. El mandato de un orden superior. Mi cobardía. El no saber ser lo que necesitaba. Tal vez Dios. Tal vez el karma. Tal vez yo.

Mi niña dulce. Tanto tiempo estuve lejos y me olvidaste. Dejé que la vida actuara y te llegó el olvido, al grado de no reconocerme cuando nos vimos de nuevo. Tampoco te reconocí en aquellos momentos. Cuando supe quien eras casi me derrumbé. Como pasan los años. Como transforman todo. Hoy eres muy diferente.

La rara mezcla de felicidad y angustia me invadió. Felicidad por volverte a ver. Angustia al preguntarme si me podrías querer…

Sigo llorando en mi habitación y la lluvia sonando. Desde ahí escucho el murmullo de los charcos al ser golpeados con fuerza por el agua. La entrada de mi casa debe estar inundada. El agua pasando por la puerta mojando mi piso, cubriendo y borrando las huellas de mis zapatos llenos de lodo.

La casa es enorme. Mucho espacio para mí. Dos cuartos, la sala y la cocina. Claro, también el patio. No hay nada de particular aquí, sólo el que tú no estás. Tantos años trabajando, veintiuno, y apenas puede adquirirla. Pequeña, pero inmensa por tu ausencia. Porque mientras luchaba por tenerla, soñaba en compartirla contigo. Y no estás. Ni siquiera conoces este recinto, y siento miedo que nunca toquemos el mismo piso. Que nunca compartas mi espacio, el que quise tener para darte mi abrigo.

La casa está tan vacía. Imagino la tuya llena de lujos que carezco, que no podré brindarte. No, no querrías nunca vivir conmigo. Tendrías tantas privaciones, tan poco sustento. Sé que te irías y regresarías a tu comodidad, porque hay cosas que mi amor no puede llenar.

Perdona si pongo sentimientos y acciones en ti. Las estúpidas suposiciones me atormentan, obligándome a callar, a silenciar el absurdo deseo de que te vengas a vivir conmigo.

No quiero levantarme de la cama. Necesito seguir con mi entrega al sufrimiento. Oigo un gato maullando lastimosamente a lo lejos. Se debe estar mojando, buscando un refugio. Sus lamentos hacen empatía con los míos, pues también necesito un albergue para protegerme del llanto que me moja y los sentimientos que hielan mi ser y mi cuerpo.

Me siento en la cama y permanezco así por un minuto. Me pongo de pie y salgo a la sala. Poca ha sido el agua que ha entrado por debajo de la puerta, mis huellas de lodo aún se ven nítidas. Abro mi ventana y el viento deja pasar unas finas gotas de lluvia. Golpean mi cara y se confunden con mis lágrimas. Llamo al gatito y parece contestarme. Mas no lo veo. Lo sigo llamando y no aparece. Abro mi puerta y lo busco. Lo oigo y le llamo. Él sigue en alguna parte, atrapada. De repente se calla. La falta de sus maullidos me hace ver de nuevo cuan deshabitada está mi casa y lo tanto que me haces falta.

Regreso a la cama. Y regresa mi llanto. Mi almohada se moja en abundancia. Mi entrega es total al sufrimiento. De manera inesperada escucho la melodía de Fly me to the moon. Dejo que suene. Es mi celular. La canción avanza y comprendo que alguien está insistente. Me levanto con desgana y voy al viejo mueble donde descansa mi teléfono móvil. Su sonido cesa. No lo quiero revisar. Incongruentemente lo tomo entre mis manos y vuelvo a escuchar Fly me to the moon. El identificador me dice que eres tú. La canción me hace recordar que por ti volaría hasta la luna, o hasta donde mis alas espirituales me dejaran llegar. No espero más. Titubeante y con miedo te contesto.

Apenas iba a decir «Hola», cuando tu efusiva voz me invadió con la palabra que alimenta mi corazón de esperanza y amor, desde la primera vez que te la escuche decir:

–¡Mamá!

–¡Hija! – le digo entre sollozos.

–¿Qué tienes?

–Pensaba en ti. En pedirte perdón otra vez por haberte dado en adopción cuando apenas naciste…

–Mamá. Sabes que te perdoné aún antes de conocerte y que siempre soñé con saber quien eras cuando supe que era adoptada. No sufras más con ello. Hoy estás aquí, apoyándome, aconsejándome y escuchándome. Te amo.

–Yo también te amo. Y no me alcanzará esta vida para recuperar los 18 años que no estuve a tu lado.

Las dos callamos. La lluvia disminuyó y el gato volvió a maullar. Mi voz quiso salir y sin saber cómo, sólo acerté a decir:

–Quiero que vengas a vivir a mi lado…

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