Cubrir hasta las azoteas de sus casas (cuento)

Por: Alejandra Inclán

Hace muchos años, cuando los españoles llegaron a Veracruz y se quedaron a vivir aquí, mezclándose con los pobladores indígenas, crearon la vieja iglesia del Cristo. Frente a esta corría el río Tenoya. Por alguna extraña razón el río parecía estorbarles a los pobladores en la medida que fueron haciéndose más y más. Así que ese río lo entubaron. O sea, lo encerraron, le pusieron concreto y cubrieron. Sin luz del sol, se murió toda su vida en él.

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Con el tiempo se volvió parte de la red de tubos de drenaje. Lo que antes fue un agua cristalina donde los nativos pescaban, desapareció y cayó en el olvido. Ya nadie sabe de su existencia.

Pero la naturaleza es brava y tarde o temprano toma venganza. Así fue que se desató una tormenta en octubre del 2018. El río se despertó y avivó con la lluvia, el cual llenó todas las calles del centro de Veracruz. El Tenoya recordó quien era. Resurgió sobre el concreto, contrariado sin saber qué rumbo tomar para ir al mar, decidió crecer y crecer, ir tan arriba como le fuera permitido, cubrir más allá de las cinturas de los hombres, cubrir hasta las azoteas de sus casas.

Ante su desconocimiento de la modernidad creyó que los coches eran viviendas, así que se llevó a muchos, incluso alguno que otro camión.

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La gente desesperada nadaba buscando salvarse. En vuelto en rencor buscó ahogarles. Lo intentó con una mujer que angustiada buscaba a una niña. «Ya agua, déjame encontrar a mi niña, déjame nadar, si sigo aquí atrapada se morirá». Esas palabras conmovieron al río. Él sabía lo que era estar atrapado y como por ello murieron todos sus peces. «No puedo ser tan cruel como lo fueron conmigo. Ellos no supieron ver mi corazón. Yo sí veo el de ellos. Voy a buscar a esa niña y la voy a salvar», se dijo el río así mismo.

El río movió sus aguas. La niña que se estaba ahogando dentro de él emergió y controlando su corriente la fue acercando a uno de los coches que aún no habían sido cubiertos. «Ahí en la azotea de esa casa estarás a salvo niña, voy a arrastrar a tu mamá para que esté contigo». La niña tosía mientras el río la ponía a salvo. Buscó a la mamá que también se estaba ahogando y la sacó a pesar de su gordura. La llevó con la niña y fue calmando sus aguas.

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La lluvia, intrigada, le preguntó que por qué estaba dejando de lado la oportunidad que le daba para resurgir y reclamar lo que le arrebataron. «Gracias amiga, yo no puedo imitar la crueldad de ellos. Sé que por años has buscado acular la suficiente agua para dejarme salir de nuevo, pero no puedo hacerlo así, no matando como hicieron ellos conmigo».

«No seas tonto, con mi poder tus aguas pueden llegar a tocar hasta la azotea de su torre más alta, aquella que tienen junto al mar. Anda, cúbrelos, se lo merecen», le dijo su antigua amiga.

«No, amiga, por hoy, los perdono. Espero que algún día se den cuenta del error que cometieron y me desentuben, para ser libre sin violencia, sin tener que matarles».

La lluvia no dijo nada y aceptó lo que su amigo le decía, desapareciendo poco a poco. El río dejó de recibir ese alimento y fue regresando a las tuberías del drenaje, aunque sus aguas se llevaron un regalo, las lágrimas de agradecimiento de la madre que abrazaba a su hija, en lo que el río creyó era una azotea.

Por la mañana las calles lucían secas, y todos seguían sin recordar que por la ciudad, pasó alguna vez el río Tenoya.

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