También fui poseída (cuento)

Por: Alejandra Inclán

Basado en hechos reales

No sé si era una obsesión o una inmensa curiosidad. Necesitaba verlo con mis propios ojos. Necesitaba observar y deducir si todos los rumores eran verdad. Necesitaba ver esas supuestas manifestaciones del diablo, las llamadas posesiones diabólicas.  Era tan grande mi ansia de saber que ni siquiera experimentaba el más leve temor. Tenía que presenciar un exorcismo. Sabía que no sería como en las películas. Era una persona muy escéptica, siempre buscando la explicación lógica de las cosas.  Quería la verdad sobre el tema. Y la obtuve…

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Sin compasión por el diablo, la ceremonia que la Iglesia convalida FOTO José Carlo González

Parecía difícil encontrar esto que buscaba. Pero no era así. Tan sólo a una hora de mi ciudad está la famosa iglesia donde se llevaban a cabo estos ritos. Investigué día y hora. Pregunté sin obtener una precisión exacta. Mas era suficiente para emprender la aventura. Incité a mi amigo José a acompañarme. No lo dudó y partimos.

Era un viernes. Llegamos a las dos de la tarde a aquel pueblo, que si no fuera por aquella iglesia, estaría olvidado por completo. Empezaban a llegar personas. Todo estaba acomodado para recibir a los cientos de feligreses que venían de distintas partes del país. Todo el patio de la iglesia estaba lleno de sillas.  José y yo mirábamos con curiosidad, buscando informantes. Alguien pareció leer nuestros pensamientos, fue cuando don Carlos apareció y nos abordó:

─Buenas tardes muchachos, es la primera vez que vienen por acá, ¿verdad? ─nos dijo.

José y yo nos miramos y asentimos.

─¿Qué los trae aquí?

─La curiosidad ─dije sin querer ocultar nuestras verdaderas intenciones.

─Sí. Lo noté. Aunque les suene extraño, es raro quien viene sólo por curiosidad. Por lo regular lo que los trae aquí es la conciencia, las enfermedades, el demonio…

─Eso es lo que queremos ver ─le respondí esperando nos relatara más.

─¿Al demonio? ─preguntó como sorprendido.

─No, a las personas que traen demonios ─le aclaré.

─Es lo mismo ─respondió moviendo su cabeza, como diciendo “sí”. Sólo que no verán al demonio, sentirán y verán su manifestación en un cuerpo humano.

─¿Usted qué es aquí? ─intervino José.

─Yo soy de los asistentes de la iglesia. Sólo soy un viejo plomero de Veracruz, pero un día vine aquí arrepentido de muchas cosas malas. Tenía miedo, mucho miedo de traer a un demonio dentro. Busqué al padre, lejos de testigos, mi alma necesitaba hablarle y tener su consuelo. Me recibió y le dije lo que me abrumaba. Me dijo que no me preocupara, que veía dentro de mí y que no tenía ninguna presencia demoniaca, sólo una serie de pecados que él me estaba perdonando en ese momento. Me bendijo y me preguntó si quería hacer penitencia sirviendo en la iglesia, los viernes, que es cuando más se necesita. Que con ello me iría librando cada vez más de mi carga. Y así fue.

Miré a don Carlos, sus ojos eran profundos y denotaban paz, así como una tribulación pasada que emergió con lo que nos relató. Su cabello y bigotes canosos nos mostraban una edad de cerca de sesenta años. Sin embargo, su cuerpo era fuerte, tanto que podría jurar que tenía más fuerza que José y yo juntos.

─¿Qué fue aquello “malo” que usted hizo? ─pregunté sin contemplaciones. José me lanzó una mirada recriminatoria.

─Brujería ─contestó don Carlos sin vacilar─. Nunca, nunca jueguen con eso. Hoy los trae la curiosidad aquí. En cierto punto es bueno, porque en este lugar pueden aprender la fe. Aunque veo que no son muy creyentes, intenten ser parte de los rituales que habrá hoy, se sentirán mejor y aliviaran a su corazón de toda carga.

─¿Cuáles son esos rituales? ─quise saber.

─En un rato más será el Rosario, a las tres y cuarto. Se termina como a las cuatro. De ahí a las cinco comenzará la misa. El padre saldrá y dará tres enseñanzas, que más que enseñanzas son advertencias. Una sobre las falsas religiones o sectas, de ahí sobre la seducción de los ídolos y manifestaciones satánicas en el mudo moderno, y por último el perdón.

─¿Falsas religiones? Me imagino que todas las protestantes.

─No, no todas las religiones protestantes. Es muy específico en ello. Pero no les diré, ustedes lo escucharán en la misa ─sonrió dejándonos la duda.

─¿Después de ello vienen los exorcismos? ─preguntó José.

─No, antes de ello el padre anunciará la llegada de alguien y cuando ese alguien se manifieste él dirá una oración en latín y arameo, con la cual sanará el alma de aquellos que lo necesiten ─puntualizó don Carlos.

─¿Qué pasa durante ese “rezo”? ─pregunté.

─Es en ese momento, cuando los demonios más fuertes y que han soportado toda la tarde en este lugar sagrado, se manifestarán a flor de piel en los endemoniados, y pegarán de alaridos. Algo tan escabroso, que nunca se ha podido reflejar en las películas. Los que servimos aquí en la iglesia es cuando estamos más atentos, dispersos por todos los lugares, para someterlos en ese instante que es de gran debilidad para ellos. Primero los localizamos y luego los vamos llevando a la parte de atrás de la iglesia, dónde los amarramos con vendas a las bancas. No se le permite a nadie más estar ahí. Sólo los asistentes y los familiares de los posesos.

Me sentí decepcionada, entonces, si ni José ni yo resultábamos “endemoniados”, no podríamos ver los exorcismos. Don Carlos emitió una sonrisa de complicidad, como si me hubiera leído la mente y me dijo:

─Sí los verás, yo te dejaré entrar. Los dejaré entrar.

No supimos como tomar aquello. ¿Nos dejaría estar ahí porque le habíamos caído bien o por qué había visto algún “demonio” en nuestro interior? Para un par de almas escépticas como las nuestras, aquello nos dejó sin aliento y con un hilito de miedo que hasta esos instantes no habíamos tenido. Don Carlos seguía sonriendo como saboreando nuestras reacciones y continuó.

─No crean que sólo esas manifestaciones tan oscuras y adversas se presentan durante la oración de sanación espiritual ─nos siguió contando─. Se ven grandes milagros. Gente que sufre, llora, perdona; que se reconcilian con aquellos a quienes lastimaron, con sus muertos, consigo mismos. Pareciera un acto de tristeza sus expresiones, pero es el primer paso para restaurar su alegría y poder tocar la felicidad.

─Se oye interesante ─dijo José.

─Sí, bastante ─dije─. ¿Es posible que tome fotos de todo esto que menciona?

─Mmmmmmm. Miré, para ello hay que pedirle permiso al padre y justificar el uso de las fotos.  Y una cosa es que el padre les dé permiso y otra que los familiares y las personas retratadas le den permiso. Una vez se tuvo un problema con el periódico “La Palabra Que Vale”, por eso el padre solicita que antes se le pida un permiso especial, justificado por algún medio de comunicación, comprometiéndose a que si las personas retratadas no autorizan publicar las fotos, no lo hagan, o en su defecto borrar el rostro, aunque sea. De todas formas, lo que más les interesa no sale en las fotos…

─¿Cómo que no sale? ─pregunté con un dejo de desconfianza.

─Así como lo oye. Cuando han retratado durante la misa de liberación o de exorcismo, las fotografías salen como veladas, en los videos salen como rayas. Como si una fuerza magnética las arruinara. Y sí, es una fuerza muy, muy grande. Bien y mal se enfrentan, las energías en lucha provocan afectaciones en todo lo que está alrededor. Por ello deben estar protegidos, participar en la misa y estar abiertos a recibir la energía positiva, de fe y de amor que fluye durante ella. Por eso les invito a que se preparen, compren su Rosario ahí en la tienda de la iglesia, récenlo ahora que va empezar si quieren ver lo que han venido a buscar.

Observación participativa. No había pensado en ella hasta que don Carlos sugirió que fuéramos parte de los ritos de ahí. Sí, la observación participativa es un excelente método de investigación, con el cual uno vive y experimenta todo con una mente abierta, como uno más y de esa manera luego escribir las impresiones, tratando de tener una perspectiva neutra.

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Don Carlos nos dijo que tenía unas cosas que hacer, que lo buscáramos acabando el Rosario y nos platicaría más. Compramos nuestros rosarios, buscamos un lugar donde estar para esperar el inicio de este. Una chica de unos 24 años se nos acercó y nos preguntó:

─¿Ustedes son investigadores?

Como de costumbre José y yo nos miramos a los ojos antes de responder. Acordamos en silencio negarlo.

─No, no lo somos ─le respondí─. Venimos porque siempre nos han hablado de esta iglesia y queríamos conocerla.

Nos veía de arriba abajo. Sus ojos tenían un brillo extraño. Capaz de infundir temor. Pero no en nosotros. No en esos momentos cuando aún éramos escépticos.

─Sí, sí lo son ─nos afirmó─. Ojalá encuentren lo que buscan. Si no quieren esperar yo les diré cómo.

─¿A qué te refieres? ─dijo José.

─¿Quieren ver a un demonio?

─Queremos ver cómo se realiza el ritual del exorcismo, y a una persona en aparente estado “endemoniado” ─se me soltó la lengua sin darme cuenta─. Queremos determinar si sólo son alucinaciones mentales o si hay algo de cierto en la existencia de demonios. No somos médicos psiquiatras para determinar si son enfermedades mentales, pero yo soy psicóloga con maestría en psicología social. José es antropólogo, también con maestría en psicología social. ¿Tú qué sabes?, ¿qué nos puedes decir? ─le pregunté, percatándome que había confesado lo que habíamos acordado no decir. No supe qué me impulsó a desvelar todo tan fácilmente a una desconocida.

─Todo. Les podemos decir todo ─sonrió como si hubiera ganado algo─. Entre todos nosotros podemos darles mucha información.

La voz inicial de la chica cambió. Su tono fue diferente, casi puede percibir un eco interno saliendo de su boca, como si alguien más repitiera lo que decía. Don Carlos apareció y se le quedó viendo.

─¿Qué quieren? Dejen a los muchachos que ya va a empezar su Rosario. Aléjense por ahora.

Ella arrugó el entrecejo. Se acercó una señora más grande. Era la mamá de la chica. Pidió una disculpa a don Carlos y se la llevó. Cuando la mamá le tocó el brazo, parecía como si la chica se librara de un peso y le hubiera llegado un alivio. Nos miró. Sus ojos cambiaron un poco. Sólo un poco.

─Los veremos al rato ─nos dijo antes de que su mamá se la llevara bancas atrás de la iglesia.

Hasta ese momento reparé en que se refirió a ella en plural y que don Carlos le habló en plural. Le cuestioné. Él sonrió y dijo:

─Ya miren hacia el altar, el Rosario va a empezar.

José y yo nos miramos y no insistimos.

No sabíamos rezar el Rosario. Aprendimos en ese momento. Me recordó a los mantras hindúes. En realidad, fue reconfortante. Sí, un mantra sin duda, en español y dirigido a deidades católicas: Dios, a Jesucristo y a la Virgen María. José y yo concluimos que fue relajante y recordamos algo de nuestra fe católica, cuando cumplimos hasta la pubertad con los sacramentos, cuando nos obligaban a ir a la doctrina y aprender lo necesario para la primera comunión. Después de ello, al igual que muchos, olvidamos la religión y nos dedicamos al estudio, salimos del pueblo y el conocimiento se volvió nuestro dios.

Buscamos a don Carlos, estaba saludando a una chica como de 14 años, morenita, alta y muy delgada. Se veía dispersa, sonreía y su mirada se perdía a veces, mantuvimos una distancia prudente en lo que platicaban. Aun con ello alcanzamos a oír que don Carlos le decía: «Que bueno que te sientas lista, ojalá que hoy sea la última». Se despidió y fue hacia nosotros.

─¿Cómo les fue con el Rosario?

─Muy bien don Carlos, resultó muy… cómo decirlo, calmante ─mencionó José.

─¡Qué bueno!, eso quiere decir que sí se concentraron, aun cuando no tengan una gran fe, lograron tener una tranquilidad.

Iba a mencionar la comparación de los mantras, y de cómo la repetición sonora de unas mismas palabras con una vibración musical y rítmica, causan en el cuerpo una respiración pausada y uniforme, la cual ayuda a que el organismo en general entre en una estabilidad, que provoca la relajación y por ende una mejor concentración. Desistí. Había ido a ese lugar a aprender, no a dar explicaciones.

Quise preguntar por la niña con la que platicaba antes de atendernos. Y me acordé de la chica que hablaba de sí misma en plural. Pregunté a don Carlos por ella:

─La chica que se nos acercó, ¿por qué le habló en plural?

─Porque no le hablé a ella, sino a quienes lleva dentro.

─¿No entiendo? ─lo miré extrañada.

─Le hablé a su legión de demonios.

─¿Legión? ─no tenía idea de que los supuestos demonios actuaran en grupo.

─Sí, así es. Los demonios no siempre atacan solos, la gran mayoría son demonios menores, y para poder apoderarse de un cuerpo humano tienen que actuar en grupo, a ellos se les denomina “Legión”.

─¿Entonces ella está endemoniada? ─preguntó José.

Por respuesta, don Carlos nos miró apretando los labios y moviendo la cabeza de manera afirmativa.

─¿Y cómo supo usted? ─le cuestioné.

─No es la primera vez que viene, es la tercera.

─¿Los exorcismos no han servido en ella? ─inquirió José.

─Sí, sí han servido, pero los exorcismos no son de una sola vez. Los demonios son entidades muy fuertes que hay que ir debilitando poco a poco, hasta que abandonen por completo el cuerpo que invadieron. No es fácil. Nosotros sólo somos humanos, nuestros espíritus son esencia de Dios, mas estamos atrapados en un cuerpo que nos limita. Es con la invocación del Señor y con su fuerza que se logra vencer a estos seres. Nunca es fácil, y raro es el caso que necesita una sola sesión.

─¿Usted no le tuvo miedo a esa chica? ─dijo José.

─No. Estoy protegido ─habló don Carlos con cierta seguridad─. Me he cultivado espiritualmente con ayuda del padre. A todos los que servimos aquí nos da una instrucción especial. Aunque tampoco ello es una garantía. Un poco de temor es sano, porque te aleja de la soberbia, con soberbia es fácil abrirles las puertas a los demonios, porque te tientan con más facilidad y penetran en tus deseos más oscuros. A mí no me ha pasado, pero a otros compañeros en pleno exorcismo, han tenido la entrada de demonios expulsados, los cuales saltan a sus cuerpos de forma directa. Su preparación les hace resistir más de lo común y han podido liberarse en ese lapso, con ayuda del padre. Lo importante es no dudar de Dios.

─¿Qué buscaba ese demonio, o esos demonios? ─pregunté.

─Un cuerpo donde penetrar, los estaban tentando. Ellos saben que ya casi están vencidos, la conexión con el cuerpo de esa mujer está ya casi destruida. La mamá de ella, que es muy devota y que traía un Rosario en mano cuando la vino a buscar, les quitó la concentración a los demonios con sólo tocarla del brazo. Legión sabe que hoy puede ser su último día en ese cuerpo, así que busca otro recipiente, para no ser expulsado directo a la tierra o al cuerpo de un cerdo o un perro.

─ ¿A la tierra o al cuerpo de un cerdo o un perro? ─cuestioné con sorpresa.

─Sí, la tierra purifica, la tierra pude recibir excremento de animales y con ello, lo transforma en alimento para que crezcan árboles y plantas. Transforma lo feo en algo hermoso. Mandar a estos demonios al cuerpo de un perro o un cerdo es degradarlos, pues al no poder estar en un cuerpo con inteligencia, no pueden actuar infringiendo los males que con forma humana pueden causar. El que el padre les dé permiso de entrar a estos animales, es cuando están haciendo mucho mal al cuerpo que ocupan y es necesario extirparles pronto para que la persona no muera. Lo ideal es poder mandarlos a la tierra. Aunque los demonios superiores sólo son expulsados. Ellos se recuperan y vuelven a buscar quien les abra las puertas, que puede ser en ese momento del exorcismo, días o meses después. Ellos siempre están buscando a quién perjudicar, susurrar y tentar.

Todo lo dicho por don Carlos estaba resultando muy interesante. En exceso diría yo. Por suerte tengo memoria eidética y no tuve necesidad de apuntar ni una sola palabra, todo se estaba guardando en mi memoria. José sí llevaba su bitácora de campo. A mí por lo regular me suele estorbar, prefiero llegar a casa y ahí vaciar todo a la computadora.

─Hace rato no terminé de decirles lo de la misa ─dijo don Carlos cambiando el tema ─. Después de la oración de sanación espiritual, el padre hace una oración de sanación del cuerpo, para sanar las dolencias y enfermedades. Luego, pide a quien haya sentido sanar su cuerpo, que pase a dar un testimonio. Hay quienes lo hacen hasta con estudios médicos en mano, comprobando que tuvieron algún tumor o algo similar, y que ha desaparecido en los estudios nuevos.  Son personas que vinieron con anterioridad, con mucha fe y que regresan a dar gracias por el milagro. Llevamos un registro documentado de varios casos en las oficinas de la iglesia.

Con la mención de ello, recordé la primera vez que escuché de la iglesia. Mi mamá le comentaba mi tía sobre una señora que tuvo tres tumores malignos en la matriz. Aunque ya estaba programada para operación fue a esa misa especial. Durante la oración de sanación lloró mucho y que se sentía inundada por una fuerza muy grande. Cuando fue operada, los doctores con sorpresa vieron que no estaban ninguno de los tres tumores, cosa que era imposible. Tenía dos estudios diferentes, unos hechos por el Seguro Social y otros particulares, y ambos coincidían sin variaciones. Los márgenes de error eran nulos. Sin embargo, abrieron a la paciente y no encontraron ni rastros de los tumores. Para aquel entonces yo estaba en la primaria, y me guardé muy bien esa historia, que luego me la corroboró un compañero de la secundaria que era hijo de esa señora. Conté la anécdota entre otras historias increíbles que estábamos narrando en el receso, dentro del salón porque la lluvia no nos dejó salir, entonces, al terminar con la mía dijo: «Estás hablando de mi mamá».

Ese milagro fue mi primer escalón de curiosidad para querer visitar aquel lugar. El segundo su fama. El tercero, los exorcismos.

Estábamos reflexionando sobre lo que platicábamos cuando vimos a través de una de las puertas de la iglesia. Iba llegando un carro cañero. Lo sobresaliente no era el carro, sino los gritos que provenían de su parte trasera. Algunos curiosos se acercaron. Nosotros permanecimos en el mismo lugar. Traían a una persona encadenada. Don Carlos se disculpó y fue a ver. De inmediato ordenó que lo sujetaran muy bien y lo cargaran hasta el lugar que él les iba a indicar. Diez personas se dieron a la tarea y no podían bajarlo. Don Carlos fue a buscar ayuda. Pasó por donde estábamos José y yo y nos dijo:

─Ni se les ocurra acercarse.

Regresó con cinco muchachos. Lograron bajar a la persona, apenas y pude verle los pies. Como lo habían rodeado cuando lo transportaron a dentro de la iglesia para llevarlo a un cuarto “secreto”, no le vimos, ni queríamos. Esos alaridos penetraban el interior del corazón más duro. Por primera vez en toda la estancia que llevábamos ahí, tuvimos un miedo intenso.

Pasado el susto fuimos a comprar comida en la cocina económica de la iglesia. Eran cuarto para las cinco. La misa empezaría en un rato. Comimos rápido y buscamos lugares. Por suerte aún encontramos. Los pocos espacios vacíos se fueron ocupando en cuanto inició la misa. Los que no alcanzaron ocuparon el suelo o se mantuvieron de pie.

Luego de quince minutos de la misa José tuvo que ir al baño. Cuando regresó me comentó que le había dado diarrea. Habíamos comido lo mismo y yo estaba bien, así que sospeché que era por el susto que habíamos pasado. Durante las tres horas de misa volvió a ir al baño un par de veces más.

La misa al principio parecía como cualquier otra. Nada nuevo. Hasta que llegamos a la primera enseñanza, sobre el peligro de ciertas sectas. Señaló en específico tres muy bien constituidas, una de ellas nacida en México y las otras dos en Estados Unidos. Asimismo, habló de la santería, la brujería y los curanderos. De cómo este tipo de creencias llevan a muchos a malgastar su economía en pagos enormes, además de desviar la fe en Dios y ponerla en un hombre o mujer con aparentes poderes mágicos, que lejos de ayudar puede traer muchos otros males, entre ellos, el abrirles la puerta a demonios.

En la segunda enseñanza, sobre la seducción de los ídolos y manifestaciones satánicas en el mundo moderno, nos habló de símbolos y sus significados, sobre mensajes subliminales en las canciones de artistas de moda, sobre la ouija y otros “juegos” adivinatorios, del cómo con su uso se pueden terminar invocando a demonios que buscan habitar un cuerpo. En sí, con esas dos enseñanzas no aprendimos nada nuevo, pues habíamos escuchado cosas similares o leído sobre ello en otras fuentes. Como dijo don Carlos, más que enseñanzas eran advertencias.

Llegó la tercera enseñanza. José venia llegando de su tercera ida al baño. El padre dio unas palabras introductorias sobre el perdón. Su voz, aunque cansada por los años se oía dulce y llena de sabiduría, transmitía. Luego de un canto alzó la voz y con gran júbilo anunció:

─¡Cristo ha descendido aquí, su fuerza y amor está entre nosotros, brindémosle un aplauso!

En esos instantes sentí una especie de escalofrío recorriendo mi espalda y una sensación como eléctrica por todo el cuerpo. No era como la que te provoca el miedo, era diferente…

Todos comenzamos a aplaudir. José y yo también lo hicimos. Teníamos que hacerlo. Estábamos en observación participativa, así que teníamos que entregarnos como los demás. Traté de mantener el pensamiento de científica social durante ese “trance”. El padre rezaba algo en arameo. No era latín, porque aunque no sé latín su sonido es familiar al oído de cualquiera que hable español. La sensación que tuve al principio de los aplausos creció. Tenía dudas de si sólo era yo. Le pregunté a José:

─¿Lo sientes?

─Sí ─me dijo con una alegría inusitada.

Se escucharon muchos gritos en distintos puntos. Algunos lloraban, otros se les veía una inmensa alegría en el alma. Pude observar a lo lejos un chico convulsionándose, los asistentes se lo llevaban a donde iba a ser la misa de liberación. Tal y como lo contó don Carlos, los demonios parecían debilitarse con la llegada de esa presencia, de Cristo, pues ni siquiera tuvieron que intervenir más de tres personas para someterlos; la energía que se sentía era positiva. Ahí estaba Jesús, como lo había dicho el padre. Me sorprendí con ese pensamiento. Yo tan escéptica y estaba pensando eso. Lo más “preocupante” para mi racional, es que lo estaba sintiendo y lo estaba disfrutando.

Perdí la noción del tiempo. Por suerte me fijé en mi reloj antes de que iniciaran los aplausos. El padre había dejado de hablar en arameo y empezó a hacerlo en latín. Fue mucho lo que dijo, entre lo que distinguí fue el padre nuestro y unas palabras que alguna vez vi en forma de “cuadrado mágico”, Rotas-Opera-Tenet-Arepo-Sator. Las guardé en mi mente para investigarlas después a profundidad.

Antes del amén que finalizaría los aplausos, el padre habló en español y pidió que abriéramos nuestro corazón al perdón, y así vernos libres de todo resentimiento y ser felices. Bendijo el vino y la ostia mientras aún aplaudíamos en ese trance tan especial. Cuando volvió a tomar la palabra nos bendijo y pidió que descansáramos y dejáramos de aplaudir. Vi mi reloj. Cerca de 20 minutos de aplausos. Todos de pie y sin cansancio aparente. En cambio, vi a muchos con una energía vital más grande a la que tuvieron al inicio de la misa.

El padre procedió a dar la comunión. Aunque José y yo llevábamos años sin confesarnos decidimos pasar. La observación participativa nos obligaba a hacer todo lo que fuera posible. Luego de ello y de otros ritos comunes en una misa, el padre procedió a hacer una oración para la sanación corporal, primero dijo unas cosas en latín y de ahí se dirigió a todos en español.  Nos pidió que oráramos en silencio, para después invitar a quienes quisieran hablar de su sanación espiritual o del cuerpo. Pasaron varios. Yo esperaba un testimonio de sanación de alguna enfermedad grave. No corrí con suerte ese día. Aunque José me dijo:

─Creo que yo pasaré a dar testimonio, ya no siento las molestias de la diarrea y no he tomado medicamento.

Sonreí con su chiste, que más que chiste era en serio. Su malestar fue por la impresión de la persona encadenada que llevaron ahí. Después de haber entrado en trance con los aplausos, y con el “mantra” en arameo y latín que dijo el padre, calmó sus emociones y dejaron de verse reflejadas en su sistema digestivo.

El padre dio por terminada la misa bendiciendo los objetos que trajéramos (Rosarios, cruces, medallas, estampitas, agua). Pidió que nadie se quedara a los exorcismos, porque con la sanación que habíamos recibido llevábamos mucha paz, que podría ser perturbada con lo que se hacía en esa misa de liberación. José y yo coincidíamos que a eso último habíamos ido y nos quedaríamos.

La gente se iba y nosotros buscábamos donde acomodarnos y no llamar mucho la atención. Vimos a don Carlos que acomodaba las bancas junto con otras personas. Estuvieron a punto de llamarnos la atención, don Carlos los interceptó y les dijo a quienes se nos aproximaban:

─Ellos se quedan.

Se retiraron y don Carlos se dirigió a nosotros y nos dijo:

─Pónganse allá de pie, en las bancas sólo van las personas a liberar, sus familiares y los asistentes. Tengan su Rosario a la mano y récenlo, ya aprendieron hace rato a hacerlo.

Obedecimos y esperamos. Los supuestos endemoniados fueron colocados uno por banca, en la aparte de en medio de esta y amarrados con vendas. Estaban como en trance, con los ojos cerrados, esperando. Ahí vimos a la chica que nos intentó tentar. También la niña de 14 años con la que platicaba don Carlos. Alguno de los siete hombres ahí colocados debía ser el que trajeron encadenado. En total eran diez poseídos, siete hombres y tres mujeres. No parecían actores o simples personas que iban a fingir estar endemoniadas. Descarte eso. Su apariencia, la de sus familiares, sus rasgos, el nivel socio económico que denotaban, y todo su conjunto; no indicaba que fueran parte de un montaje. Además, un montaje que no tendría razón de ser, ya que las puertas de la iglesia se cerraron y fuimos contados los que ahí quedamos. No era un rito público.

Creí que íbamos a ser los únicos además de los familiares en estar ahí, pero un grupo de señoras y señores también ocuparon lugar en los alrededores, los más jóvenes éramos José y yo. Se veía que esas personas habían participado en otras ocasiones.

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Salió el padre. Tomó lo que llaman “El Santísimo”. Dijo unas oraciones en el altar y se fue acercando a las bancas. Antes, ordenó a los que estábamos alrededor que sirviéramos de ayuda rezando el Rosario, y que tuviéramos fe y estuviéramos alerta, porque los demonios de los posesos podrían entrar en nosotros.

El padre fue banca por banca. El “espectáculo”, si es que así se le puede llamar, nos sorprendió muchísimo y por poco nos quebranta. El miedo era intenso, por lo que rezamos el Rosario a la par de los demás. El momento que más me sorprendió, fue cuando la chica de 14 años habló con una voz que no era suya, sino con la voz de un hombre, profunda y cavernosa. Teniendo esa delgadez extrema, levantó por sí misma la pesada banca con todo y las cinco personas que la rodeaban. No queríamos ver y a la vez no podíamos dejar de hacerlo.

La chica que quiso tentarnos se convulsionaba en la banca mirando a todos lados. Posó sus ojos en José y en mí. No paramos de rezar, pero dejamos de estar a la par de los demás, mientras ellos iban con padre nuestro, nosotros estábamos en un Ave María. La fuerza de su mirada nos penetraba, era una especie de atracción que nos llevaba hacia ella. Traté de hacerme consiente y recordé lo que don Carlos nos había dicho y puse mi mano en el hombro de José, que seguía prendido de la mirada de ella.

─No dudes, ten fe ─le dije, sin percatarme que mi escepticismo ya estaba caído.

Sacudió su cabeza y oró con más fuerza. El padre se acercó a ella, le dijo algunas palabras y la chica terminó vomitando. Luego de ello el padre nos miró y desvió su mirada a un endemoniado más.

Los posesos varones no me sorprendieron tanto como las mujeres. Una joven gordita reía de una manera macabra, como bruja de cuento, como loca, con sus ojos cerrados y burlándose de todo y de todos, hasta que el padre llegó con ella y la enfrentó. El padre no llevaba micrófono como en la misa normal, así que no escuchábamos casi sus palabras. De ese encuentro sólo distinguí cuando le gritó:

─¡Doblégate Mefistófeles, en nombre de Jesucristo te lo ordeno! ─la joven emitió una última carcajada y dio un grito de profundo dolor y se desmayó.

Siguió su recorrido el padre. Llegó con la niña de 14 años. Era la más cercana a José y a mí, así que pudimos escuchar varias cosas. El padre mencionó varios nombres de demonios. Luego supe que la única forma de expulsar por completo a un demonio, es saber su nombre, algo que con dificultad revelará.

─Aún no estás vencido del todo, mas estás débil para seguir habitando este cuerpo, Jesucristo te quiere fuera de él

Al pronunciar esas palabras el padre arrojó agua bendita sobre la niña y ella gritó con esa voz de hombre que no era suya:

─¡Púdrete maldito sacerdote, tu dios no puede conmigo, esta puta me la he de llevar!

De repente uno de los asistentes del padre se le deformó el rostro con un gesto funesto y atacó al padre intentando ahorcarlo, los demás lo sometieron y el padre de inmediato le puso agua bendita y rezó mientras ponía una mano en su cabeza. El asistente reaccionó, volvió a ser él. Su rostro estaba rojo como si hubiera tomado un intenso sol, se puso a llorar y lo llevaron a sentarse en una silla del altar.

Cuando terminó de pasar por todos los lugares, el padre dijo una última oración y dio por terminada la liberación, el exorcismo. Los endemoniados parecieron salir de un trance. Unos vomitaron, otros lloraron, unos mostraron dolor físico. El exorcismo empezó a las ocho de la noche y concluyó a las 8:50 pm

José y yo buscamos a don Carlos para despedirnos.

─Ven porque les dije que era importante que participaran de la misa. Gracias a ello estuvieron aquí y no flaquearon, aunque casi y los atacan ─se refirió a la chica que nos tentó horas antes y que nos vio directamente durante la misa de liberación.

─Sí… Gracias ─dije.

─Espero que regresen.

─No. Yo ya no ─dijo José con bastante tribulación.

Don Calos sonrió y nos dio un abrazo. Eran las 9:10 pm de la noche. Corrimos a tomar el autobús. Arriba, en la carretera estaba la chica que nos tentó, mejor dicho, la legión de demonios que traía. Nos vio al subir, iba en el primer asiento. Me quiso tomar la mano. Me tocó incluso. No volteé a verla. El chofer seguía esperando gente. Era el último camión y sabía que los viernes muchos que salen de la misa abordan a esa hora.

Ya nos habíamos acomodado en nuestros asientos cuando subió la joven a la cual el padre llamó “Mefistófeles”. Estaba de pie y miraba hacia la iglesia y de repente empezó a gritar

─¡Maldito, maldito! ─y recomenzó a reírse de la misma forma que lo hizo durante el exorcismo.

Sus familiares le dijeron que se tranquilizara. Sin embargo, eso causó que incrementara el volumen de su escabrosa risa. Me asusté mucho. Les grité que aún estaban a tiempo de llevarla con el padre de nuevo. Y eso querían hacer, pero no podían dominarla, le decían al demonio que llevaba:

─¡Tú ya estas vencido deja de molestarla! ─y reía y reía, diciéndoles que no le podían vencer.

Después de un forcejeo de 10 minutos lograron bajarla. Pensé que José y yo éramos las únicas personas con miedo en ese autobús. Después de que bajaran a la chica, pude percibir las caras angustiadas de los demás pasajeros. Todos viajamos en silencio, y puedo apostar que cada uno iba orando en silencio.

Tal y como lo dijo José, él no regresó. Yo sí. Tres veces más y sin ninguna compañía. El miedo disminuyó y pude seguir observando y estudiando ese “fenómeno”. También fui poseída. Mas no de un demonio, sino de una fe que no tuve antes. No me volví una adepta a la iglesia, pero ahora la veo con más respeto. Y creo en Dios y Jesús. Ya han pasado catorce años de aquella experiencia.

Seguí estudiando a los demonios y demás cosas relacionadas. He descifrado mucho conocimiento que no creí posible… y descubrí secretos que lamentablemente en este relato no puedo escribir. Lo siento, es mejor así, no puedo decirte más, lo mejor es concluir.

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