Gracias a mi abuelita y a la sopa de fideos (cómo me hice lectora)

Por: Alejandra Inclán

No es malo con qué libros te inicias, lo importante es con qué libros te quedas… Y con cuáles te encontrarás en el futuro

Todo comenzó con un libro de tapa azul. Es el primer libro que recuerdo. Un libro tipo enciclopédico que en la portada tenía grabada una flor con una carita feliz. En su interior imágenes de animales de la vida salvaje. Pasaba mucho tiempo hojeándolo. No sabía qué decían las letras pequeñas y no me importaba mucho. Hasta el día de hoy no lo he leído y no tengo idea si aún existe. Cuando mi hermana empezó a crecer destrozó varias páginas de ese y otros libros, así que quizás ya no queda nada.

Me gustaría decir que mi mamá me leí un cuento cada noche. Pero no. Para ella eso era algo ridículo. Cosas sin sentido que sólo ocurrían en los programas de televisión. En la realidad, nuestra realidad, lo valioso era sobrevivir. Y no es que fuéramos muy pobres. Entre los pobres éramos ricos. Sólo que en nuestra cultura los libros y leerlos era algo más para la escuela.

Es por ello que aún no comprendo de dónde salió ese libro y por qué. Quizás estoy siendo muy dura con mis padres, porque sí hubo libros en mi casa, todos de tipo enciclopédico: pirámides de Egipto, el imperio Inca, sobre los griegos. Un par de ejemplares de El nuevo tesoro de la juventud, una enciclopedia juvenil muy famosa en la que supe que la historia de El flautista de Hamelín es un poema. Ese fue un choque muy grande para mí a mis 11 años. Siempre creí que la poesía eran palabras “hermosas” apiladas para que sonaran bonito. La narrativa existe en los versos.

Sí, mis papás me acercaron libros, sin embargo fue gracias a mi abuelita Gulnara y a la sopa de fideos que yo empecé a leer. Desde que tenía uso de razón cada domingo mi mamá me llevaba muy temprano a casa de mi abuelita. Me gustaba ir porque ahí estaban mis primas con las que jugaba. La casa era más humilde que la nuestra. Detrás de ella los cañales apenas separados por una cerca de alambre. Había muchos árboles y patio donde jugar. Lo hacíamos hasta que llegaba la hora de comida. Y siempre era sopa de fideos. Llegué a odiar esa sopa, ¿por qué no podía ser de letras? Así que yo no comía y buscaba en los libros las letras que no tenía la sopa. Por razones que aún no entiendo, en el librero había tres tomos enciclopédicos de medicina. Tomaba esos libros y miraba las fotografías de leprosos, personas con viruela y algunas otras enfermedades de la piel. Yo quería ser doctora. Por ello no me causaban asco o repugnancia esas imágenes, en cambio, me fascinaban. Ese fue mi primer contacto con los libros de mi abuelita.

Entré a los cinco años a la primaria. A los seis ya leía sin dificultad. Fui precoz por mis ansias de saber más. Quisiera decir que me sentía orgullosa, mas no hubo orgullo, sino tristeza, porque “saber tanto” me separó de las primeras interacciones sociales escolares. Ningún niño soporta a quien nunca tiene problemas para pasar un examen. Me decían que era “muy inteligente” como insulto. En lugar que me hicieran desistir de aprender, los libros de la escuela eran mi refugio. Los leía, aunque no fuera parte de la tarea.

Mi abuelita Gulnara empezó a ir los sábados a mi casa. Se cambió de religión. Ella, mi tía y mis primas se hicieron adventistas. No entendía mucho, para mí esa iglesia casi a la vuelta de mi casa era una más. Con ese giro en la vida de mi abue vinieron más libros. Los adventistas tienen una extensa literatura que fue poblando la casa a la que iba los domingos, en la que no comía porque sólo había sopa de fideos. No leí los libros de medicina. Leí títulos como Un lugar en la cumbre, A pesar de todo qué linda es la vida y tantos más. Después, llegaron unos tomos de cuentos para niños. Historias que trataban de milagros o situaciones de la vida. Como la del niño que se fue a estudiar a la ciudad y que olvidó qué era un rastrillo, hasta que se topó con uno tirado y lo pisó, levantándose y pegándole en la cabeza. O la de los hermanitos gemelos, que por la guerra no habían comido plátano en años, y por azares del destino, un viajero que pasaba por su aldea les regaló uno; qué sorpresa que al pelarlo el plátano estuviera dividido en dos. Me quedé muchas veces con hambre en casa de mi abuelita, mas no con hambre de lecturas.

Con exactitud no recuerdo si fue en 1988 o en 1989, que tuve un giro en mis lecturas. Dejé de leer los libros de mi abuelita para cabalgar con Caballo de Troya, de J. J. Benítez. Mi tío Brito por alguna razón mencionó que le habían hablado de un libro donde unos “astronautas” viajaron en el tiempo a conocer a Jesús, que hablaron con él y que regresaron convencidos que en verdad era el hijo de Dios. Me impactó lo del viaje en el tiempo. Mi tío no me supo decir el nombre del libro, pero cuando lo averiguó se lo pedí a mi papá. No lo he dicho, yo nací en el puerto de Veracruz, al año me llevaron a un pueblo: Ángel R. Cabada. Ahí no existían librerías y hasta la fecha no ha existido una. Lo más cercano era “La Santa Rita”, una papelería y puesto de revistas donde me compraban historietas como Memín Pinguín y Karmatrón y los transformables, las cuales disfruté mucho. El Caballo de Troya me lo compró mi papá en una ida a Veracruz. Ese fue el libro que me transformó en lectora autónoma, porque fue el que ocasionó que yo me pagara mis propios libros.

Ahorraba dinero. ¿Para qué? No recuerdo. Al menos no antes de 1990, cuando en un viaje a Veracruz en familia accediera al único súper Chedraui que había en el puerto, subiera sus escaleras eléctricas y en lugar de ir a ver juguetes, me dirigiera a donde estaban los libros. Tomé Caballo de Troya 2, 3 y 4. También La pirámide sumergida en el triángulo de las Bermudas. Con 100 mil pesos compré los cuatro libros. Y me sobró. En aquellos años leer era más barato, hoy en día en un súper no encuentras variedad de libros como en aquel entonces. Ah, y el peso aún no le quitaban tres ceros ─eso ocurrió durante 1994─, así que esos cien mil serían unos 100 pesos de ahora.

¿Devoré los libros? No recuerdo cuánto me tomó leerlos, lo que sí es cierto es que los acabé. A ellos se sumaron otros títulos como El poder de las pirámides, Más allá del poder de las pirámides, Misterios de los grandes encuentros (sobre ovnis), Los grandes enigmas. Esos eran los temas que me interesaban. No eran las mejores lecturas, sin embargo, contaba con la autonomía de decidir qué leer y pagarme ese gusto. Aunque no siempre me alcanzó.

En el recién inaugurado Chedraui Plaza Cristal en mediados del 90, estaba un libro grande que contenía todas las profecías de Nostradamus. Valía 50 mil pesos. No tenía el dinero y mi papá se negó a comprarme un libro “tan caro”. Una edición que jamás volví a ver en mi vida, ni en librerías de usado. Era negro, con letras blancas, amarillas y rojas y un retrato al carbón del vidente. Ahí empecé a comprender que hay libros o ediciones de estos que puede que nunca más vuelvan a aparecer. Por ello, así pase una semana comiendo únicamente huevos, compro esos libros que quizás no regresen a una librería.

A los 17 años ya viajaba sola a Veracruz. Seguía comprando mis libros en Chedraui porque los encontraba más baratos. Ahí me topé con Juventud en éxtasis, de Carlos Cuauhtémoc Sánchez. Nadie me lo recomendó. No vi ninguna publicidad. Nada. Sé que es un libro comercial o literatura industrial como le llama Daniel Pennac, en su libro Como una novela; de todas maneras, me atrajo el título y la portada. Lo compré y leí. Una lectura sencilla, muy sentimental, aleccionadora y con el propósito de dirigir a los jóvenes a una conducta responsable y religiosa sobre el sexo. Sexo, decía sexo. ¿Cómo no iba a comprarlo? Ese libro tan malo, que no lo percibí como tal en esos años me llevó a conocer a una persona que con un apretón de manos dio en mi historia lectora una nueva consolidación.

En 1995 se suponía que yo debía haber entrado a la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Veracruzana. No pasé el examen. Fui un fracaso por confiarme. No estudié. Aunado a que tuve un mal bachillerato por tener una maestra que estuvo de permiso casi todo el semestre y un maestro que no sabía tanto ─estudié en telebachillerato y era un maestro para todas las materias─. Sólo en los semestres intermedios tuve un buen profesor. Era el director. Ese puesto lo ausentaba mucho, sin embargo era el mejor. Con él en el taller de lectura y redacción tuvimos que elaborar como trabajo final un libro. Mi primer libro. Un manuscrito hecho a mano que no tenía nada de original. Las historias adventistas en mi cabeza surgieron con otros nombres y situaciones. Un plagio involuntario reflejo de cómo me marcaron esos libros que siempre recuerdo con cariño, porque me remiten a mi abuelita. Me gustaba escribir. Me gusta escribir y ha sido una parte paralela de mi historia como lectora, por ello lo menciono.

En la clase de literatura ─en el último semestre─ nos encargaron La metamorfosis, Niebla, El señor de las moscas, Seis personajes en busca de autor, Pedro Páramo y El llano en llamas. No leí ninguno, a pesar de que mi papá me consiguió todos. Se me hacían lecturas aburridas sin nada motivante, sin ovnis, sin profecías, sin misterio y sin sexo. Así que como el maestro tampoco los había leído y los exámenes los hacía de los resúmenes de la guía, no tuve que leerlos. Esto me dejó una deuda poco sentida, que años más tarde pagué, no hace mucho, en el 2013. Fui una estúpida. La joven que fui no supo de lo que se perdió. Al menos la vida te da oportunidades de rectificar. 

Mi primer trabajo fue en un foto estudio como asistente. Comencé el día de la muerte de Colosio, el 23 de marzo de 1994. Tenía 16 años. No me pagaron nada de inicio, no obstante, aprendí a trabajar. Mi primer sueldo fueron 30 pesos luego de un mes. Ahí continúe después de quedar fuera de la universidad, hasta que mi abuelita Chepa ─mi otra abuelita─ le dio dinero a mi papá para que me comprara una cámara de video e independizarme.

Del 95 al 97 me quedé en el pueblo trabajando el video. No era mucho lo que ganaba. Tenía pocos clientes. Mis viajes a Veracruz eran esporádicos por los costos. Pero, cuando iba, buscaba libros. Pasaron años para que saliera Caballo de Troya 5. Siete para ser exactos. En 1996 por fin se anunciaba su salida. Lo vi en la librería Garcilaso. Su costó me abrumó: 350 pesos. Sí, la devaluación por el mal llamado “error de diciembre del 94”, al cual yo siempre he dicho que es “la herencia salinesca”, encareció el libro a niveles que me restringieron la compra de tantos ejemplares que yo sólo admiraba babeando en los aparadores. Esa era una edición de lujo, en tapa dura, con marco dorado y grande. No encontré otra más barata. Así que tuve que parar el cabalgar de Caballo de Troya unos meses. Esperé años, podía hacerlo otro poco.

 En la ciudad vecina de San Andrés Tuxtla me habían dicho que había una librería. No conocía su ubicación, nombre o referencias. No conocía la ciudad. De todas formas, yo me embarqué en el camión y fui allá. Antes, sin Google Maps y sin GPS yo encontraba cualquier dirección preguntando y con voluntad. Mi abuelo Teodoro siempre ha dicho que para conocer la ciudad hay que caminarla. Y es cierto, sólo así he conocido las ciudades que en su momento me fueron extrañas.

En un recoveco nada comercial y en altos, con una escalera donde sólo cabía una persona, con escalones más estrechos que pirámide maya, estaba la librería “El perro sabio”. «¡Qué nombre tan horrible para una librería!», pensé. Tuvieron que pasar años para que me enterara que era el título de uno de los cuentos de El loco, de Gibrán Jalil Gibrán ─uno de mis autores favoritos─. Subí. Debí decepcionarme. Sólo que ya sabía que no podía esperar mucho de San Andrés. La librería de Chedraui era más grande, y eso que ya se había reducido en esos últimos años.

 Sentado, de cabello gris, como despeinado y con volumen, bigote, lentes, pantalón gris, camisa blanca de manga larga y chaleco cerrado color azul, un viejito me miraba. No a mí, sino a mi edad. Con claridad pude ver en sus ojos: «Pérdida de tiempo, es muy joven, no va a comprar». Di un giro de 360 grados y lo vi todo. Lo único que me interesó fue un libro de Carlos Cuauhtémoc Sánchez, llamado Un grito desesperado, lo que me hizo permanecer y preguntar por su precio. Costaba 50 pesos. Antes de comprarlo le pregunté al señor por Caballo de Troya 5. «No lo tengo, si lo quiere con mucho gusto me lo deja pagado y en una semana se lo traigo». ¿Dejarlo pagado? Le cuestioné que por qué no le dejaba la mitad. Con tono seco y cortante dijo que no. Que luego nadie regresaba y era difícil vender libros que no fueran escolares. Desconfié. El viejo me hablaba como regañándome. Me dijo que valía como 100 pesos. Vaya, de 350 de la versión de lujo a cien había una diferencia enorme. Así que le di el dinero y me elaboró un recibo. Me indicó en qué día debía ir a recogerlo. Recuerdo que fue un viernes. A mi regreso el libro me esperaba. Fueron 5 pesos más. Era de bolsillo, los cuales siempre han sido los perfectos para mí. Me marché feliz.

Siempre que tenía dinero iba a El perro sabio por otro libro. Algunas veces estaban ahí, otras se los encargaba. Así fue a lo largo del 96 y parte del 97. Un día, cuando pasé por uno de mis encargos, el viejito tomó mi mano y la estrechó diciendo: «Le felicito, usted es una persona que tiene verdadero interés en la lectura, pocas como usted». Yo no sabía llorar en esos años. Nadie en mi pueblo lloraba a menos que estuvieras en la infancia u ocurriera una muerte. Llorar era ridículo e inútil. Por eso no lo hice, por eso lo hago ahora mientras escribo estas líneas. Ese viejito con voz de regaño y actitud dura hizo un gesto inesperado al que no sé si logré decirle gracias. Nunca volví a verlo. Por esas fechas dieron los resultados del examen de la UV. Lo hice de nuevo. No quedé, sin embargo, decidí mi destino: me iría a Veracruz a estudiar lo que fuera con tal de irme de mi pueblo. Pensaba demasiado en grande como para pasar una vida ahí, donde todos mis amigos habían partido y sólo quedaba yo.

Entré a la carrera de Técnico en educación musical. Me gustaba tocar guitarra y luego de 4 años podía aspirar a una plaza de maestra en esa área. En Veracruz aún había muchas librerías, como La providencia, Cristal, Garcilaso, Educal y los libros usados de Vitaminas para el alma. De ellas sólo sobrevive esta última y Educal. El perro sabio quedó lejos, ya no la necesitaba para adquirir libros. Pero aquella ocasión, el viejito, medio todo: yo no era cualquier persona, era alguien con verdadero interés en la lectura.

En la escuela de música permanecí 3 años. Suficientes para darme cuenta que había errado mi camino. No era lo mío. Cumplió su función: sacarme del pueblo. Tenía una deuda conmigo. Por esos años mis lecturas tenían que ver con la fotografía. Quería ser buena fotógrafa. Compraba revistas del tema, manuales, libros. Mis lecturas eran utilitarias y prácticas, no obstante, ¿quién dice que esas lecturas no te dan placer? Cuando lees sobre algo que te apasiona cada página te provoca mariposas en el estómago.

Me metí en los talleres libres de la UV a estudiar fotografía. Sólo estuve un semestre. En el año 2000 decidí volver a hacer el examen de la UV. Esa era mi deuda. Compré una guía Ceneval y me encerré dos semanas de estudio en la biblioteca municipal. Cuatro horas en la mañana y cuatro por la tarde. Estudiando. Dejé de ir a la escuela de música en ese lapso. Pasé el examen. Lugar 40 de la lista. Dejaría de ser una don nadie. Tendría una licenciatura. La segunda en mi familia. La primera fue mi prima. Nuestros padres nos ayudaron a superarnos, porque ellos sólo llegaron a tener primaria, un tío secundaria.

Mis lecturas de universidad no variaron mucho. En el primer semestre pasó algo muy significativo. En la clase de metodología leí un ensayo. El maestro me dijo: «Se ve que lees mucho, porque escribes bien, te felicito». Esas palabras fueron el mejor reconocimiento para alguien que hasta ese día no tenía idea que leer le estaba dando las pautas para la escritura.

En los puestos de revista salió la colección J. J. Benítez, con sus más de 50 libros y los compré todos. Leí poco más de la mitad, y de manera principal los que no tenían que ver con ovnis. Por esas fechas el tema había dejado de interesarme. También me tropecé con la colección de Isabel Allende: La casa de los espíritus, Hija de la fortuna, Retrato en sepia, Eva luna, De amor y sombra. Ella fue mi paso intermedio para acceder a otra literatura para la cual aún no estaba lista.

Por esos años de universidad todo mundo hablaba de Gabriel García Márquez. Recién había sacado la revista Cambio y le ofrecieron el Honoris causa en la Universidad Veracruzana. Lo rechazó. ¿Por qué? La universidad le publicó por primera vez a este autor en el país bajo la condición de no pagarle por ser desconocido. No necesitábamos más explicación para saber las razones del rechazo. Ese libro fue Los funerales de la mamá grande. Todos leían Cien años de soledad. Yo no podía pasar de las primeras páginas y no lo hice por unos años más. No lo entendía y no comprendía los motivos de su nobel. Me faltaba mucho como lectora. Seguía sin estar lista para los grandes. Seguí leyendo literatura industrial de la que ya no quiero hablar, porque no me enorgullezco de ella, aunque sí me dio armas para que años más tarde, cuando descubrí a Borges, realizar críticas con sustento.

En el 2012 conocí a un amigo que me habló de un club de lectura al que entré en enero del 2013. Me encontré con Demian, de Herman Hesse. Nada volvió a ser igual. Le siguió Siddharta, El lobo estepario, Knulp, Gertrude. El club de lectura Juan Pablo Sartre sólo leía la literatura clásica que tanto rehuí por creerla aburrida. ¡Cómo podía ser buena una literatura que costaba tan barata y con las portadas más horribles de una librería! Las apariencias engañan, y yo viví engañada mucho tiempo. Lo que es verdadero es que las portadas de los clásicos no te invitan a querer leer. Ese ha sido uno de los grandes errores de los editores en un mundo que cada día se vuelve más visual.

A Hesse le siguió el Marqués de Sade. Nunca había leído algo que me emocionara tanto. Las descripciones sexuales de este autor cambiaron mi percepción literaria de lo que concebía como erotismo. Después vimos a Allan Poe. Uno de mis autores favoritos hoy día. Luego llegó Dostoievski, Chejov, Nietzsche. En un año recuperé una vida sin los grandes.

No puedo seguir adelante sin mencionar a Cortázar. Tuve una relación a distancia. Él y yo nos mandábamos poemas de Neruda y Benedetti. «Porque te escondes dulce en el orgullo / pequeña y dulce / corazón coraza» ─la poesía siempre ha estado en mi vida, a pesar de que poco la mencione en este ensayo─. Así, en ese duelo poético me hizo llegar el capítulo 7 de Rayuela. ¿De dónde venía ese poema? Investigué todo sobre Julio. Fui a la librería. Nada de él. No había Rayuela. Sólo estaba Bestiario.

En esos días tenía problemas económicos. Ahí apliqué la semana de sólo huevos. Fue un ayuno difícil, pero… si había podido pasar domingos sin comer sopa de fideos, podía pasar 7 días a puro huevo. El ahorro en comidas se tradujo en 100 pesos. Me faltaban 28 pesos para comprar ese librito. Una semana más de espera. Cuando completé el dinero no encontraba el libro. Alterada pregunté a uno de los chicos de la librería. El sistema marcaba una pieza en existencia. Lo buscó y halló. Pagué y mi alma descansó. Caminé al zócalo y me senté en una banca a leer. Leí Casa tomada. Nada que ver con el romanticismo que vi en el capítulo 7. Sin embargo, lo fantástico me llamaba.

Cada día leí un cuento, en la misma banca. Fue en el penúltimo, Las puertas del cielo, que se me abrieron las del infierno. Esa relación a distancia que me condujo a Cortázar acabó con un par de mensajes… Ahí sentada, siendo un viernes, regresé triste al trabajo. Escribí en el Facebook que no encontraba Rayuela y que la necesitaba para sentir consuelo, que quien lo encontrara me lo comprara y regalara. No esperé mucho. Mi amiga Elvia levantó la mano y me dijo que me lo regalaría. El sábado por la tarde lo llevó a mi trabajo. Bestiario lo había terminado y la novela me llegó muy a tiempo. Él no se quedó conmigo. Cortázar sí y sigue siendo mi autor favorito junto con Borges. ¡Ah, esos maravillosos argentinos!

Dejé el club de lectura, mas no a los clásicos. Me era necesario explorar otros autores, más cercanos al siglo XX. Cien años de soledad ya lo había podido leer y terminar. También El amor en los tiempos del cólera. Me acerqué a Rulfo, a Kafka, a los autores que no leí en bachillerato. Ya no era la misma persona. La lectura me seguía transformando y seguí ansiando más.

Conocí a mi maestro de filosofía Pío Domingo en el club de lectura y él me condujo a su cofradía filosófica. No filosofábamos con filósofos propiamente, sino con cuentos. Ellos eran el conducto para analizar y repensar la vida. Ahí me encontré con Borges y su Aleph. El cuento adquirió para mí una dimensión fantástica y simbólica que no he sentido superada por ningún otro cuentista. Me acercó a las matemáticas, filosofía, simbología, a la cábala. Aún hoy en las noches, antes de dormir, pongo el audio cuento del Aleph y sueño con lo fantástico, así como el personaje “Borges” del cuento, accedo a un punto donde convergen todos los puntos. Créanme loca como la Alicia de Lewis Carrol, y tal vez lo estoy, y que deliciosa es la locura que te interna a otras realidades.

Por cierto, en la universidad leí al infame Paulo Coelho. ¿Por qué infame? Borges en su Libro de sueños incluye un cuento de Las mil y una noches, Historia de los dos que soñaron, que es el argumento con el que escribió El alquimista. En el libro El Aleph, Borges tiene un cuento llamado El Zahir, y Coelho sacó un libro con ese mismo nombre y premisa. Después publicó una novela llamada El Aleph. Sí, Coelho ha usado lo que escribió Borges para hacerlo suyo, sin darle crédito. Para mí, eso es infame.

«¿Cómo me hice lectora?», me preguntaba el otro día. En una de sus consultas en el hospital naval, vi a mi abuelita Gulnara. Verla fue como observar El Aleph y mirar hasta este punto todo lo que he escrito. «Abuelita, usted me hizo lectora», le dije y sonrió. Lo que no le quise decir fue lo de la sopa de fideos, pues ahora sí me gusta, pero que bueno que antes no.

Leer me introdujo también a escribir. Publicar un libro y continuar. Ya no creo parar nunca de hacerlo. Mi evolución me condujo a especializarme en la promoción de la lectura. Por suerte, en esta ocasión la UV me acogió a la primera. No reprobé. He aprendido tanto. Quiero trabajar con niños. Ayer por la tarde me llegó El libro de la fantasía, de Gianni Rodari. Un volumen grueso con varios de sus cuentos infantiles. Es de tapa dura, color azul, como el libro que empezó todo mi proceso. En la portada tiene el dibujo de un gato gris, como el mío, como Borges. Así se llama mi minino.

Es de madrugada. Debo finalizar y sumergirme en El Aleph… mañana prepararé una sopa de fideos. Muero por una y luego un buen libro, mientras recuerdo a mi abuelita. Ya no quiero una sopa de letras. Las letras se ven mejor en los libros.

Epílogo

Sigo cabalgando el Caballo de Troya. En la colección J. J. Benítez venía el 6. Posterior compré el tomo 7 y 8. Me regalaron el 9 y el “epílogo” titulado El día del relámpago. Y para variar, el autor, que no tiene “llenadera”, publicó en el 2019 el diario del segundo crononauta ─que sería el nombre correcto, no “astronauta” como dijo mi tío─, El diario de Eliseo, del cual me quedan pocas páginas para terminar. Espero seguir viviendo para saber el final de esa historia. Leer todo lo que la vida me permita, así como promover la lectura y la escritura, para que en el futuro seas tú quien cuente su propia historia de cómo te hiciste una persona lectora. Gracias.

Alejandra Inclán

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