La ruta de la nostalgia

Por: Alejandra Inclán

Subí al camión. Al mismo recorrido de cada noche después de dejar el café. Por las mañanas o al medio día voy acompañada en esa senda por un libro. En la noche no es posible, así que me disfrazo de ciudadana común y voy todo el camino mirando el celular. Esta ocasión omití esa opción. No supe en qué me metía.

El parque Ciriaco Vázquez lucía vacío. El carnaval de Veracruz terminó hacía unas semanas, así que ya nadie ensayaba comparsa ahí. Apenas unas personas estaban comprando hot dogs en una de las esquinas, junto al edificio que en antaño fue una fábrica de tabaco. Veracruz ha cambiado y ya no veo al Veracruz que conocí. He viajado en el tiempo.

El camión va lento, como si el chofer supiera que pretendo percibir el trayecto. Recuperar algo que aún no sé qué.

Busco una construcción de madera, donde antes estaba un viejo sastre. Ya no existe. Creo ver los locales de concreto que tenía al lado. Siguen ahí, y entre ellos, más concreto. La casa-local de madera desapareció. Siempre quise ir a tomar fotos y por razones de tiempo, de olvido y de desidia, nunca ocurrió. Ya no tenía oportunidad. El lugar desapareció, así como el señor que habitó y trabajó ahí.

Sigo observando. Pasamos por el mercado. Fue remodelado. Ya no hay huellas del hollín que quedó tras quemarse un 31 de diciembre, cuando yo aún iba a la universidad, por principios de siglo. Un viejo señor sentado por las partes de las carnicerías bosteza. La virgen de Juquilla está al lado. Cuida de los ladrones o tal vez de que no vuelva a ocurrir un incendio. El inmueble ya no tendrá huellas, pero los locatarios que sobrevivieron y perdieron a alguien siguen con las heridas en el alma.

Miro a donde estuvo un expendio de pan, o donde creo que estuvo. Ya no sé cuál local sea de todos los que tengo enfrente. Recuerdo cuando hace años me bajé al ver ahí dentro a mi amiga Denis. Era de noche. Quizás las siete u ocho. Su figura esquelética y su cabello ensortijado, junto con su piel oscura, no mentía. La espanté. Mi presencia detrás de ella fue como la de un fantasma que se materializa sin aviso. Extraño esos tiempos, cuando en cualquier parte divisabas a un amigo. Todos partimos. Bueno, yo me quedé, aunque no del todo. DF, Córdoba, Veracruz… y ahora, de nuevo entre dos ciudades: Córdoba y Veracruz.

La vieja lona anunciando “Rico pollo” ya no está. La sustituye una de “Carne de res y cerdo”. Al otro lado está un letrero luminoso que nunca había visto. No me detengo a ver que dice, pues busco con la vista una distribuidora de belleza donde estuve a punto de trabajar, aunque en esa época estuve a punto de trabajar en muchos lugares, incluso como recamarera de un hotel, en el cual por suerte me ganaron el lugar. Me despidieron por esos días y tenía hambre… hambre de seguir adelante. Me tenía prohibido dar pasos atrás, sólo me permitía hacer pausa, como esa en la que estaba y que terminó porque alguien más dio play al botón para avanzar.

El parque Zamora se mira desolado. La banca donde antes se ponían los trovadores está vacía. Por años los vi ahí y escuché entonándose. Ya nadie lleva serenata, ni mañanitas. La gente se ha olvidado de las guitarras y las han ido sustituyendo con bocinas que se alimentan de un celular con bluetooth, que al mismo tiempo se alimenta de la internet, YouTube, Spotify y demás plataformas. No me quejo de la modernidad, yo sólo contemplo los cambios que se han suscitado.

La estación de policía sigue ahí. Siempre me he preguntado si no saben de la cantidad de gente que se prostituye y se droga en el parque, y no es que me moleste, sólo que pareciera que en ese espacio no existiera la ley, ni que ellos la representaran. Ahí en ese parque vi por primera vez llorar a Rochy, una amiga a la cual no imaginé que la vería llorar muchas veces más. La impactó mucho ver a un muchacho drogándose con lo que se denomina “chemo”. Habíamos ido a la biblioteca por una tarea. Ella, que venía de un lugar tan pequeño como el mío se encontró con realidades con las que nunca había lidiado. Yo ya había visto mucha maldad, pocas cosas me sorprendían.

Antes de que el parque salga de mi rango de visión veo a tres chicos conversar. Deben ser de los que se prostituyen. No sé. En el parque de mi pueblo nos reuníamos varios amigos hasta tarde sólo para conversar, echar relajo y entretenernos, pues no había cafeterías, antros, lugares agradables para comer. Sólo cantinas. Hombres y mujeres convivíamos casi por igual. Cualquier distancia era cercana y siempre había quien te acompañara de regreso a casa.

Veo un terreno vacío. Ahí hubo una casa que un tío estuvo a punto de comprar. Mi tío ha muerto. Él no está y la casa tampoco. Todo desaparece mientras viajamos en el tiempo, a pesar de que no siempre lo veamos.

Pasamos por donde fue la escuela de música Ricardo Castro. Ya no está ahí. No sé si desapareció o la movieron de lugar. No he querido investigar. Enfrente se levanta un edificio sin terminar, más alto que el Hotel Emporio, que está más adelante. Ahí estuvo un fotoestudio, en el cual revelé fotografías de mi primer cámara réflex. Las primeras de cientos, antes de que la tecnología me rebasara y mi falta de dinero no me dejara actualizarme como quería. Por carecer de una cámara digital no pude entrar a la agencia de fotos Cuartoscuro. Hacía prácticas profesionales en Televisa México y busqué esa y otras oportunidades. 60 mil pesos una cámara digital. En el 2004 aún los precios eran privativos para alguien de ingresos medios.

El recorrido va concluyendo. Lo sé porque el chofer ha imprimido más velocidad al camión. La ruta de la nostalgia va terminando. Por cierto, el Hotel Emporio ya no es el mismo que conocí cuando llegué al Puerto. Lo remodelaron por completo.

Al parecer, los cafés de la Parroquia ─porque son dos, aunque muchos no lo noten─ siguen estacionados en un Veracruz del que ya casi nadie se acuerda. Son como una versión estática de lo que he estado viviendo en este camino.

Llegamos al malecón. Veo las nieves del Güero Güero. Me hubiera agradado una de cacahuate, no obstante, si hubiera tomado la ruta más corta para subir al camión no hubiera revivido tanto y estaría como los que están subiendo ahora: quejándome de que no hay lugar y de irme parada. Sus voces me regresan al ahora. El viaje terminó. Continuará, pero en el presente, un presente que con los años lo veré con nostalgia, mientras viajo en el tiempo.

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