El valor de la mujer. “Lo malo es que le salió niña…” (ensayo)

Por Alejandra Inclán

Una amiga que es procedente de un pueblo de Veracruz y que lleva años viviendo en la ciudad, recibió la visita de su mamá. Las mamás siempre dan los pormenores de todo lo que ocurre en el pueblo, así que le contó de una familiar que había dado a luz hacía poco. Un bebé muy sano, nacido de parto natural, sin complicaciones; todo iba bien en la plática hasta que la señora le comentó: “Lo malo es que le salió niña…” Ella se molestó de inmediato y regañó a su mamá dándole una explicación de por qué una persona no vale menos por ser mujer. No, esta conversación no tiene 20 o 30 años, apenas unos tres.

México ha mutado, se han ganado varios espacios, la mujer por fin tiene oportunidades de realizarse, de estudiar más allá de la primaria, aspirar a la carrera, a no ir a estudiar una licenciatura de “mientras me caso”, sino porque quiere ejercer en realidad. El pensamiento de las jóvenes ha cambiado los ideales de los arquetipos establecidos en antaño. Ya la máxima aspiración no es ser esposa “de”, madre de los hijos “de”, tener una casa y estar detrás sirviendo “a”. No, la mujer tiene su propio lugar en la sociedad. Ella ya no necesita de un marido para que su vida tenga sentido. Su sentido de existir son sus sueños, sus metas, realizarse, cambiar al mundo, disfrutar el sexo sin culpas y sin pensar que sólo es para procrear. La mujer tiene la posibilidad de ser libre en la medida que decida quitarse los esquemas familiares que aún se resisten a mutar, y que prevalecen no por la fuerza, sino por la vía inconsciente.

Pero, ¿cuál es el México en el que vive la mamá de la amiga que mencioné? Ese es uno de los grandes problemas de nuestro país, lo que yo llamo: el clasismo sectorial. No el que discrimina de manera consciente, pues no se puede discriminar lo que uno no tiene idea de su existencia. Muchos no lo perciben porque nunca han salido de sus zonas de confort, de esos entornos que sólo son una parte del país. La mujer es una en un sector y es otra en otro.

Allá en el pueblo donde “Lo malo es que le salió niña”, aún existe el pensamiento de que el nacimiento de una mujer, es una desgracia, porque no se perpetua el apellido paterno, porque la mujer se casa y lo que se le hereda se lo queda el marido, porque la mujer no proyecta más allá del hogar, porque la mujer es una “incubadora” que se encarga de traer y criara a los hijos, mientras el verdadero pesar y trabajo de sostener la casa está en el proveedor: el hombre.

Recuerdo que en los inicios del siglo XXI el cine mexicano tuvo un repunte bastante alto, sólo que la mayoría de las historias se presentaban en un México de barrios bajos. Un compañero afirmó que cómo era posible que nos representaran así a los mexicanos, que en la vida real no estábamos tan jodidos. Fue cuando percibí como es que muchas personas viven ciegos a los otros Méxicos, porque nunca han salido de su barrio de calles pavimentadas, con escuelas cercanas, con todos los servicios básicos, con una casa de concreto y techo de colado, bien pintada, con una presentación agradable a los transeúntes y a las posibles visitas, no porque sea una familia muy limpia, sino porque tuvieron para rentar o comprar en un sector al alcance de alguien de buen trabajo y posición, con la economía suficiente para la mantención. Para los niños que crecen en esos sectores y que no salen de sus contextos, no existen los “Méxicos jodidos”, sino los jodidos, que no han querido superarse para vivir bien.

México está dividido en clases, en pensares anclados a otro tiempo, a una tradición y educación radicalmente patriarcal. Entre menos educación se tiene, el tiempo avanza con más lentitud, el progreso puede llegarles a las manos (celular), mas no ahí donde más se requiere: a sus mentes. Aún no llegan al siglo XXI, porque la educación no les ha llegado a ellos, porque estudiar no es lo fundamental en el ámbito laboral, sino tener el papel que dice que lo hiciste para poder trabajar. Suficiente es con saber leer y escribir de manera funcional. Encontrar anuncios de que con la aplicación de un examen se puede obtener un certificado de primaria, secundaria o bachillerato, se han vuelto comunes, así como los aplicadores que ofrecen las respuestas para que el joven o adulto las lleve aprendidas. ¿Eso es educar? La educación que facilita todo para adquirir un papel y no la educación que representa, condena a seguir en el pasado, porque la mente sin cultivar no tendrá las pautas correctas para vislumbrar nuevos esquemas de vida, fuera de los que se han repetido en los hogares por años, esquemas donde aún es malo que a una pareja les nazca una niña.

Incluso en ciudades, en las que denominamos “colonias populares”, los esquemas patriarcales pueblerinos se siguen presentando, porque no importa de qué te rodees (ambiente “citadino”), sino de la educación que obtuviste.  Yo vivo en una de estas colonias, y cada domingo iba al puesto de una vecina a comer hot dogs o hamburguesas. Ella me preguntó un día que por qué sólo iba los domingos. Le dije que tanto sábado como domingo eran días en los que no me gustaba hacerme nada de comer en la casa. Ella me contestó: “Hace bien vecina, el domingo la mujer no debe de trabajar haciendo de comer, es para que el marido o el novio compre comida y una descanse”. Como ese comentario luego escuché otros similares en las charlas con otras vecinas; como el de una vecina a la cual criticaban y decían que no servía para ser mujer porque no quería tener hijos, cuando eso es la gran realización de una. Tuve que dejar de ir a ese puesto. No podía con esas ideas tan arcaicas y que seguían persistiendo en alguien capaz de manipular un teléfono inteligente, pero no sus concepciones fosilizadas.

Sin embargo, no era culpa de mi vecina. Ella sólo repetía lo que por generaciones arrastraba su familia, y que no estaba dispuesta a cambiar porque no había quien le proporcionara las posibilidades que da la educación. Y es que por biología y porque Dios así lo dispuso, el cuerpo de la hembra nació para ello: para tener hijos. Durante mucho tiempo, para el hombre (y la mujer también), el valor de la mujer estaba en su posibilidad reproductiva, “valor” que sigue hasta nuestros días suavizado en el arquetipo de la madre. Porque la mujer culturalmente ha sido construida sobre la base de arquetipos que no le permitieron desarrollarse cómo persona. Si una mujer estaba casada y no había hijos dentro de ese matrimonio, la culpa era de ella; la esterilidad por mucho tiempo se le atribuyó sólo a la mujer.

Alguna vez platicando con una empleada de limpieza en una empresa donde laboré, ella comentaba que “Esos muchachos que se operan para parecer mujeres, nunca iban a ser mujeres porque no podían tener hijos”. Se refería a mujeres transexuales. Ante esa disertación yo le pregunté: “¿Entonces una mujer estéril no es mujer?” Se quedó callada un rato sin saber qué decir. Para ella lo que te hace mujer estaba en el poder de la concepción. No hace falta decir que procede de una clase baja.

Entonces, la idea de lo que es ser mujer o el propósito de la mujer sigue permeado fuertemente por su capacidad de ser madre. Entiendo que mujeres que no tuvieron acceso a la educación sigan arrastrando arquetipos, y que no vean más allá de los papeles asignados por selección biológica (macho y hembra), no obstante, para las mujeres que estudiaron y que abrieron sus mentes a otras posibilidades, ¿por qué siguen repitiendo estos esquemas?

Observar y escuchar a mis amigas me ha enseñado mucho, y con tristeza he visto que, a pesar de toda la educación formal, la familiar sigue pesando, que aún buscan su valor en un hombre, que la realización de toda su existencia está en los hijos y que no pueden ni quieren vivir sin pareja. Todas las personas queremos tener una compañía idónea, no hay nada de malo en ello, sólo que de manera inconsciente siguen buscando su “valor” en el hombre, ese con el cual no nacieron por ser mujeres.

Yo nunca he podido declararme feminista, porque no creo en una lucha externa, cuando muchas no han entablado lucha una interna con sus arquetipos incrustados, los cuales las conducen a seguir buscando ser la esposa idónea y la madre para los hijos de un hombre. Y lo sé porque he tenido que escuchar a amigas que han estado en marchas luchando contra el patriarcado, y en su relación de pareja son maltratadas psicológicamente, sintiéndose culpables por no ser suficientes para ese hombre que no les da ese “valor” que necesitan, incapaces de dejarlo ir o de echarlo de sus vidas.

También me he topado con el extremo, las que odian a los hombres al grado de no soportar ni su presencia. Los extremos no rompen moldes, sino que crean unos más difíciles de romper. Falta equilibrio en la lucha, el cual debe partir de la congruencia del discurso con las acciones.

La doncella, la esposa, la madre, la abuela; ellas están detrás de cada mujer, cada una a su tiempo diciendo cómo actuar. Entre menos educación, menos capacidad de cuestionar al arquetipo. Entre más tradicionalista sucede igual. El pensar, la reflexión y la observación ayudan a determinar esos arquetipos que se siguen usando como vestidos, pero que se ajustan como armaduras nada maleables. Y a veces el arquetipo es de carne y hueso. La niña se topa con la madre que le va enseñando cómo debe ser una mujer en el hogar, la entrena desde bebé dándole una muñeca para que juegue a la mayor realización: ser madre.

No demerito la concepción, ni el significado de tener un bebé, ni el sentimiento que se vive ante la experiencia de un amor tan puro, libre de condiciones y que no tiene comparación con el que se experimenta por un hermano, una madre, un abuelo, una sobrina, un tío, una amiga, una pareja. Sino el que a una niña se le reduzca el panorama al grado que en su cabeza no existan otras realizaciones, las cuales no tienen que sustituir a la maternidad, al contrario, pueden coexistir y llevarse de manera paralela, o en los tiempos y contextos adecuados. La vida de una madre no tiene que ser una vida de sacrificios continuos. Y una madre debe saber que adquirir ese rol no le quita otros o la posibilidad de tener otros.

Como ya comenté, los arquetipos femeninos fluyen de manera “evolutiva”: la doncella pasa a ser esposa para abnegarse y entregarse al hogar. Ya no tiene que ser cándida, divertida, coqueta, jovial, sonriente. Perdió la soltería y ganó el matrimonio, la máscara es otra, ya no requiere atraer al varón, ya tiene uno, su papel es mantener contento al marido, cuidado y alimentado en un ambiente agradable, donde como proveedor pueda encontrar el descanso requerido para la siguiente jornada. La mujer cuando adquiere el arquetipo de la madre se queda con las “obligaciones” de la esposa, sin embargo deja el arquetipo anterior, el marido ya no es su prioridad, el buen marido debe entender que ella se va a ir entregando a la santa labor de la crianza y que sus deberes conyugales ya no serán tan frecuentes. La madre, si tiene hijas, debe enseñar a las niñas a repetir estos esquemas para que no sea el cimiento débil que derrumbe una cadena arquetípica. Pero los embarazos no deseados ocurren.

La niña deja de ser “niña” a los quince. Se presenta en sociedad como lista para debutar como señorita. La menstruación se presenta entre los 9 y los 14 años, así que para los quince años ya hay seguridad de que puede ser madre. Así que baila un vals, entrega su muñeca y abandona la infancia. Los pretendientes pueden presentarse a la puerta. Pareciera que estoy describiendo una fiesta tradicional en desuso, pero no, quizás sólo está en desuso en tu sector social, ese que sí está en el siglo XXI, con reminiscencias del siglo XX por los abuelos que influyeron mucho en tus padres y otro tanto en ti, sólo que no demasiado como para imponerte esquemas que crees desaparecidos. En alguna ocasión escuché a un chico que estudió fotografía que quería exponer fotos de algo que él consideraba todo un descubrimiento: las casas de Infonavit dúplex. De nueva cuenta me topé con alguien con clasismo sectorial, porque fuera de sus zonas no concibe que haya algo diferente. Sí lo hay, hay muchos Méxicos, en los cuales una quinceañera pasa de tener fiesta de XV a tener boda en cuestión de meses. O antes de los XV. O peor aún: un embarazo no deseado donde el hombre no le responde, dejándola en una situación de futura madre soltera. Según la ONU, 380 mil adolescentes en México se convierten en madres al año. De cada 100 mujeres, 33 ellas, según el INEGI, son madres solteras, en edades entre los 15 y los 54 años.

La madre soltera representa un “problema” arquetípico. Deja de ser doncella, sólo que no se convierte en esposa, se salta ese arquetipo pasando a ser madre. Algo cojea, el esquema es transgredido y la mujer no adquirió “el valor” que le da el hombre. Se supone que ya en la actualidad esto no es un estigma. ¿No lo es? Entonces por qué a una madre soltera le es más difícil conseguir trabajo, conservarlo, tener una pareja estable y que sea aceptada no sólo por el hombre, sino por su familia. La madre soltera tiene que recurrir a las guarderías, o pagar a una persona, o requerirá ayuda de la abuela u otro familiar para cuidar a su hijo, porque no pue de cubrir la crianza y la mantención al mismo tiempo. Esto último desestabiliza una familia, donde una abuela la hará de madre de nueva cuenta.

No siempre la madre soltera es “desestabilidad”, muchas son símbolo de lucha y perseverancia. Estudian, trabajan, crían a su hijo con ayuda de alguien y se superan, sólo que en algunas en su interior siguen cargando el vacío del arquetipo que no encarnaron. Tengo amigas universitarias, madres solteras, con trabajos estables, que durante años han tenido más de una pareja, sin lograr conservar por mucho tiempo una relación, sintiendo que por dentro están como rotas por nunca haber tenido el arquetipo de la esposa. Esto es tan fuerte, que aun con educación está presente, haciendo presión.  

Y es que los arquetipos femeninos de la mujer mexicana están presentes en todas, sin importar el sector social, debilitados por la educación, cristalizados por la tradición, fortalecidos por el atraso cultural, ocultos por los prejuicios silenciosos o la doble moral, aminorados por la globalización, abrazados por los sectores conservadores. Aunque es en el seno familiar donde está el pilar de su permanencia. La madre cuando pasa a ser abuela rompe su molde y se convierte en guardiana de la tradición. Se requiere mucho poder de observación y sentido crítico para sobreponernos al sorprendernos hablando en el mismo tono de nuestras mamás, repitiendo sus frases, sus sentencias, sus creencias. Nos metamorfoseamos en ella, y después en nuestras abuelas. La abuela que vigila que todo esté intacto en la familia, que el siglo XXI no nos alcance y que la mujer cumpla su papel como ella lo cumplió. Que encuentren el valor con el que ellas no nacieron. La que se alegra con el nacimiento de una niña, esperando que también nazca un varón en el siguiente nacimiento, y no tener que expresar algo como “Lo malo es que le salió niña…”

Recuerdo que en sexto de primaria en la materia de ciencias naturales recibí educación sexual: menstruación, el ciclo, anticonceptivos, el uso de estos. Detalles tan mínimos como que el sexo de un futuro bebé lo determina el espermatozoide del hombre. En esas pláticas de mi vecina donde comía los domingos una hamburguesa, otra vecina le contaba que se sentía mal de que a su marido sólo había podido darle niñas, ni un sólo varón. La vecina, sin dejar de hacer hamburguesas le inquirió preguntándole si es la mujer la que da el sexo, o sino era como decían las abuelas, que se debía a la luna. En esos instantes quise preguntarles si al menos habían terminado la primaria. No era posible que escuchara una conversación así, mi raciocinio se negaba, mas no podía negar la cruz de mi parroquia como pueblerina que logró dejar esas concepciones porque tuvo acceso a la educación.

La educación escolar y la educación familiar con apertura es lo que permite brindar otros destinos aparte del de la maternidad. Claro, cada mujer es capaz de elegir y transgredir lo que le enseñaron y tomar su propia decisión consciente o inconscientemente. Somos entidades individuales capaces de tomar nuestros propios caminos y errar o hacer mejor las cosas a como las hicieron nuestros antecesores. La lucha feminista no sólo debe estar al exterior, también debe educar, no enojarse con las mujeres con pensamientos patriarcales (como hice yo en su momento); buscar en nuestra propia psicología esos esquemas que siguen diciéndonos que nuestra realización está en ser esposas y madres, para transformarlos, no destruirlos, para poder verlos como parte “de” y no como un todo. Darnos cuenta de nuestro clasismo sectorial, que lo que ocurre en nuestros entornos no es lo mismo que le ocurre a la mujer de otros sectores. Que la educación no nos está llegando de manera correcta, que todos estamos en el siglo XXI, sólo que muchas mentes siguen viviendo en el siglo XX o quizás más atrás.

“Lo malo es que le salió niña…” Lo malo será que esa niña no tenga las mismas posibilidades de educación, porque ella no está en el mismo México que habitas tú.

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