El que habita la red (cuento)

Por: Alejandra Inclán

«… no puedes desear que muera alguien. Pero puedo hacer que otra persona mate a ese alguien…»

Cuento incluido en el libro Un tiempo mejor.

***

Su primera aparición no me impactó. Sucedió en la computadora del trabajo. Invadió toda la pantalla. Podría decirse que me dio extrañeza. Sin embargo, no tanto. Para mí sólo era una especie de virus arruinando mi máquina. Así que me valió. Menos trabajo si el computador se enfermaba. No intenté investigar qué pasaba. La horrenda y enigmática imagen desapareció y una palabra en mayúsculas quedó en el monitor: “ELECTUS”. La pantalla regresó a la normalidad y tuve que seguir con el trabajo. No se me ocurrió explorar con el antivirus o ver si había posibles daños. Estaba demasiado hastiado y nada me importaba. Sólo pensaba en el estúpido favor que tenía que hacerle a Antonio en la noche. Únicamente quería irme a tomar una cerveza y olvidar esta sociedad estúpida y corrompida.

Hora de salida. De noche. Me puse mi chamarra de cuero. Tenía que correr a alcanzar a Antonio y ayudarle a resolver el problema en el que estaba metido. Maldije en mi interior haciendo una mueca, cuando mi celular sonó. Ni siquiera tuve que desbloquearlo. La pantalla estaba encendida y la misma imagen que vi en la computadora del trabajo, apareció: un rostro de un ser semipájaro, semihumano, mirando de frente, con un pico parecido al de un águila y plumas erectas alrededor suyo; bajo estas se divisaba un cuello de persona. «¡Qué puto virus agarré!», pensé. Su pico estaba abierto y me habló:

─Yo puedo resolver tu problema ─dijo con una voz media, profunda, imperativa y persuasiva.

─¿Qué coños eres tú? ─cuestioné sintiéndome estúpido de hablarle así al celular, como si estuviera en una especie de video llamada.

─Me denominaste virus en tu oficina, ¿no? Puedes decirme “Virus”, por mientras. Mi nombre no importa, sino lo que puedo hacer por ti.

─Eres una aplicación dañina y el creador es el que habla por medio de esta imagen. ¿Crees qué no me doy cuenta?  No soy un loco que se va a creer todo lo que me digas.

─Oh, pero tienes que creerlo. Nunca mencionaste la palabra “virus” en tu trabajo, y yo la vi. Nunca mencionaste el problema con tu amigo Antonio, y yo lo vi, y tan lo vi que ya lo resolví. Checa tu mensajero instantáneo y verás lo que él te respondió.

La imagen de “Virus” desapareció, mi celular volvió a la “normalidad” y pude desbloquearlo. Tenía el ícono de mensaje pendiente de revisión. Lo abrí. El texto decía: «Tienes razón hermano, debo de dejar de huir de mis padres y pedirles ayuda, ellos me tienen que facilitar el dinero, no tú. Gracias». Me quedé helado. Antonio llevaba años sin hablarse con sus padres, desde que se marchó con Fanny. Ellos nunca le perdonaron que abandonara la carrera de medicina, que se hiciera novio de una transexual y que prefiriera trabajar de disc jockey a una profesión. Fanny enfermó hace poco. Hospitalizada. El “buey” sin dinero me pidió prestado. Aun con lo poco que gano no me pude negar. Le di el discurso de que tenía que usar a sus papás, que para eso tenían lana. No quiso. Siempre ha sido un orgulloso y yo alguien que no sabe decir que no ante una situación como aquella.

Vi más arriba de la conversación. Había un mensaje que yo no escribí, aunque mi nombre fungía como remitente: «Ya te dije, acude a tus padres. Cómete tu orgullo y pídeles lana. Que ellos te resuelvan. No vuelvas a molestarme». En ese momento, “Virus” volvió.

─¿Ya me crees?

─No. No sé cómo hiciste esto. Hackeaste mi cuenta del mensajero instantáneo y mandaste un texto a mi amigo como si hubiera sido yo.

─¿Acaso no tenías ganas de decirle eso? Dime que no lo pensaste.

─Sí… bueno. ¡¿Qué te importa?! ¿Cómo hiciste eso? ─dije contrariado.

─Puedo acceder a tus pensamientos. Fuiste electo.

─¿Electo por quién?

─Por Él.

─Él, ¿quién? ─me estaba desesperando.

─El que me dio este propósito. A mí y a mis legiones.

─¿Cuál propósito? ─grité. La calle estaba solitaria. Parecía un loco hablándole al teléfono móvil.

─Vivir en la red y operar desde aquí. Nosotros también nos adaptamos a los tiempos modernos. Nosotros estamos en todos lados.

─¿Quiénes?

─¿Aún no has adivinado?

─No.

─Has leído “El demonio en la botella”. No lo niegues, sé que te gusta leer y buscar lo oculto, lo prohibido, lo místico. Tu curiosidad insana nos trajo a ti.

Me desarmó. Por primera vez desde su encuentro me dio terror. No era un “Virus” común. No estaba hecho por el hombre, sino por la entidad maligna más mortífera: el Diablo. Tenía en mis manos a uno de sus súbditos. ¡En mis manos! Y en apariencia, a mi servicio. Siempre me había preguntado qué haría si pudiera controlar el mal, si pudiera usarlo para combatirse así mismo. Tenía la respuesta conmigo y al mismo tiempo el arma perfecta para mi experimento. Debía tener cuidado. Había sido muy amargado. Inclinado a lo oscuro, porque todo en mi vida había sido un auténtico desastre. No culpaba a nadie en particular, sino a la sociedad, a los políticos, a los ricos, a tanta desigualdad y a la estupidez de la gente. Esa última debía estar tipificada como delito, pero ella era “necesaria” para que siguieran pisoteándonos los que permanecían arriba de nosotros. Soy un pinche anarquista capitalista. Me odiaba a mí mismo por estar en el sistema. Necesitaba hacer justicia…

─Yo soy el demonio que habita la red. Sólo tú puedes usarme, porque sólo tú fuiste elegido. Tengo gran poder. Sin embargo, al hacerte el favor con tu amigo, me encadené a ti. Ahora no puedo proceder sin órdenes tuyas. Todo dentro de la realidad virtual. Tengo límites. Sin embargo, cuando lo que yo escribo es leído, se lleva a cabo dentro del rango de lo posible. Por ejemplo: no puedes desear que muera alguien. Pero puedo hacer que otra persona mate a ese alguien. Si me pides que mande un mensaje a tu nombre y en ese mensaje le ordenas al remitente acabar con la vida de quien te estorba, esa persona buscará hacerlo en la medida de sus posibilidades. Si no lo logra, se suicidará. Así que piensa bien lo que pides y a quién se lo pides. También puedes pedir cosas menos divertidas, cosas buenas o neutras. Una vez leído un mensaje este se borra y no queda rastro de su existencia.

Si lo que decía era posible, tenía que probar e intentar algo. Medité unos segundos. Luego de ello, recordé una situación que me serviría para poner a prueba los alcances del demonio.

─Vi algo en la televisión del trabajo. Una niña que fue secuestrada. Los delincuentes se han comunicado por e-mail desde distintos puntos de la ciudad. No han podido dar con ellos. Acceden a la cuenta, pero no tan rápido para llegar antes de que abandonen la zona donde están. Tú estás en la red, ¿puedes localizar el lugar desde dónde se envía el siguiente mensaje?

─Puedo acceder a los archivos de la policía, ver que e-mail es, y en el instante en que lo usen, saber dónde están y en microsegundos pasar la dirección de IP y GPS localización a la policía, adjuntando un mensaje anónimo a todas las estaciones de la ciudad, con el que sabrán a dónde ir de inmediato a buscar.

─¡Hazlo! Y avísame en seguida de los resultados ─le ordené dominado por mis impulsos de justicia.

─Así será ─y diciendo eso, su imagen se fue del celular.

Me quedé en la oscura calle. Sin ganas de nada, ni de cerveza. Sólo quería irme a casa y leer. Sabía qué era lo que deseaba releer, pero esos libros no estaban conmigo en mi departamento. Quedarían pendientes para cuando me diera el tiempo de volver a acceder a ellos.

***

Nada. Ni una pista de cómo deshacerme de él en los libros que tenía en casa. Quería seguir utilizándolo, sin embargo, no sin un plan de escape. Aunque nunca hicimos un pacto, él dijo que se encadenó a mí por el “favor” que me hizo. Estuve en una trampa. Caí por completo. Cerré el acuerdo al pedirle algo. ¿Cuándo aprenderé a aplacar mis impulsos? Me creía muy inteligente y siempre caía en la misma estupidez de hacer lo primero que mis vísceras me dictaban.

Prendí la tele. Sólo veía noticias. No me gustaba perder el tiempo en otras tonterías. Un reporte especial. La niña secuestrada fue hallada gracias a una fuente anónima. Me asusté. Mi celular sonó. Lo saqué de la bolsa de mi pantalón y vi a Virus. Su pico de águila parecía sonreír.

─¿Has visto? ─dijo con un tono de voz como si quisiera contener la risa.

─Sí… ─le respondí tratando de parecer tranquilo.

─Ahora espera las consecuencias de tus actos.

─¡¿Qué quieres decir?! ─le pregunté, mientras desaparecía de mi vista y la incertidumbre me carcomía.

¿Cuáles podrían ser las consecuencias? La niña estaba a salvo. Sus padres debían estar felices. Ellos no me importaban. Eran ricos, su felicidad debía estar en el dinero ahorrado. La niña era inocente en todo ello. La única que me interesaba. Hice algo bueno. Usé a un demonio para un bien. Las consecuencias serían la tranquilidad de una niña y una sociedad más cercana a la justicia.

***

Desperté tarde. Entraba al trabajo a las 12 del día. Prendí la tele imaginando ver más detalles sobre el rescate de la niña. Algo en mí se cayó. Mi tranquilidad junto con el plato con huevos que había terminado de hacerme. No podía creer lo que estaba oyendo. Ochenta policías muertos. En apariencia todos se suicidaron. ¿Qué estaba pasando? Virus, tenía que haber sido él. ¿Qué salió mal?

Tomé el celular. Apagado. No lo puse a cargar. Le grité con todas mis fuerzas que apareciera y como burlándose de mí se dejó ver, como si su presencia diera energía a la batería del teléfono.

─Te dije que habría consecuencias.

Miré al techo. Azoté el celular y se abrió. La tapa y la batería tomaron rumbos distintos. Aun con ello, él seguía ahí.

─No tienes que ser violento conmigo. No tengo la culpa de tus deseos. Te advertí.

─¿Cuál advertencia? Nunca me dijiste que causarías muertes ─le grité, viéndole desde lejos y sin ánimos de recoger el cel, evitando mirar de cerca su asqueroso pico.

─Yo no causé esas muertes. Tendré la amabilidad de explicarte por segunda vez. Te dije que si mandabas un mensaje y si esa persona no lograba cumplir con lo dictado, se suicidaría. Te sugerí mandar un mensaje anónimo a todas las estaciones de policía, y tú contestaste: “Hazlo”. Aprobaste y lo mandé. De los ochenta y cuatro que leyeron la orden, cuatro cumplieron, fueron los que dieron con el secuestrador y que lo torturaron para saber dónde localizar a la niña. Los demás, al no lograrlo, se suicidaron. Esas son las consecuencias.

Quise pisar el teléfono y deshacerme de él. La impotencia no me dejó. No se libra de un demonio de esa manera. Al llegar al trabajo y prender la computadora se aparecería de nuevo. Me torturaría para intentarlo una vez más y causar un gran mal, como el que había desatado. Ochenta vidas por una sola. Una familia tranquila, por ochenta familias desoladas por la muerte de un ser querido. No, ellos no se habían suicidado. Yo los había matado.

***

Llegué tarde. Mi jefe llegó a mi lugar a reprenderme y a gritar. Lo dejé hablar como siempre. Cuando cerró su asquerosa y apestosa boca llena de brackets, le dije con tranquilidad: «Alguna vez me he ido sin terminar mi trabajo». Negó con severidad. «Entonces venme a molestar cuando me vaya sin hacerlo». Se largó estirando esa boca que sólo su novio podría besar. Siempre se la ha dado de ser muy fino y los dos parecen haber salido del lado más nauseabundo de la ciudad.

Encendí la computadora. Virus me recibió y sin darme tiempo a nada me dijo:

─¡Mátalo!

─No me tientes, porque de verdad quiero hacerlo ─le dije poniendo mis codos en el escritorio, juntando mis manos y recargando mi quijada en ellas mientras lo observaba─. Él no vale la pena. Yo voy por algo más grande.

─¿Qué podrá ser? ─dijo con sarcasmo el demonio.

─Se supone que lees mi mente, así que deja de estar preguntando. No me harás pedir nada sin antes meditarlo. Así que lárgate y déjame trabajar. Te veo en la noche. Cuando piense con real claridad.

─Hasta entonces ─dijo con una aparente reverencia.

***

─Hay algo que no soporto ─dije.

─Dímelo ─dijo Virus con impaciencia. Parecía que le alimentaban mis malsanos deseos y que esperaba desatar el infierno.

─La gente que está en el poder.

El “ser” rio de manera grotesca. Su sonido era como el de un ave gigante siendo estrangulada y gimiendo por no perder el cuello. La mesera se acercó a servir el sándwich y bebida que ordené, alcanzando a oír a esa cosa “reír”. «Qué extraño video juego», dijo y se retiró dejando mi orden en la mesa.

Tiré el celular al lado y me dispuse a comer. El silencio se hizo tremendo. Pesado. La tele al fondo la tenían sin sonido. La hilera de gabinetes rojos estaba vacía. Era el único en todo el lugar. Diez de la noche. Miré mi Coca cola. Negué con la cabeza, no era posible que yo, un enemigo de lo establecido, le entrara a tomar un refresco de la marca que tenía más control sobre la población. Quise tirarla y pedir una cerveza. Miré mi cartera. Mi dinero era escaso. Suelo salir con lo exacto y dejar todo en casa. Odio ser asaltado a mediados de quincena y ya era algo muy habitual en las zonas que frecuentaba. No quería pasar a ser una estadística más.

La temperatura bajaba. Olvidé los guantes, como siempre. Mis dedos lucían azules. Aborrezco tener un cuerpo tan delicado para el frío. La mesera notó mis muecas y cambió los canales de la tele. Cuando llegó a un noticiero se detuvo y volteó a verme. Le intenté hacer una sonrisa. No sé qué me salió, pero me entendió y ahí la dejó. Ya me había hartado de ver videos de tipos y tipas bailando en una carnicería tremenda de prostitución de la imagen y la sensualidad, llevada su máxima vulgaridad.

Le di unas mordidas a mi comida. Mi cel sonó. No me molesté en revisar quién era. Me llevé el aparato al oído. Él, persuasivo, me dijo:

─Deja de comer y mira la tele. Ahí está tu objetivo.

Tenía razón. Era lo que había pensado durante la tarde y al salir del trabajo.

Medité sobre los policías muertos. Policías corruptos con seguridad. No debía sentir pena por ellos. Sin embargo, arriba de ellos había más corruptos. No iba a arriesgarme a pedir una generalidad. Así que fui en apariencia específico. Me quité el auricular del oído. Vi la pantalla. Virus, con su pico abierto me observaba y quería recibir la orden. Lo sentía. «Pinche demonio», quise decirle. Nos habíamos conectado.

─Sí, hazlo, manda un correo a todos los diputados del congreso y sus suplentes, un e-mail que diga: “Suicidarme es lo único bueno que puedo hacer por mi país”.

─¡Concedido! ─respondió en un tono de burla, como ocultando algo.

No había forma de que me jugara chueco esta vez. Quería que el sistema fuera cayendo por sectores. Primero los diputados. Al día siguiente los senadores. Después el presidente y todo su gabinete. Si con ello no aprendían la lección, procedería con los demás sectores públicos. Mandaría un mensaje a los medios de comunicación para que informaran que, si la corrupción política no terminaba, seguiría matando. Así hasta que sólo quedáramos los buenos.

─Así que te consideras bueno ─dijo Virus sacándome de mis pensamientos.

─Estoy usando el mal para algo bueno, te estoy usando a ti. Eres mi esclavo. Me obedecerás.

─Te obedezco. Pero hay alguien por encima de ti y de mí, y es quien me puso en este contenedor y sus órdenes previas son las que me gobiernan.

─Eso ya lo veremos ─le dije con tono de reto.

─Eso ya lo verás ─me contestó muy seguro de sí.

Apagué mi celular y terminé de comer. Me apuré a llegar a casa. Estando ahí, pude pensar en dormir. Creía que lo haría con tranquilidad. No obstante, el presentimiento de que algo iba mal en extremo, me invadió, y el insomnio me llegó.

***

Tenía que encontrar la forma de deshacerme de él. Me estaba convirtiendo en algo que no era yo. Mis deseos oscuros se estaban retorciendo. Ni siquiera estaba disfrutando de los resultados. En lugar de mejorar las cosas, estaba creando un caos. Me estaban buscando. Tenía que haber un responsable de los últimos acontecimientos que sacudieron al país, los cuales calificaron de manera acertada como: “sobrenaturales”. Aunque era imposible encontrarme. Todo mensaje una vez leído, es borrado y no deja rastros, dijo él.

En la biblioteca debía hallar la respuesta. Dejé el celular y cualquier cosa tecnológica en casa. Pero la tecnología está en todas partes. A donde fuera él me seguía. Se aparecía en los monitores lejanos. Me gritaba. Me llamaba con insistencia. Sabía que quería matarlo. Tenía miedo de mí porque podía encontrar la forma de hacerlo.

Entré a la biblioteca. Sábado. Me importó un carajo el trabajo. No fui. Necesitaba resolver las cosas. Eran las cinco de la tarde. La bibliotecaria me miró con desagrado. De seguro pensaba irse temprano. Lo primero que me dijo es que cerraría a las seis. Le dije que no importaba, que haría unas consultas rápidas. Me señaló las computadoras para buscar las secciones y estanterías donde estarían los libros que me interesaban. Le negué con la cabeza. No quería usar ninguna computadora. Le mencioné los tres únicos libros que necesitaba.

Tal vez por profesionalismo o por abreviar tiempos, ella misma me señaló los caminos para encontrar los volúmenes.

Me interné en los anaqueles. Ella no parecía invadida por el terror colectivo que había en las calles.

Sólo algunos diputados se suicidaron, diecisiete en total. Los 483 restantes, seguían vivos. «Nunca tomaste en cuenta que esa gente inútil, apenas y saben contestar una llamada. Todo lo hacen sus asistentes», me dijo ese puto demonio cuando me enteré. “Suicidio masivo de asistentes de diputados”, decían los titulares de medio día. ¿Cómo pude ser tan estúpido? ¿Cómo no lo pensé?

Al fin y al cabo, estaban metidos en la política, sólo que no eran el objetivo y estaba dando vueltas sin hacer algo que valiera la pena. Me estaba gustando matar. Él estaba provocando que no me preocupara por mis objetivos, sino por el hecho de saber que morirían.

«Matar no es la respuesta. Debo reiniciarlo todo», pensé cuando terminé de leer con rapidez los pasajes de Las mil y una noches, El demonio en la botella y Las clavículas de Salomón. Sabía cuáles eran las partes necesarias, pues para mí era una relectura de lo que ya hace años había estudiado.

***

Me dirigí a la salida llevando bajo mi camisa uno de los libros. Necesitaba repasar algo de él y memorizarlo. Pasé sin mirar a la bibliotecaria. No me hizo preguntas. Eran las 5:59 pm. Un chico la esperaba. Un novio muy joven o un hijo. El caso es que me ignoró. Temí que aun con el código de barras que destruí de la pasta del libro sonara la alarma y me atajara el guardia de la salida. No hubo ningún pitido. ¿Quién roba libros en este país?  Me fui a toda prisa y sin mirar atrás.

El demonio ya no me martirizaba. Puse mi mente en blanco. Utilicé unas técnicas de respiración y un par de ejercicios zen de mi época mística, en la que viví obsesionado con las sabidurías orientales. Mi búsqueda por huir de la complejidad de la civilización por medio de tantos estudios, debía servirme de algo. Caminaba y no caminaba. Veía los semáforos y no los veía. Avanzaba y nada me sacaba de la meditación. Mi mente inconsciente me guiaba. Recorrí veintitrés cuadras de esa forma. Llegué a las escaleras de mi edificio. Subí sin apuro. Abrí la puerta. El cel que había dejado en la mesa sonó. Me dirigí a él.

─Soy Andras ─me dijo, tal y como me saludó en la mañana.

Un demonio jamás revela su nombre, porque por medio de este se puede encontrar la manera de controlarlo. Si lo hace, es porque ya está encadenado a algo, así como Andras a la Internet. Un genio no se puede destruir, sólo cambiar de contenedor, el cual antes debe ser roto. Una botella con un demonio no puede ser rota. La Internet era la botella, pero es un espacio virtual, intangible, sin aparente cuerpo.

─Sé quién eres. Estás encadenado a mí y te pienso liberar.

─Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja ─rio con tanta fuerza que su chillido inundó todo mi cuarto.

Ilustración de Américo Soriano, creada especialmente para este cuento

─Tu poder procede de la manipulación. Si te libero de mí, no podrás hacerlo más, no conmigo.

─No hay forma de hacerlo. No eres Él. No eres más que un simple humano ─me dijo con seguridad y firmeza.

─Un simple humano al que tienes que obedecer. Fui “Electus”, ¿no?

─¿Me pedirás que ahora mande mensaje a los sacerdotes para que me exorcicen?

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