Los nuevos contextos de los escritores

Por Alejandra Inclán

Pienso en García Márquez y en Hemingway; historias como las de ellos ya no suceden, o quizás no me suceden. No tengo Francia, no tengo México, sólo tengo su pobreza. Mi falsa burguesía se compone de una televisión con manchas en la pantalla, una laptop a la cual ya no le sirven algunas teclas y con una batería que apenas me dura cinco minutos; un par de muebles, muchos libros y lo más valioso, Ana, mi gata.

Llevo nueve años escribiendo, con una constancia que hoy me admira, porque ya la perdí y no recuerdo cómo la obtuve o, mejor dicho, no recuerdo dónde dejé la voluntad para aquella disciplina.

Leer a los autores mencionados, me ha mostrado que hay mucho de persistencia, y también, un contexto que no es el que vivo, pues ha mutado para ocultar las oportunidades o dejarlas a los cercanos; las editoriales están saturadas de manuscritos malos (entre ellos algunos míos), editores que no tienen tiempo de revisar más de dos páginas, que pierden grandes historias que necesitan demasiado trabajo para funcionar, y así ser ese éxito que ahora se lo lleva a Wattpad u otro sitio de internet, en los que encontramos escritos plagados de errores, clichés absurdos, pero rebosantes de likes.

Siempre me he preguntado qué harían los editores de hoy si obras como Rayuela, El ruido y la furia, Caza de conejos o Ulises, no hubieran existido y escritores desconocidos se las entregaran; sin duda no pasarían de un par de cuartillas revisadas y los rechazarían. He aprendido que hay mucho de suerte, porque suerte es lo que se tiene en verdad cuando mandas la segunda mitad de tu manuscrito y aun así el editor se interesa, tal y como le pasó a Gabo con Cien años de soledad.

Hoy abundan los talleres literarios y muchos te dicen que los tomes, que sólo así se logra el nivel de publicación que exige el mundo editorial, pero me pregunto si García Márquez y Hemingway tuvieron que tomar algún taller. Claro que no, sin embargo, no se puede negar que su dedicación al periodismo les hizo ejercitar el diario escribir.

Así que la constancia sí juega un papel fundamental, y la ejercí, sólo que tengo el vicio de comer y vestirme, así como de comprar libros y tomar café. He necesitado trabajar en actividades lejanas a la escritura. No me hago la martí, no soy la única, muchas personas que escriben no viven de ello, pero al menos han brillado más de una vez. Y no me refiero a la fama, ¿esa qué?, sino el poder poner tu escritura cerca de muchos lectores.

Ante esta situación, han surgido varios fraudes editoriales que prometen hacerte brillar a cambio de dinero. Pagar para que te publiquen. Es una opción, no obstante, su fraude está en hacer creer que esa es la manera, siendo que en realidad son imprentas o en el mejor de los casos “servicios editoriales”, que según te revisan tu texto y maquetan tu libro, por pagos que pueden ir de los 10 mil pesos a más de 50 mil pesos.

Un autor es una apuesta y debe seguir siendo una apuesta, no se puede lucrar con el que proporciona el material para poder crear un libro, sin autor no hay libro. Puedes saltarte al corrector, la imprenta y la distribución tradicional, pero sin autor no hay historias que publicar. Y aún con ello se le sigue pagando de un 5 % a un 10 % de regalías.

No parece justo, ¿verdad? Ahora, los editores priorizan a los autores que ya saben seguros, donde no hay fallos y con los que ya se sabe cómo trabajar. Compadrazgo y claro, comadrazgo. Apelando a esto último, en los tiempos actuales, en el afán de verse “progres”, las editoriales empiezan a dar voz a las mujeres, sin embargo, los mismos nombres aparecen una y otra vez, si hay diez mujeres conocidas, por ejemplo, sólo a esas diez se les da la oportunidad de destacar, y si son de CDMEX, mejor, las de provincia no venden o no pueden hacer la debida promoción. Hay excepciones, no diré que no, y muy valiosas, pero si una da una mirada al Mapa de escritoras que creó Esther M. García, no hay todavía una verdadera representatividad de una escritora por estado de la república, ni en antologías, ni en libros en solitario.

Hoy, como ya comenté, todo se reduce a cuántos likes tienes en alguna red social, pero que sean mínimo de 100 mil en adelante, y quizás así brilles como para tener una oportunidad y te hagan sus compadres o comadres de las editoriales.

No, los tiempos de Hemingway y de García Márquez ya no se dan, porque no se prioriza la buena literatura, sino la popularidad (en redes sociales o entre ciertos círculos restringidos) y que puedas escribir algo que se pueda vender, aunque sea en su mayoría basura.

La pandemia nos trajo muchas esperanzas, los fosilizados tuvieron que quitarse la negación a la digitalización de libros, poner en venta su catálogo por Amazon o crear su propia plataforma. También abrió los ojos a muchos escritores, quienes buscan opciones independientes de publicación ante tantas puertas cerradas. No dudo que en el futuro sigan cerrando editoriales, porque los autores ya no querrán publicar en ellas, lo cual hoy podrás negar, como en años anteriores negaban que el libro electrónico fuera tomado en serio. Como siempre, el tiempo será quien muestre las consecuencias de la cerrazón.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Siento un escarnio al leer estos párrafos, ya que hay una verdad bien agria, cruda y bastante desalentadora. Yo también me hago esa pregunta:¿Dickens(que al igual que Hemingway y Márquez escribía crónica), Fitzgerald, Rulfo, Cortázar, Tario, Maupassant, Joyce, Below, Pacheco, Arreola, Garro, Castellanos, Lispector, Carver, Chejov Fueron a talleres? No. Y o que lograron, pero eran otros tiempos.

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