Escribir para decir algo

La inquietud de escribir. De trasmitir. De formar frases. De decir algo. Las motivaciones por las cuales alguien quiere escribir pueden ser diversas, y algunas veces equivocadas, como “el querer ser famoso”. Que lamentablemente, aunque es un propósito que se puede perseguir, escribir puede dar o no ese fruto. Así que lo aconsejable es mejor realizar otra actividad menos dura para alcanzar la fama y por plataformas distintas a las que utiliza quien quiere seguir el oficio de escritor.

La escritura nació para transmitir algo. Por eso escribimos, ya sea desde un twitter, un estado de Facebook o cualquier otra red social. Lo que falla en muchas ocasiones es el cómo lo decimos. Si como emisores no codificamos un buen mensaje, los perceptores no lo recibirán de forma adecuada.

Cada que escribimos en el ciberespacio es un grito donde le decimos nuestros contactos: “¡oigan, tengo algo que decir!” Bajo esta premisa podemos decir que escribimos para decir algo.

Pero qué pasa cuando queremos ir más allá del internet, y llegar a los libros. Contar historias, crear historias, recrear historias o contar nuestra propia historia.

En los últimos años he visto muchos jóvenes que desean ser escritores, que sueñan con tener un éxito comercial tremendo, como los que tienen diversas sagas. Incluso hay algunos que les conocí ya con novelas escritas, y con una ansiedad de ver ya su historia en cine. Y digo, no está mal soñar, sin embargo, entre más te proyectes en el futuro eres más propenso a sentirte decepcionado ante la cruda realidad que representa el ámbito editorial.

Soñar es bueno, es fantástico, nos alimenta, nos inspira y nos puede mover a caminar hacia nuestras metas y materializarlas. Esa es la parte positiva. La negativa es cuando nos quedamos en el sueño y vivimos en el sueño sin hacer nada real para obtenerlo, aunque a veces pensamos que si estamos en ello.

En el poema “Si”, de Rudyard Kipling, podemos leer: Si puedes soñar y no hacer de los sueños tu amo. No te quedes en el sueño. Escribe. Pero antes de escribir descubre que tienes que decir.

Cuando llegamos a éste punto, nos enfrentamos a la difícil tarea de tener un tema. Es cuando decidimos si lo que vamos a contar será producto de nuestra imaginación o nos basaremos en hechos reales, experiencia personal o, por qué no, datos duros, en caso de que lo nuestro sea el ensayo y no formas narrativas como el cuento, la novela y la poesía.

Si ya tenemos el tema o aún estamos determinando cual será, hay algo que nos puede servir de motor y referencia: la lectura.

Si quieres escribir sobre ciencia ficción, hay que buscar autores de ciencia ficción, ir a las bases, a quienes se consideran los máximos exponentes. Analizar cómo narran, cómo dicen ellos sus ideas. Y también imitar. No se trata de convertirnos en ellos, imitar no quiere decir copiar, sino aprender de su estilo para ir adquiriendo el nuestro. Nuestros primeros escritos pueden terminar siendo homenajes a grandes autores, y por homenajes no me refiero a hablar de ellos y de su obra, sino el tomar prestados sus recursos.

Debemos recordar que el hilo negro ya se inventó. Innovar en la escritura es algo difícil y puede que lo que tú creas innovador ya haya sido hecho por alguien más. Así que no te preocupes por encontrar un tema muy original, porque lo importante no es si se ha hablado o no del tema, sino cómo hablas tú de ello.

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Cualquier tema puede ser interesante si es bien narrado. Por ejemplo, si hacemos un ejercicio narrativo y a partir de una palabra nos piden hacer una minificción, lo podemos lograr de tal manera que cause un impacto no imaginado. Usemos la palabra “lápiz”:

Empecé a acariciarte desde tu cabeza. Tu textura se sentía extraña. Fui bajando de apoco hasta llegar a tu parte baja. Acaricié con ansiedad tu punta. Me excitaba pensar lo que saldría de ti. Mis dedos se estaban manchando. Algo excitante llegó mi cabeza y te llevé a mi boca. Mi lengua te acarició y te dirigí a donde te necesitaba, en mi cuaderno, para que tu grafito lo acariciara y escribiera la primera palabra. 

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La palabra “lápiz” ni siquiera es mencionada, pero está implícita totalmente. También hay un erotismo implícito, con lo cual muestro que hay distintas formas de hablar de algo, dándole un sentido no esperado. Tenía algo que decir, contar una historia con la palabra “lápiz”, fue el “cómo” lo dije, lo que hace especial éste microcuento.

Ninguna historia es aburrida, es cómo se narra lo que le hace entretenida, interesante, apasionante, excitante.

Hay ocasiones que el tema ya está y no sabemos cómo iniciar, de qué manera arrancar. Y no se trata de tener la frase inicial solamente, sino de saber hacia donde queremos llevar la historia. Aunque existen escritores que inician sin saber exactamente a dónde les llevará su historia, la idea general ya está en su cabeza. Tienen perfilado el personaje principal y la situación que va a vivir.

Lo ideal es conocer tanto el inicio y como el final. Tener tu salida y tu meta. Si sabes a dónde vas te será más fácil explorar las formas en que llegas a tu meta.

Y aquí hablamos de una manera lineal de contar, pero esto puede ser transgredido, puedes empezar por el final e ir desarrollando cómo es que llegarás a ese final ya expuesto, lo cual se logra sabiendo a dónde queremos ir.

Lonely girl with suitcase at country road dreaming about travel.

Si les preguntara cómo puedo ir de Veracruz a la Ciudad de México, me podrían contestar que por autobús, avión, o en coche, eso si tengo vehículo. Sin embargo, a pocos se les ocurriría decir que puedo ir en bicicleta, en moto, o a pie.

Pueden sonar situaciones extremas de trasladarse, yo les veo como opciones poco contempladas y que pueden ser muy interesantes.

¿Cómo podemos encontrar diversas opciones en la literatura para narrar? La respuesta es sencilla: leyendo libros de distintos tipos. Si yo sólo leo un tipo de literatura no tendré muchos ejemplos con los cuales apoyarme.

Hay que leer, incluso hasta los libros malos, porque al menos con ellos sabremos lo que no debemos hacer.

El hábito de la lectura es difícil de obtener y más difícil de mantener, y no porque sea tedioso, sino porque no encontramos el tiempo para hacerlo. Si no hay tiempo para leer, tampoco lo tendremos para escribir. Por ello hay que forjarse una disciplina, la cual no hay que confundir con obligación.

Tengo un amigo músico que por las tardes cuando le decía que fuéramos a tomar un café, me decía: “Tengo que llegar a practicar la guitarra”. A lo cual le dije: “¿Por qué lo dices como si fuera una obligación y no algo que disfrutas?”

Lo que se disfruta no debe sentirse como algo obligatorio, pero si podemos fijarle ciertas reglas para que tengamos un orden y dedicarle un tiempo al día o a la semana.

Una buena forma de ir tomando ritmo en la lectura es comprar un libro de cuentos y leer un cuento por día o cada tres días o al menos, uno por semana. No acabaremos el libro rápidamente, pero cada cuento nos irá mostrando formas de narrar muy precisas, porque aunque no lo crean, es más difícil lograr escribir un buen cuento a una buena novela.

Claro que me argumentarán que con una novela puedo llevarme meses o años, cuando un cuento lo puedo acabar en una hora o como decía Cortázar, de una sentada. La diferencia es que la novela al ser tan amplia puede por momentos ser floja, soltar el ritmo o desviarse. El cuento no puede darse esos lujos, porque si no, aunque lo terminemos de leer nos dejará la sensación de ser malo o mediantemente bueno.

El cuento es lo que no se dice, es esa sensación que nos deja pensado en todo eso que se dejó fuera presentando un hecho. Creo que por ello el cuento se lee menos que la novela, porque en la novela por lo regular se resuelve la mayor parte de los conflictos expuestos, en cambio en el cuento puede que se dejen muchas cosas abiertas y sin decir.

Ese efecto logra mover los engranajes de nuestra imaginación y pensar en que nos quiso decir. Y la imaginación es otro de los grandes elementos necesarios para escribir y decir algo.

Hay microcuentos que se han ocupado en muchos talleres como estimulantes para el desarrollo de una historia, y entre los microcuentos más cortos en español tenemos:

 

El dinosaurio

Augusto Monterroso

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Y cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

 

“El emigrante”

Luis Felipe Lomelí

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─¿Olvida usted algo?

─¡Ojalá!

 

Luis XIV

Juan Pedro Aparicio

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Yo.

 

¿Qué hay detrás de estás minificciones? Y no se trata de adivinar la intención del autor solamente, sino de hacer también nuestra versión y ampliación de la historia. Es ese ejercicio imaginativo lo que nos va indicando las posibilidades que podemos tener con un mismo tema.

Los cuentos muchas veces van más allá de la historia narrada, pueden tener una carga simbólica y mensajes entre líneas. Uno de ellos es La sirenita, de Hans Christian Andersen. Tal vez muchos no lo sepan, pero él se sintió atraído por hombres y fue rechazado por estos. Podría decirse que él era homosexual o tal vez se sentía mujer. Por ejemplo, escribió a Edvard Collin: «Languidezco por ti como por una joven calabresa… mis sentimientos por ti son como los de una mujer. La feminidad de mi naturaleza y nuestra amistad deben permanecer en secreto». Collin, por su parte escribió en sus memorias: «No me encontré capaz de responder a su amor, y eso causó al escritor mucho sufrimiento»

¿Pero que tiene que ver esto con un cuento “infantil”? Analicemos esto desde el cuento original y no la versión de Disney.

  • La sirenita se enamora de un príncipe. Lo salva de ahogarse en el mar y al verlo a salvo, desde lejos, se da cuenta que ella necesita transformarse para estar con él.
  • Consigue ayuda de una bruja. Esta le dice: “cada vez que pongas los pies en el suelo sentirás un terrible dolor”.
  • En pago, la bruja le quita su voz.
  • Finalmente, la bruja le dice: “si el hombre que amas se casa con otra, tu cuerpo desaparecerá en el agua como la espuma de una ola”

Hans Christian Andersen, al parecer refleja su frustración de uno de sus amores no correspondidos, dando entender que para que esa persona le quiera necesitaría transformarse, lo cual, de haber sido posible en ese entonces, hubiera sido un proceso doloroso y con secuelas (el terrible dolor en los pies). De lograrlo, tendría que haber escondido su pasado para no ser repudiado, en otras palabras, como si hubiera perdido la voz. Y aún con ello, cabía la posibilidad de que su amado no se fijara en ella, sino en otra y sentir deshacerse como la espuma de una ola. Claro, esta es una interpretación, puede haber otras.

Andersen escribía porque tenía algo que decir y escogió una forma simbólica de hacerlo. En un nivel de lectura podemos decir que sus cuentos son para niños, pero en otro, vemos que el lector que sabe explorar en profundidad, encontrará algo más.

Cuando nuestra imaginación no esté suficientemente estimulada para crear ficciones, podemos optar por hablar de algo de lo que siempre tendremos la máxima autoridad para hablar: nuestra experiencia personal. Es una forma de empezar a mover la pluma y ejercitar la narración. Claro, a muchos no les motivará en nada hablar de su vida y exponerse, y estoy de acuerdo. Por ello Hans Christian Andersen uso el simbolismo. Y no ha sido el único.

Franz Kafka, en su novela corta La metamorfosis, nos narra cómo Gregorio Samsa se despierta un día convertido en un insecto de tamaño humano. Ante esto, su familia no sabe qué hacer, lo tratan mal y con repudio y él es consciente de ello, lo cual no dista del trato anterior antes de su transformación.

Entre las interpretaciones de esta novela, está que es una especie de autobiografía de Kafka, quien odiaba ser oficinista y que tenía una mala relación con su familia y especialmente con su padre (lo cual vemos en otra de sus obras “Carta al padre”). Lo narrado en su obra parece decir que a él lo hacían sentir como un insecto.

Con estos dos últimos ejemplos quiero decirles que no se tiene que ser tan literal a la hora de hablar de uno mismo, de nuestras vivencias o incluso de las vivencias de otros.

Quienes queremos decir algo debemos ser buenos observadores y aprender de las experiencias ajenas. Hay un viejo dicho de las mamás que dice: “Nadie escarmienta en cabeza ajena”, bueno, los escritores sí debemos aprender mucho de las experiencias ajenas.

Y esa observación la debemos llevar a la lectura y extraer de ella las formas como queremos contar nuestras historias.

Para aprender a hablar tuvimos que escuchar mucho y practicar las palabras. Fue un proceso. En la escuela aprendimos a leer y escribir, a cierto nivel, esas fueron nuestras primeras bases. Pero si realmente queremos evolucionar y decir algo valioso, impactante y que trascienda, debemos cambiar nuestro nivel de lectura, desvelar y descifrar los “cómo”.

Si tú ya sabes que decir, también sabrás que lecturas buscar para decir de la mejor manera algo. Los libros están a nuestro alcance, con historias que nos servirán de ejemplos, base y motivación para lograr nuestro objetivo: Escribir para decir algo.

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