Dos capítulos de La pieza que me faltaba

Capítulo 1

Mi primer recuerdo es el de Amalia corriendo tras de mí. Tenía tres años. Casi cuatro. Mi cabello negro y mi piel blanca, que con el tiempo se volvió apiñonada. Eso es raro, pero hay cosas más raras en mi vida. Quiero a Amalia, quiero a Dulce, quiero a Daniela. Mis tres madres. Las tres bonitas y diferentes. Las tres sonrientes. Bueno, Daniela un poco menos, tan autoritaria, y aun con ello suave y tierna cuando algo me pasaba.

Amalia siempre hacía esfuerzos enormes para alcanzarme, mientras gritaba: <<Carlos, Carlos, deja de correr así, te vas a ensuciar el vestido>>. Ya no me llamo Carlos. Dejé de hacerlo. Me bauticé como Karol. <<Karol, Karol, deja de correr así, vas a ensuciar tu vestido>>. Así es como me gusta recordar aquella escena.

***

Ese domingo 9 abril del 2006 me encontraba frente a ellas. A pesar de haberles visitado a mis 14 años no salían de su asombro al verme como una mujer de 18. Me amaban, lo sabía, se les veía en los ojos. Fui su niño, como me dijeron aquella ocasión.

Pasaron cuatro años. Fueron momentos muy difíciles, tanto que contarles, tanto que decirles. Mis motivos, aparte de hablar de mí, era el regalo que les pedí por teléfono cuando tenía dieciséis años y que ellas prometieron darme cuando fuera mayor de edad: conocer mi origen, de dónde vine, quién me regaló y por qué me dejó en el orfanato. Las reglas prohibían cualquier contacto con los familiares que se desprendían de manera definitiva de sus hijos, sin embargo, me había convertido en mayor de edad e iba por las piezas que me faltaban para rearmar el rompecabezas de mi vida y así dejar tantas cosas atrás, remover lo que me sobraba y agregar lo que necesitaba.

¿Quién era mi mamá biológica? No debía importarme. No quería que me importara, mas mi corazón latía por la incertidumbre, por saber por qué no me quiso, si me hubiera apoyado, aceptado y conducido con sabiduría como lo han hecho mis queridos padres adoptivos. Cómo no amarlos. Sobre todo a mi papá, quien tan fuerte me abrazó cuando yo lloraba y lloraba, diciéndome que arreglaría todo, que si quería ser niña me acompañaría a lo que fuera necesario. Mi mamá Ana fue más temerosa, siempre dudando, aunque la entiendo, ha sido su manera de decirme que me ama, que se preocupa y que nunca quiere que me pase algo. Soy una chica con suerte. No todos los huérfanos son adoptados y mucho menos comprendidos de tal manera.

<<Soy feliz, mamá, lo he sido sin ti>>. Eso es lo que quería decirle a mi madre biológica. Perdonarla y olvidarla como ella me olvidó. ¿O tal vez no lo hizo? ¿Cómo saberlo? Solo estaba segura que Amalia, Dulce y Daniela tenían muchas respuestas. <<Dios quiera hoy sí me dejen saberlas>>, pensé cuando estuve frente al orfanato.

Capítulo 2

Al estar delante de la Casa Hogar Providencia me pareció enorme, a diferencia de cuando la vi a mis 14 años. Distante. Intimidante. Etérea. Como un fantasma benéfico que a pesar de sus buenas intenciones da miedo a personas como yo, a quienes se les cae el temple ante la proximidad de aquello que desea, y que al verle tan cerca no cabe otro pensamiento más que huir.

Dulce me recibió en el portón del patio. Apenas abrió me abrazó y me besó.

─Hijo, digo, hija, perdón, perdóname, soy una tonta como siempre ─me dijo muy apenada, roja de la carita blanca y redonda. Dulce, muy gordita, chistosa por ese caminar que tenía debido a su obesidad, con mirada como de niña regañada, siempre disculpándose con gran pesar. La veía más bajita. Pero quién no luce así ante una chica de 1.77 metros. Ella apenas con 1.50. Daniela era la más alta de ellas y Amalia la de en medio.

Sonreí y le dije que no se preocupara, que entendía que a pesar de todo hacía el esfuerzo y eso era lo que contaba. Me tomó de la mano y rodeando la casa, me condujo al patio trasero, donde había tres sillas. Una ocupada por Amalia y las otras vacías.

Daniela estaba a lo lejos en ese patio inmenso, que contaba incluso con su propia cancha para voleibol y basquetbol. Daniela tenía a las niñas haciendo ejercicio. Siempre la relaciono con aire militar. Muy disciplinada, caminar recto, muy educada, correcta y entregada a las que considera obligaciones. Nadie se salvaba de una reprimenda de ella, si es que la merecíamos. Ello me ayudó a tener carácter, porque no era una figura de miedo, sino de aliento y de lo correcto. La más joven de ellas, guapa, piel apiñonada, cabello pelirrojo natural y lacio, delgada. 45 años debía tener si no me equivocaba en mis cuentas. Dulce y Amalia tenían 10 años más que ella.

Amalia salió corriendo al verme. Tiró la silla al levantarse. Sin importarle llegó a mí. Me abrazó fuerte y me besó en la frente.

─Ahora soy yo la que tiene que cuidarse de no caerse y ensuciar su vestido, mi bella Karol. Te he extrañado tanto. ¡Te esperábamos con ansias! ─me dijo mientras la observaba. Sus ojeras eran profundas. Su piel blanca, un poco flácida en el rostro. Su cabello negro y ondulado, un poco descuidado. Traía el delantal puesto, solo para dormir o salir a las compras se desprendía de él. La sentí más delgada al abrazarla, y eso que siempre ha sido algo gruesa, sin llegar a estar como Dulce.

─Así es, ansias de verte ya ─dijo Daniela, que sin darme cuenta estaba al lado nuestro─. Mi niña. Qué linda. Cambias y no cambias. Ese aire de rebeldía de tus 14 años parece haberse estabilizado; pareces otra, más madura y con un semblante que te hace ver mayor de 18. Has pasado por mucho… lo veo en tu mirada.

No la dejé continuar y la abracé. Nunca he entendido ese don que tiene para desnudar el interior de las personas con solo verlas. Hasta ese momento me di cuenta que era más alta que yo por algunos centímetros. Sus zapatos eran de piso y estábamos a la misma altura, a pesar de que los míos tenían una plataforma pronunciada.

─Siempre serás nuestra consentida, lo sabes. Bienvenida. Toma asiento por favor ─me dijo señalando las sillas con la mano abierta─. Dulce no traigas otra silla, debo permanecer de pie para supervisar el juego de las chiquillas, no me alejaré mucho de ustedes para enterarme. Ya tocará mi turno de hablar con Karol, por lo pronto empiecen ustedes; saben que tengo buen oído y escucharé sin problemas.

─Tú siempre tan al punto, Daniela ─dijo Dulce con una mueca como de molestia, pero con una risa escondida─. Mira a la niña, debe tener hambre, son las 10:13 ─dijo mirando al reloj ─¿Ya desayunaste, mi amor?─ me dijo mirándome y yo sonreí asintiendo.

─¿Ves? Pueden empezar a conversar. Un día será nada ante todo lo que tenemos que contar. Y te incluyo Karol. Tú también tienes que ponerte al día con nosotras. Digo, creo que aún seguimos siendo “tus tres madres”, ¿o no?

─Siempre lo serán. Lo saben.

─Oh, Daniela, no seas tan ruda con Karol ─intervino Amalia─ Karol prometió pasar el día entero aquí, así que vamos paso a paso. Como dices debemos sentarnos, porque lo que hay que contar no es fácil de decir y entre más tarde se nos haga, menos palabras podremos utilizar y a mí no me agrada resumir cuando hay tantos detalles. Aunque puede que lo haga un poco. Porque así como me gusta contar me agrada escuchar, y tú Karol por teléfono nos dijiste que también nos contarías todo lo que ha sido tu vida desde que dejaste este lugar. Sé que hay cosas que ya sabemos, mas no hay pretexto. Hoy nuestras historias se complementarán.

─Espero así sea, Amalia ─le dije con un suspiro.

─Entonces tomen asiento las tres, más vale comenzar de una vez ─dijo Daniela y al mismo tiempo Amalia y Dulce me tomaron cada una por un brazo, conduciéndome a la sombra de la casa y del gran árbol donde estaban las tres sillas.

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