Un capítulo de No era quien me dijeron ser: Juego a ser niña (mi 6 de enero)

Juego a ser niña (mi 6 de enero)

Juego con mis muñecas. Juego a ser niña. Juego con esas preciosas y adorables personitas de plástico. Con el anhelo lejano de lo que nunca poseí. Con la etapa que en mis primeras edades no tuve la dicha de vivir.

Veo a la pequeña Ana, y me pide que la abrace. La pequeña Elsa tiembla ante el posible contacto. Ella es más como yo, una antisocial. Pero me quiere. Sé que me quiere, porque ella es lo más parecida a lo que fui antes de crecer. Otilia está pensativa en su columpio. Elegante, altiva. Llena de delicadeza. Con su vestido victoriano de alta costura, con su cara tersa de porcelana. Ella está feliz. La empujo para que sienta el vaivén del viento y empieza a sonreírme.

Soy la niña que nunca fui. La que nunca cargó una muñeca. La que se quedó esperando. A la que jamás le valió una lágrima. La que cada día se perdía en el mar de confusión. La que odiaba el trato que le daban. La que temía ser lastimada.

Papá y mamá no lo entendían. Cada 6 de enero les pedía a los Reyes Magos de todo corazón, con toda la fuerza de mis pensamientos, con mis primeras palabras mal escritas en una carta, y con una sonrisa de esperanza, una muñeca. Y no. No aparecía. Ni Elsa, ni Ana, ni Otilia. Ninguna.

Mi fe infantil se convertía en llanto. Reclamaba a papá y él solo me pegaba. Me daba una cachetada y mi mamá solo miraba. «¡No es no, he dicho!», afirmaba él, mientras la mano de mi mamá lo secundaba con un movimiento negativo.

Rezaba inútilmente a los Reyes, sabía que no existían y aun así quería creer. A mi corta edad me dijeron que no creyera en tonterías, mientras mis amiguitos sí creían, y a ellos sí les traían sus juguetes que habían pedido.

Yo no quería demasiado. Solo una muñeca. Amorosa como Ana, temerosa como Elsa para poder protegerla, y elegante como Otilia, para que disfrutara pasear conmigo, con la que sería su mamá; quería ser su mamá.

Pero no lo fui. No jugué a hacerlo y de grande tampoco podría serlo. Mis padres se encargaron de sepultar mis deseos. De menguar mi niñez e imponerme un balón de fútbol como juguete eterno.

Me gustaría decir que que mis muñecas nunca llegaron por falta de dinero. Que éramos pobres. Que la comida era primero. Que las muñecas que pedía eran imposibles de conseguir. Pero no sería cierto, no lo fue. Mi familia siempre fue acomodada. No sobraba. Mas nada faltaba, solo la comprensión a su extraña hija, la que nació con un sexo diferente. Nací pareciendo niño y no lo era, pero tampoco me dejaron ser la niña que me sentía. No tuve niñez. Me robaron mi niñez.

Por eso hoy juego a las muñecas, porque aunque soy adulta y mujer, nunca fui niña. Es hora de permitírmelo. Por eso este 6 de enero mis Reyes Magos llegaron. Tocaron a mi puerta y me trajeron tres muñecas. Juego para recuperar un poco de esa parte que me prohibieron.

Déjenme por favor. No me juzguen. No me crean loca. No me interrumpan. Quiero jugar, jugar con las muñecas. Jugar, a ser una niña en verdad…

La niña que no ha existido

Sueño infantil.

Sueño de otra vida.

Sueño presente en esta nueva vida.

Sueño que pide surgir.

 

Sueño que me da tristeza por esa niña que no ha existido,

que quedó refugiada en lo más profundo de mi alma.

 

A ti, mi niña interior, te entrego hoy todo mi corazón,

y las muñecas que el pasado te negó.

 

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