Silencio (cuento)

Por: Alejandra Inclán

Una lágrima cae de ella, por ese diálogo silencioso donde tratan de decir todo y no se dicen nada.

–…

–…

<<No hables, por favor no hables, prefiero soportar tu silencio a tus palabras>>, piensa él.

Otra lagrima.

<<Lo siento. El silencio seguirá siendo mi respuesta>>, especula mientras observa su lagrimar.

–…

–…

Ella se llena de ansiedad al grado de querer romper el mutismo con un grito de dolor. No puede hablar. Apenas gesticular. Se traga su aullido con el estallar de una lluvia de lágrimas ausentes de sollozos.

<<No hay respuestas. Ni yo sé cómo interpretar mi mudez>>, medita él con frialdad, ante lo que observa.

–…

–…

<<Ni con tus gestos puedo saber lo que me quieres decir. Pues no los tienes, estás ausente y me miras como perforando mi conciencia y en ella existe el mismo silencio que nos está invadiendo>>. Cavila él queriendo secar las lágrimas que recién le brotan.

–…

–…

<<Está bien, no hay prisa. Puedo seguir toda la noche así. En silencio>>. Dice en su mente, la cual está llena de desesperación.

–…

–…

<<Si hay algo que escuchar, no lo digas, prefiero seguir muriendo así, muy lento>>, piensa, luchando contra su llanto.

–…

–…

<<Quisiera tener algo más que decirte, y sólo encuentro silencio, puro silencio>>.

–…

–…

Madrugada. Ella sigue con sus ojos abiertos mirándolo sin poder hablar. Él sentado a su lado le mira y sabe que ha llegado el momento. Tiene que hablar, romper el sigilo reinante.

–…Está bien, te perdono, puedes morir en paz. Reúnete con tu amante en lo que haya después de esta existencia. Al fin y al cabo, tú mereces más que él morir así… lento. En serio, te perdono, pero aún me duele tu engaño.

–…

Ella intenta confesarse. No puede. Su silencio pronto se convertirá en eterno y necesita decir algo para ser comprendida por su marido.

No lo logra. Su corazón deja de funcionar y la habitación es invadida por una señal de alarma, que avisa a los doctores que un paciente está muriendo. Él no escucha nada.

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Sale de ahí perturbado, con el mismo semblante frío que tuvo en toda esa tortura silenciosa. Donde ella murió sin poder confesarle que no lo engañaba. Que ese hombre que la acompañaba en el coche era su padre ausente, al que desde niña no veía. Tenían un mes de comunicación telefónica. Ella no quería hablarle del asunto hasta conocerlo primero. Y esa noche, después de verlo por primera vez en años, cenar juntos y conducir hacia su casa para presentárselo, ocurrió ese accidente.

El papá de Gabriela murió en el acto. Sus apellidos no coincidían, pues él nunca la reconoció. Arturo sospechaba que ella le engañaba por actitudes que había empezado a ver. Cuando  le avisaron que su mujer estaba hospitalizada, se enteró que se accidentó en compañía de un hombre. Él pensó inmediatamente que era el amante que sospechaba que ella tenía.

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Ella sólo aguantaría algunas horas más, le dijeron los doctores a Arturo. Su garganta sufrió incrustaciones de cristales y no podía hablar. Cuando le permitieron verla para cuidarla en su última noche, el sólo dijo: <<¿Por qué? ¿Por qué me engañaste?>>. Fue el primer reproche audible. Nada más salió de sus labios hasta el último instante, cuando le ofreció su perdón.

Y con la muerte de ella no termina el silencio, continua con él.

Llega a casa. Busca la pistola en su cómoda. La lleva a su sien.

Un primer disparo errado. El estruendo no perfora sus los oídos. Él ya no oye. Todo es silencio. Un segundo disparo. No muere por la bala. Él ya estaba muerto… lo mató el silencio.

 

sucido

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