¡No te voy a dejar morir! (Cuento)

Por: Alejandra Inclán

Todo aquello era tan real. Frente a mí, mi salón de Kínder. Me acompañaban mi amigo Francisco y Naín. Lo que observaba era una página abierta de un libro, que vagamente recordaba, pero que ahí estaba para repasarla.

Con paso firme avancé hacía la puerta del salón. Ya ahí,  vi a la maestra y la saludé:

–Buenos días–dije.

–Buenos días– me contestó con un gesto de extrañeza.

Se levantó y se dirigió hacía mí sin que se lo pidiera.

–Sí, dígame.

–Mire, soy el tío Raúl de Edgar –mentí–, mi hermana Esther me dijo que aquí estaba. Yo trabajo en la marina y sólo ando de paso por aquí. Como ya casi me voy vine a saludarlo, ¿le permite por favor salir tantito?

La maestra volteó hacia donde estaba yo, mejor dicho, aquel que  yo fui y que había ido a recuperar. La maestra preguntó al pequeño Edgar:

–¿Él es tu tío mi amor?

El niño movió su cabeza lenta y tímidamente diciendo un sí. Algo en él sabía quien era en realidad ese joven de 21 años, y no le importó mentir con tal de estar con él unos minutos.

Ante el gesto de Edgar la maestra sonrió y le dijo que saliera para saludar a su tío, que ya se iba de viaje.

Edgar caminó hacia mí. Tomé su manita y lo conduje conmigo al patio, donde la maestra no pudiera oír lo que le iba a decir. A lo lejos vi a Francisco y Naín esperándome.

Con gran ternura vi a Edgar, me vi a mí mismo. Y me abracé, me abracé muy fuerte y me correspondí ese abrazo cálido. A pesar de lo extraño que esto pudiera parecer, para mí no lo era. Estaba empezando a quererme más. Estaba recuperando algo que no supe en qué momento se fue de mí ser.

El niño permaneció silencioso durante el abrazo. Su carilla denotaba alegría y tranquilidad. Hablaba sin palabras. Ante ese diálogo del alma, sólo pude decir:

–¡No te voy a dejar morir! ¡Vivirás siempre en mí ser! No olvidaré que vives en mi corazón ¡No te voy a dejar morir!

Dicho esto, él depositó un beso en mi mejilla y nos empezamos a separar despacio. A lo lejos la maestra del pequeño Edgar –mi maestra–, nos miraba conmovida. Ella no sabía qué habíamos hablado, ni imaginaba siquiera que estaba ante la misma persona dividida en dos. Pero ya no había tal división, el niño volvía a vivir en el joven que lo había olvidado.

Solté la mano de Edgar y me miró por última vez diciéndome:

–Hasta luego. Te quiero mucho.

Fue lo único que dijo con su voz. Se volteó y salió corriendo a su salón, donde lo esperaba la maestra. Ella desde la puerta y con su mano me dijo adiós. Correspondí a su gesto y quedamente dije <<Gracias>>.

Hasta ese momento, mis inmutables amigos se dirigieron a donde estaba. Francisco puso una mano en mi hombro y dijo:

–Es momento de irnos.

–Lo sé, ya es el momento– respondí–. Debemos continuar nuestro viaje.

Y partimos… una promesa quedó flotando en el aire y el tiempo. En un murmullo, mientras la luz nos transportaba, dije: <<¡No te voy a dejar morir!… Hoy vuelves a vivir en mí…>>

 

2 Comentarios Agrega el tuyo

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    Saludos

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