Las 9 cartas (cuento)

 

Por: Alejandra Inclán

 

…¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph,
que mi temerosa memoria apenas abarca?
 
El Aleph, Jorge Luis Borges

 

Desperté, para darme cuenta que mi realidad era más extraña que mi mundo onírico. De alguna manera había llegado a mi espacio secreto. No supe en qué momento pasé de la cama ahí. Abrí los ojos y estaba en mi silla, frente a mi escritorio, que estaba completamente vacío. Toda la cantidad de papeles, documentos, libros y demás, habían desaparecido. Todo mi desorden ordenado se había esfumado. Pero el escritorio no estaba del todo vacío. Con la tenue luz de la vela que iluminaba ese lugar pude, distinguir tres hojas antiguas, tres cartas…

No sentía cansancio ni confusión, al menos no las sentí hasta que pude distinguir un símbolo, en la esquina superior izquierda de cada una de las cartas. Un símbolo que no me era del todo desconocido, porque ya lo había visto antes en mi mente y corazón. Un crismón. Tres líneas, dos diagonales cruzándose entre sí, y una línea vertical también entrelazándose a ellas por el centro, y en esta última, una curva que se extendía en su parte superior formando una especie de “P”.

Me inquietó sobre manera ver ese símbolo, pues cuando fui atacada por demonios la última vez, usé un rezo especial en latín, el cual me hacía ver esa imagen en mi interior. Gracias a ello salí librada de esas fuerzas oscuras que erróneamente liberé.

En la búsqueda de mi iniciación cometí la estupidez de solucionar unos enigmas, en un momento en el que las puertas del mundo espiritual y el material convergían. Fui tentada y caí fácilmente. Mi don de poder descifrar lo oculto en textos sagrados me llevó a apresurarme a algo que tenía como prueba principal la espera. Una de mis grandes debilidades es la falta de paciencia, aunque la he podido apaciguar aún hoy día me ataca la ansiedad por resolver todo, y adquirir ese conocimiento. La curiosidad es mi otra debilidad… Y ejercí mis dos más grandes debilidades sin un mínimo de sentido común.

Ni cuenta me di. Mi maestro fue el que me avisó de lo ocurrido, porque esos demonios que liberé fueron a atacarlo a él y a mi hermano mayor en la cofradía. Gracias a Dios lograron apaciguarlos, incluso mi hermano destruyó a uno de ellos. Sin embargo, aún rondaban dos más.

Nunca había enfrentado demonios, ni nunca pensé hacerlo. Cuando buscas el camino de la iniciación no miras los posibles riesgos. Mi maestro me dijo que era mi responsabilidad y que me irían a buscar también a mí. Que tenía que prepararme. Que había adelantado mi hora de enfrentar al mundo oscuro. Que tenía que usar las armas correctas: astucia, voluntad, fuerza, amor y fe. Sobre todo estás dos últimas.

No me reveló el método. <<Tienes que descubrirlo por ti misma mi sacerdotisa>>. Fue todo lo que me dijo. No había remedio. Tenía que ayudar a reparar lo que había hecho.

No puedo decir literalmente cómo enfrenté a estos seres, así como tampoco cuales objetos fueron mi espada y escudo. Lo único que puedo decir es que lo que me mantuvo firme en la batalla fue mi valor, mi fe y mi amor hacia mis demás hermanos. No podía permitir que siguieran atacando. Era preciso destruirlos antes que fueran demasiado fuertes, y terminaran tomando posesión de alguno de nosotros.

Intentaron engañarme, entrar a mi casa, confundirme. De antemano sabía que la mentira, la desesperación, la confusión y el miedo, son sus grandes armas. Fingí que me habían envuelto, que me habían desarmado y que me les estaba entregando. Se confiaron. Mi espada y escudo actuaron. Vencí.

Nada ha sido igual desde entonces. Mil cosas se han despertado en mí. Cuando se abren  las puertas no adecuadas, el cerrarlas te fortalece. Asimismo se despiertan y agudizan otros sentidos que no son de origen corporal.

Se presentaba ante mí una nueva misión. Tres cartas. Con un idioma que a primera vista no pude descifrar. Letras difusas y confusas. Sólo algo era claro: el símbolo. El crismón. De golpe lo supe. Esas no eran las únicas  cartas. Existían otras 6. En total eran 9 cartas. Era poseedora de una trinidad. Más que poseedora, era la guardiana. Quien debía velar por conservar sus secretos, ante quienes buscan el caos e invocan el mal. Los hambrientos de poder. Los servidores de sí mismos y de Lucifer.

Fue en ese instante que escuché ruidos. Pasos de múltiples seres. Oí que alguien forcejeaba la entrada. Subí rápidamente las empinadas y estrechas escaleras de piedra, de mi pequeño sótano, dejando seguras las cartas ahí. Ningún ser espiritual maligno puede atravesar mis puertas, mientras mi fe este firme en mis protecciones. Cada entrada de mi hogar tiene una protección, y la de mi espacio tiene la protección más poderosa. Era sin lugar a dudas un territorio muy seguro.

Llegué ante mi puerta principal. Me agaché y traté de ver por la venta que hay al pie de ella. El pequeño espacio que había entre la cortina y el vidrio me permitía ver hacia fuera. Era de noche. Había luz de luna. Los ojos de mi carne no distinguían entidades materiales. Mis ojos espirituales sí les veían. Veían a todos esos demonios. Puse mi mano izquierda en mi puerta. Con la otra tomé mi espada y escudos, los cuales  siempre tengo cerca. Recé. Me fortalecí y esperé. Se fueron, dejando ese aroma dulzón y podrido que ellos despiden. Se dieron cuenta que estaba armada y que no podían penetrar ahí. Sólo habían hecho una visita de reconocimiento. No huyeron. Se retiraron para luego continuar la batalla.

Una nueva guerra se había iniciado. Una guerra por un secreto antiguo. No sólo era la guardiana y depositaria de tres de estas cartas. También iba a ser la encarga de recuperar las otras 6. ¿Dónde estarán? ¿En qué manos se encontrarán? ¿Serán amigos o enemigos? ¿Quién invocó a esos demonios y quién les dijo que yo tenía tres de las cartas? ¿A quién más habrían de atacar?

Demasiadas dudas por resolver. Bajé a mi espacio para volver a ver las cartas. Y ahí lo vi. <<Te estaba esperando valiente guerrera, sacerdotisa amazona>>. Era un ángel. Era Gabriel…

Estiró sus manos entregándome un crismón hecho de luz, que hizo penetrar en mi pecho junto con las tres cartas. <<Un gran poder se te ha otorgado. Nuestras reliquias contigo estarán seguras. Regresaras aquí siempre para planear tus próximas batallas. Este es tu santuario. Él lo ha consagrado para ti. Ahora vuelve. Cuando llegue el momento sabrás qué hacer. No estás sola, te acompañaré. Confía en quién te trajo aquí…>>

Y regresé de ese Aleph y vi la realidad. Nada de lo vi se suscitó en el plano físico. Me moví en un lugar intermedio entre este y el espiritual, como cuando enfrenté a Astarte y Belial. Pero esta vez fue realmente intenso, porque era más que un terreno onírico, más que programarme para un sueño lucido. El Aleph que descubrí me llevó a partes de mi vida pasada. A territorios espirituales no concebidos por medio de la carne. Al recuerdo de una misión perdida en los confines de la memoria. Al conocimiento de la trinidad, de las tres cartas escondidas en mí…  Al encuentro  con un ángel, y a la entrega de un poder que no creo merecer, pero que usaré con sabiduría aceptando la responsabilidad que este conlleva.

¿Seré capaz de encontrar las otras 6 cartas y poder devolverles todas a Gabriel? ¿Dónde se esconderían las cartas en este siglo?

Calmé mi impaciencia y mi curiosidad. Ya llegaría el momento de volver a desdoblar el Aleph…

Un comentario Agrega el tuyo

  1. La curiosidad puede ser un ángel de sabiduría algunas veces y otras un demonio revoltoso con ganas de abrir muchas cajas de pandora. Nueve cartas que me recuerdan a un Telesforos, un omega quizás… Se nota el aire místico y de prueba de fe que esta vertido en el relato. Una especie de semi- exorcismo al vaciar el alma de los demonios del ansia. Quien no enloquece ante la lujuria del conocimiento, si toma a grandes dosis se vuelve un vicio inevitable de dejar. Y aspiré ese aire a Aleph, del cual haces mención, bendito relato que despierta tantas cosas y al final llegamos a un crismón o porque no a un cuadrado mágico que es el principio de todo. Borges y sus matemáticas que a veces me recuerdan a Pitagóras. Muy buen relato.

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